Administración y servicios

Servicio es otra de esas palabras con mayúscula que en sí mismas, en ocho letras, condensan todo un programa educativo; y explican y dan sentido la existencia de Altair. El espíritu de servicio es una de las bases esenciales del estilo educativo de Altair. Este espíritu aprendido de san Josemaría se resumía en sus palabras cuando escribió: «Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir» [1], y lo pusieron en práctica todos aquellos que emprendieron la tarea educativa en los primeros años y nos lo dejaron como herencia.

Luis Calvente en la primitiva conserjería del edificio nuevo atendiendo a padres y alumnos. Luis era el mejor y más divertido comercial de Altair: ¡qué ejemplo vivo de alegría, amistad sincera, sano descaro, cercanía, honestidad, entusiasmo…! (Archivo histórico de Altair).

El servicio es una actitud, no un oficio. Todos los trabajos y todas las profesiones entrañan en mayor o menor grado el espíritu de servicio. Algunas, como la enseñanza, son en sí mismas y eminentemente un servicio a las personas que la reciben: padres, profesores y alumnos.  Esta noción está inserta en lo más profundo de la espiritualidad del Opus Dei y por ende en el estilo educativo de Altair. Las tareas denominadas administración y servicios agrupan a los profesionales de la educación –verdaderos educadores– que atienden a los que sirven, y encarnan plenamente la enseñanza de san Josemaría sobre el valor santificador del trabajo. Porque, como también insistía san Josemaría: «Ante Dios, igual categoría tiene la que es catedrático de una universidad, como la que trabaja como dependiente de un comercio o como secretaria o obrera o como campesina: todas las almas son iguales» [2]; o aquellas que dirigió a una empleada del hogar: «Delante de Dios quizá valga más un trabajo de estas –refiriéndose a las mujeres de la limpieza– si lo hacen con más amor» [3]. Si no fuera por esto, por la labor de los profesionales de administración y servicios, Altair no hubiera podido sostenerse.

Vicente Rodríguez, en junio de 2014, durante la celebración de su jubilación, tras cuarenta años de trabajo en Altair, recordaba con agradecimiento la figura de Julia Montero, quien hasta hacía poco había sido la limpiadora del entonces edificio de la sección de BUP-COU, de la que Vicente fue director durante diez años. Agradecía Vicente la dedicación callada y eficaz de Julia. Expresaba su gratitud recordando viejas anécdotas donde se ponían de relieve cómo Julia había solucionado con su maternal amabilidad los diversos problemas ocasionados por los alumnos en los pasillos, normalmente los más revoltosos. Julia, decía Vicente, supo sacar muchas castañas del fuego, supo actuar como una experta educadora; ella, con su pedagogía natural apaciguaba y suavizaba los enredos generados en los pasillos sin que llegaran a más. Así Julia manifestaba de modo espontáneo el espíritu de servicio tan propio de Altair [4].

Las señoras de la limpieza son la viva imagen del bien hacer, del espíritu de servicio que impregna el estilo educativo de Altair. En la fotografía: Carmen Pérez, Julia Montero, Amadora Domínguez, Patro Luque y Carmen Martínez  (Archivo Histórico de Altair).

Por ende, Julia Montero apostillaba en 1984 en el boletín de Altair en qué medida el espíritu de servicio influía en su trabajo. Tomaba la palabra para explicar la dignidad con la que las señoras del equipo de limpieza querían hacer su trabajo, tratando de responder así al cariño y amabilidad con que se las trataba, y que ella interpretaba como propio del espíritu del Opus Dei: «El espíritu de santificación del trabajo influye en el nuestro. Influye mucho, porque aquí nos tratan muy bien, son muy atentos y cariñosos con nosotras y esto nos lleva a esforzarnos. Si no tuviéramos esta ayuda no sé que haríamos. […] Estamos encantadas con el colegio, tienen muchos detalles con nosotras. Procuran que estemos siempre contentas. Por eso cuando nos mandan lo hacemos muy a gusto. Hasta nos olvidamos del barro de los niños» [5]. O simplemente con la sonrisa, como veíamos siempre en Amadora tanto tiempo a cargo de los desayunos, donde como ella decía: «Lo que más les gusta es el café que les preparo… Yo, cuando vengo de mal humor, dejo los problemas en la puerta de Altair. Al colegio no se puede venir de mal humor». Amadora era la evidencia de que la sonrisa es una forma de servicio. Porque la sonrisa comunica alegría y serenidad… y si además, como ella añadía: «el café está bueno, pues más que mejor» [6].

El espíritu de servicio estuvo presente como profundos cimientos desde los primeros días. Así lo dejaba entrever Luis Calvente en su despacho de la conserjería de Altair cuando se lo preguntaban en la entrevista para el libro Dos días en Altair. Luis concebía la atención a los alumnos y a los profesores como algo personal en lo que ponía todo su corazón y cariño, e incluso esa pizca de picardía que tanto le caracterizaba. Los niños –decía Luis en el libro– «se lo ganan a uno. Y además es muy bonito, porque como son gente humilde […]. Aquí se dan cuenta de que se les aprecia y que se les atiende» [7]. Atendía con prontitud y sencillez, sin distinguir entre profesores o alumnos. A todos servía con amabilidad y presteza. Aún tenemos en nuestra retina la imagen de Luis con el auxiliar de día, el alumno encargado de comunicación entre la dirección, los padres y los profesores, quien sobre todo aprendía del bien hacer y el buen humor de Luis. Así lo recuerda Antonio Gutiérrez: «El conserje, que para los pequeños era el director del colegio, para los padres, el apoyo y el consuelo y para todos, el optimismo, el buen humor y el cariño personificados» [8]; y en palabras de Joaquín Aráuz: Luis era «el mejor y más divertido comercial de Altair: ¡qué ejemplo vivo de alegría, amistad sincera, sano descaro, cercanía, honestidad, entusiasmo…!» [9].

La importancia del trabajo de las personas de administración y servicios es muy grande: de su encargo depende en gran parte la buena marcha de Altair. La dedicación de los profesionales de mantenimiento, de los administrativos, porteros, limpiadoras, jardineros, etc., su esfuerzo esmerado y oculto son un ejemplo para alumnos, profesores y padres: y, en definitiva, su trabajo en Altair es tan educativo como el de los profesores.

El trabajo de mantenimiento, por ejemplo, es básico, y podríamos decir que no tiene especialidad. Su particularidad es el trabajo multidisciplinar que abarca la carpintería, la fontanería, la electricidad, la jardinería, a lo que se añade en los últimos años la informática: desde ajustar la tuerca de un grifo que gotea a reinstalar un programa informático que falla. Así nos lo contaba Juan Medina en 1983: «En general tienes que entender de todo, porque lo mismo se presentan arreglos de carpintería, electricidad, cristalería, pintura, y tienes que saber solucionarlo rápido, bien y barato. Por ejemplo, ahora con esto de las lluvias hay especiales problemas de fontanería; entonces tenemos que dejar otras cosas por solucionar atascos y alguna pequeña inundación. –Y, apuntaba Rafael Fernández–: Organizamos nuestro trabajo según las notas de arreglos que nos pasan los alumnos, los profesores, las señoras de la limpieza, y todo el personal en general; procurando atender los más urgentes. Aunque ya digo, es muy normal tener que salir corriendo a solucionar alguna avería o desperfecto que es urgente para el desarrollo de las clases» [10].

El trabajo de secretaría, aunque pasa oculto, es básico para el día a día de Altair y llega igualmente a padres y profesores y alumnos. Esta labor educativa, explicaba Manuel Sosa en 1985 a la revista de Altair, «está dirigida al alumnado e igualmente hacia el profesorado, al facilitarle todo el material e información para un buen seguimiento del alumno. A la familia también, pues recibe las calificaciones, la correspondencia, etc., que salen de secretaría» [11]. Manuel Sosa recuerda hoy la huella que en él dejó Eloy Sancho, jefe de administrativos durante media vida de Altair, hasta que se jubiló: «Eloy me marcó mucho y le tengo un afecto especial por todo lo que me ayudó en aquella etapa con el que comencé a trabajar como aspirante administrativo. De Eloy aprendí muchas cosas, sobre todo, el gusto por las cosas bien hechas. Era un hombre meticuloso y detallista y le caracterizaba su enorme sentido de la justicia y su disposición inagotable para ayudar a todo el que lo necesitara. Tenía un afán desmedido en explicar, hasta el más ínfimo detalle, cualquier cosa. Se extendía tanto en sus explicaciones que las personas temían ir a verlo por esta circunstancia ya que sabían cuándo entraban en su despacho, pero no cuándo saldrían» [12]. La educación no docente se transmite por el ejemplo de la eficiencia en el trabajo, la atención y la amabilidad. Así lo refería Bernardo Álvarez: «Si al alumno se le exige en el colegio en materias como orden, trato con los demás, trabajo bien hecho, etc. y después chocara con que el administrativo lo trata de malas formas, que la secretaría es una jaula de papeles mal ordenados; lo que se le ha enseñado con palabras, lo tiraríamos nosotros con el ejemplo» [13].

Los profesionales de administración y servicios son el rostro escondido, el rostro amable de Altair. En septiembre de 1998, leíamos en la revista de los 30 años de la existencia de Altair, unas palabras que pueden resumir esta actitud: «Son las cinco y media de la tarde. Una auténtica riada de alumnos desemboca hacia la puerta de salida. Al punto, a primera vista, parece que Altair se ha quedado vacío. Pero no es así. Algunas personas siguen trabajando, pasan desapercibidas y, sin ruido, continúan con su tarea diaria. No las verás quejándose, ni con el ceño fruncido. No se sabe bien porqué, siempre mantienen la sonrisa en el rostro. Son acogedoras, sencillas, y lo mismo te cuentan un chiste que te informan de lo último que ha ocurrido en Altair. Lo comprobamos cuando cruzamos las puertas de cristal del edificio central. Inmediatamente, en conserjería encontramos a Tejada. José Antonio dice que por su nombre sólo lo llama su madre; en el colegio siempre le llaman Tejada y desde los más pequeños hasta los mayores todos le conocen así. Si se ha roto algo, acude a Tejada, si alguien está enfermo, acude a Tejada, si hacen falta folios, fotocopias, bolígrafos…, lo que sea, acude a Tejada que te resolverá los problemas. Entramos en secretaría. Enseguida te encuentras con Manuel Campos, que es la gracia y la nobleza personificada; lleva las cuentas del colegio. Junto a Miguel Ángel Macho y Javier Gutiérrez, forman un trío tan competente que es capaz de resolver en un momento la situación más delicada… sólo hace falta un poco de buen humor y paciencia» [14].  Si hoy en día hay un campo en el que la innovación y el mantenimiento son decisivos este es el de la informática. Aquí encontramos como pez en el agua a José Miguel González Navarro. Josemi, como lo conocemos, hoy es el decano de los profesores. Se incorporó a Altair con 15 años, cuando todavía estudiaba en el nocturno, todo un chaval que ya desempeñaba funciones de Administración. Ahora es uno de los profesores más apreciados de primaria. Su versatilidad y disponibilidad, así como una enorme capacidad para resolver problemas son los rasgos que mejor definen la forma de ser y de trabajar de José Miguel, cualidades indispensables en la tarea de mantenimiento informático que desarrolla [15].

[1] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 50.

[2] San Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 109.

[3] San Josemaría Escrivá, palabras pronunciadas en una reunión familiar en el Colegio Tabancura, Santiago de Chile, 2 de julio de 1974.

[4] Cfr. Vicente Rodríguez García, palabras de despedida en su jubilación, 21 de junio de 2014.

[5] “Equipo de limpieza: un trabajo duro hecho con alegría”, en Boletín de Altair, nº 20, diciembre de 1984, p. 12.

[6] “Amadora, la sonrisa de Altair”, en Boletín especial 100 años del nacimiento de san Josemaría Escrivá, octubre de 2002, p. 6.

[7] “Luis Calvente”, en Dos días en Altair, pp. 6-15.

[8] Recuerdo de Antonio Gutiérrez Muñoz, en Mesa redonda con motivo del Centenario de san Josemaría, 22 de enero de 2002.

[9] Recuerdo de Joaquín Aráuz Rivero, 30 de junio de 2016.

[10] “El equipo de conservación: un trabajo que beneficia a todos”, en Boletín de Altair, nº 19, diciembre de 1983, p. 11.

[11] “En la Secretaría Técnica”, en Boletín de Altair, nº 21, junio de 1985, p. 11. Manuel Sosa y Bernardo Álvarez, antiguos alumnos, eran dicho año administrativos de secretaría. Actualmente Manuel Sosa es profesor de primaria.

[12] Recuerdo de Manuel Sosa Duarte, 15 de enero de 2017.

[13] “En la Secretaría Técnica”, en Boletín de Altair, nº 21, junio de 1985, p. 11.

[14] “La historia del PAS, El rostro escondido de Altair”, en Boletín de Altair, 30 años, septiembre de 1998, p. 20-21.

[15] Cfr. “Cuatro profesores que valen más que el oro”, en Altair al día, nº 3, diciembre de 1997, p. 2.

 

 

 

 

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