Luis Medina Cantalejo

Entrevista a Luis Medina Cantalejo, ex árbitro internacional y antiguo alumno de Altair

Fue noticia hace breves fechas por el justo reconocimiento de la Diputación de Sevilla, que tuvo a bien otorgarle la Medalla de Oro de la Provincia, “por toda una década de impecable trayectoria profesional en una dedicación siempre cuestionada, como es la del árbitro”. Luis Medina Cantalejo se despidió en la temporada 2008/2009 del mundo del arbitraje, y lo hizo por todo lo alto. Además de pitar la Final de la Copa de S.M. El Rey, disputada entre el FC Barcelona y el Athletic Club de Bilbao, Medina arbitró la Final de la UEFA Cup 2009, el 20 de mayo de ese año en Estambul, entre el Shaktar Donetsk ucraniano y el Werder Bremen alemán.

Luis Medina Cantalejo en Altair: “Altair me aportó para la vida, principalmente, un gran sentido de la responsabilidad”

Antes de nada, enhorabuena por el reconocimiento recibido por parte de la Diputación de Sevilla. ¿Recuerda su etapa de estudiante en Altair?

Mucho, sin duda. Como estudiante, entré a finales de los 70 en 1º BUP, y finalicé en 1982 con el ya desaparecido COU. Tengo recuerdos imborrables desde la convivencia en Almodóvar del Río hasta mi marcha, momento en el que entraron mis dos hermanos. La EGB la estudié en un colegio cerca de mi barrio de toda la vida, Híspalis, al lado del Cerro del Águila.

¿Cuál fue el motivo principal de su entrada en Altair?

Miguel Luque y Luis Medina

Sinceramente, yo quería estudiar en el Instituto Martínez Montañés, ya que todos mis amigos del colegio se inscribieron allí. Sin embargo, mi padre era amigo del director de Altair de aquella época y ni me consultó. Lo tenía claro. Además, yo ya jugaba en la Escuela Deportiva desde Infantil, con el gran Miguel Luque, por lo que no me costó mucho la entrada en el colegio.

Tras el paso de los años, ¿qué valores cree que le aportó Altair?

Principalmente, sentido de la responsabilidad. Nunca olvidaré que nos apretaban mucho para sacar lo mejor de nosotros. Teníamos hasta exámenes en Feria. En cuanto a la EDA, fundamentalmente, el sacrificio. Y además de los valores, Altair me aportó ejemplos a seguir, con los magníficos profesores que tuve, y amigos para toda la vida.

Sé que es una pregunta difícil, pero, ¿qué profesores le marcaron más?

Muchos, la verdad. Recuerdo a D. Eduardo Mena, D. Luis Augusto Pascual, D. Eduardo Gentil, D. Aurelio Gutiérrez, D. Vicente Rodríguez, D. Mariano Hernández Barahona, D. Manuel Durán… Sé que alguno se me puede olvidar. Yo era buen estudiante y me llevaba bastante bien con todos. De hecho, me pasaba casi el día entero aquí, solo me faltaba dormir. De las clases a la EDA y de ahí a estudiar. Pero ahora echo la vista atrás y solo me vienen buenos momentos, por eso siempre es una alegría para mí entrar en este colegio, solo con verlo esbozo una sonrisa.

¿Mantiene contacto con sus profesores o compañeros de promoción?

Con mis compañeros sigo manteniendo contacto a través de un grupo de What’sApp, solemos quedar para almorzar de vez en cuando, sobre todo en Navidad, y nos acordamos de las clases, de los profesores, anécdotas o excursiones.

¿Cuál es la anécdota que recuerda con más cariño?

Luis Augusto Pascual, Vicente Rodríguez y Mariano Hernández-Barahona.

Fue algo que me ocurrió en clase. D. Luis Augusto nos daba una de sus lecciones de Historia o Geografía. Era la época en la que se dejó una poblada barba. Desde dentro del aula, vi a un profesor que daba saltos para mirar por la ventanilla desde fuera. Se llamaba José María, y también tenía barba, aunque era bastante más bajito que D. Luis Augusto. Como me quedé un rato observándolo, D. Luis Augusto me preguntó: “¿Y tú qué estás mirando?”. A lo que le respondí: “Es que su hijo está ahí fuera dando saltitos”. Evidentemente, mi comentario conllevó al jolgorio general, pero también supuso una carta para mis padres, una falta de comportamiento y la expulsión automática de la clase. Desde entonces, me quedé más tieso que una vela. Aunque mis compañeros de promoción siguen recordándome la anécdota.

¿Cómo definiría la relación de Altair y el deporte?

Por lo que tengo entendido, fundamental desde sus inicios. De hecho, en mi época de jugador, la EDA era la única escuela deportiva en Sevilla. Había equipos de menores de 18 años, como el del Portaceli, Salesianos o Colspe, pero no una escuela como esta, con niños desde los 5 o 6 años hasta los 17-18. El único modelo similar era el de los dos clubes sevillanos, Betis y Sevilla.

Año 2005, 25 aniversario de la promoción de 1981-82

Además, como indiqué anteriormente, yo entré en el equipo Infantil de la EDA y me marché ya en juveniles. Solía jugar de delantero y fui máximo goleador durante muchos años. Tuve entrenadores como Miguel Luque, José Emilio del Pino, Quino Navarro o Paco López (actual director de Formación en la Federación Andaluza de Fútbol). Mi base física se forjó sin duda aquí, con entrenamientos muy duros. Empezábamos a finales de verano. No hay que olvidar que de la EDA han salido jugadores profesionales como Francisco, Adrián o Tevenet.

Tras destacar como delantero, como vemos, ¿qué le motivó a incorporarse al mundo arbitral?

El último año de juvenil fui convocado por la Federación Sevillana de Fútbol, y fuimos campeones de Andalucía. Aparecieron equipos interesados en mí, incluso para irme fuera de Sevilla, pero mi padre, que fue árbitro profesional, quería que siguiese la tradición. Por dejarle tranquilo, probé, y fíjate, 26 años en activo y ahora 9 ya en la dirección técnica de la Federación Española de Fútbol. Los principios fueron duros, entre Regional y Preferente, pero un grupo de amigos que pude reunir en este mundo arbitral me ayudó mucho.

¿Cómo fue su evolución?

Tras esos años en las categorías inferiores, me fueron ascendiendo hasta llegar a la primera división con 33 años, si no mal recuerdo en 1998. Debuté en un Real Sociedad-Real Oviedo. Tras tres años, me convertí en internacional. Todo fue muy bien, tras unos exámenes selectivos en Mónaco. Me seleccionaron para el Europeo sub 21. Pité el partido inaugural y la final, lo hice muy bien y entré ya en la Top Class (encuentros de Champions, UEFA y selecciones). Tras el Mundial sub 20, el colofón fue asistir al Mundial 2006, en Alemania, donde pité cuatro partidos y estuve de cuarto árbitro en la final. De los colegiados españoles que han estado en un Mundial (Díaz Vega, López Nieto, Velasco Carballo, y ahora en Rusia Mateu Lahoz), el que más partidos ha dirigido soy yo: Alemania-Polonia, Argentina-Holanda, Italia-Australia y Brasil-Francia, en cuartos. Todos pensaban, incluso, que pitaría la final entre Francia e Italia, pero prefirieron un árbitro americano como el argentino Horacio Elizondo.

Y en esa final, el famoso cabezazo de Zidane a Materazzi…

Yo estaba sentado en mi posición de cuarto árbitro y lo vi clarísimo. Como ya teníamos intercomunicador, se lo dije al árbitro principal, Elizondo, que evidentemente no se percató porque la jugada estaba en otro lado. Solo lo vio Buffon desde su portería, justo detrás y cerca de la acción, por eso salió corriendo a protestar. Desde entonces, parece que no he hecho otra cosa en mi vida… Y eso que he arbitrado en un Mundial, partidos de Champions, finales de Copa y Supercopa, etc.

Entonces, ¿se lo siguen recordando mucho en el mundo del fútbol?

Sí, pero sobre todo desde un punto de vista humorístico. Por mi trabajo en la FEF, me encuentro a muchos jugadores de entonces, como Roberto Carlos, Carboni, Raúl, Pujol o Hierro, y siempre nos damos un abrazo con cariño y recordamos esas anécdotas en el terreno de juego. Aunque yo nunca he concebido la amistad con los jugadores, todos me dicen que tienen un grato recuerdo mío. Con el paso del tiempo, cada vez te recuerda menos gente, eso sí.

¿Cuál es su función en la dirección técnica del comité técnico de árbitros de la FEF?

En primera instancia, yo soy técnico en la Consejería de Hacienda de la Junta de Andalucía, pero no quería perder el vínculo con el arbitraje, de ahí que entrara en este comité. Mi función en la dirección técnica es hacer un seguimiento de la profesión desde 2ª B a 1ª. Hacemos un informe de la actuación del árbitro y hablamos con él para aconsejarlo. Esta misma función también la llevo a cabo para algunos partidos de UEFA o FIFA, siempre que mi trabajo y mi familia me lo permiten. Ahora con el cambio de presidente en la FEF se va a producir una reestructuración de los comités, pero lo más probable es que los cambios afecten más a los cargos directivos, por eso se habla de la llegada de Carlos Velasco Carballo.

¿Qué diferencias ve entre el fútbol actual y el de su época como árbitro?

De hace quince años a hoy, profesionalización absoluta y el hecho de que todos los partidos sean televisados. Además, la velocidad del juego ha crecido una barbaridad, y el futbolista es todo un atleta. Solo hay que observar y comparar con las ligas sudamericanas o las de menor nivel del resto de Europa. También está entrando la tecnología, como el VAR, que ya veremos con rotundidad en este Mundial de Rusia y en la próxima temporada de nuestra Liga.

¿Qué opinión le merece el VAR?

No es opinable, es una demanda de la sociedad. Es lo que hay, como cuando en las oficinas entraron los ordenadores. En cierto tiempo veremos los resultados. Lo fundamental es que, tras consultar, la decisión sea siempre la correcta, si no la controversia seguirá. De todas formas, solo se visualizarán las jugadas muy claras, nada de grises. Y no hay que olvidar que el ojo de halcón no está incorporado, ya que conlleva otra técnica de cámaras y chips.

El VAR, por tanto, está preparado para penaltis, pitados o no pitados, goles anulados o concedidos en fuera de juego, agresiones fuera del campo visual del árbitro o errores en la amonestación a un jugador. Quizá en un futuro se cambiarán o añadirán cosas. Por supuesto, el público no podrá ver por los videomarcadores una jugada polémica, algo que me parece lógico. También es buena idea que nadie puede acercarse al árbitro cuando mira en la pantalla para analizar la jugada. Hablamos de dos árbitros y dos técnicos de televisión por partido. El colegiado recibe el comentario para revisar o pide revisar a los técnicos. Eso sí, la consulta y la decisión deben darse lo más rápido posible, para no ralentizar el espectáculo.

En definitiva, hablamos de un sistema de apoyo que evitará los errores garrafales: fueras de juego claros, goles con la mano, expulsiones injustas, penaltis evidentes…

Como sevillano y conocedor de nuestro fútbol, ¿qué experiencia tiene con Betis y Sevilla, Sevilla y Betis?

Evidentemente, nunca les he pitado en competiciones oficiales, pero sí en trofeos como el Carranza o el Colombino, además de un Betis-Sevilla a principios de los 2000 en el Olímpico. Yo no quería dirigirlo, aunque fuera un amistoso, pero todos se pusieron de acuerdo para que lo hiciera. Fue toda una experiencia, con Caparrós y Víctor Fernández en los banquillos. De todas formas, tengo una relación extraordinaria con ambos clubes, de lo que me enorgullezco.

Otra cosa es lo que me han dicho los compañeros de los derbis. Es algo muy especial, para el árbitro también. Yo he pitado hasta varios Barça-Madrid, pero la mayoría me dicen que como se vive aquí, no se vive en ningún lado. Y eso que ahora no son los derbis de antes, con más canteranos que se repartían de lo lindo en el campo, pero después se iban a comer juntos.

¿Cuál ha sido su partido más complicado?

Recuerdo varios Osasuna-Real Madrid, siempre en El Sadar. Hubo uno, tras varios arbitrajes polémicos a Osasuna, con un ambiente súper crispado. Menos mal que no pasó nada y el Madrid ganó la Liga precisamente ese día. A esto siempre hay que añadir los clásicos, donde un error se maximiza una barbaridad. El peor fue el primero en el que Figo volvía al Camp Nou tras irse al Real Madrid. Tuve que parar el partido por los lanzamientos de objetos, que por cierto detallé a la perfección y al final no supuso la clausura del Camp Nou.

¿Y su mayor error?

En mi segundo Barça-Real Madrid, el asistente me cantó un penalti de Roberto Carlos a Van Bommel, que después en televisión se comprobó que no lo fue por apenas tres centímetros. Expulsé a Roberto Carlos y a Guti, en fin… Con el VAR, ese error no se hubiese producido. Fue un fallo grave por ser un clásico, pero como siempre digo el error es consustancial al arbitraje. Sin embargo, como siempre, llovieron los palos desde una parte de la prensa nacional.

¿Sigue practicando deporte?

Ya no juego al fútbol, pero sí hago running y spinning. Además, me encanta ver a mi hijo Luis jugando. A veces, al terminar los partidos, hablo con los chavales que arbitran, para animarlos sobre todo. No hay que olvidar que esto es un juego, nunca entenderé a los padres que insultan a los árbitros o incluso a los jugadores. Esto se lo inculco siempre a mi hijo.

¿Qué le parece la colaboración de sus compañeros en radio o TV deportiva?

Me hicieron ofertas, pero preferí seguir con los míos en la FEF, que me gusta mucho. Mis compañeros lo hacen muy bien en la actualidad, es algo muy interesante. Sé que hay medios que meten mucha presión, pero la mayoría hace muy bien su labor, han desaparecido aquellos ex árbitros que iban a los medios con ciertos remordimientos. Juan Andújar e Iturralde, por ejemplo, son ecuánimes en ese sentido.

Por último, Luis, ¿recomendaría el arbitraje a los alumnos de Altair?

Por supuesto, primero porque haces deporte y vas a conocer amigos para toda la vida. Además, se madura mucho antes y ves una nueva faceta del fútbol. Incluso económicamente, es una profesión interesante. Conoces mundo, aprendes el respeto por el juego, todo esto ayuda mucho en la vida. Yo era una persona de pronto fuerte y el fútbol me ayudó a canalizarlo. Siempre pensaré que un padre o una madre preferirá un hijo deportista que comprende y respeta, siendo árbitro, que un hijo futbolista que insulte o menosprecie, aunque sea un gran goleador. Y evidentemente, en Altair, me enseñaron a respetar, a esforzarme, a que nadie regala nada: trabajo, esfuerzo, sacrificio.

Por ejemplo, tengo amigos, con gran formación y trabajos de alto nivel, que se transforman en otras personas con el fútbol. Algunos de ellos tienen hijos que arbitran, y han cambiado su prisma de visión una barbaridad.

 

 

 

Antonio Gutiérrez

Recuerdo de Antonio Gutiérrez, en Mesa redonda con motivo del Centenario de san Josemaría.

Me incorporé a Altair como profesor en octubre del curso 1972-73. Fui nombrado director al curso siguiente y como tal estuve trabajando hasta junio de 1980. Me encontré con un centro escolar lleno de vida, con un profesorado joven, excelente, formado cuidadosamente en las técnicas educativas, por su primer Director José María Prieto y continuado por su sucesor Miguel Ferré. El trabajo bien hecho, la ilusión por mejorar, la preocupación por los alumnos, el ambiente de libertad y de confianza, el clima de alegría y la conciencia de estar haciendo algo importante, por encima de las limitaciones materiales y las incomodidades, el frío, las corrientes de aire, el barro y las estrecheces económicas, era algo que se palpaba en el ambiente. Por citar a algunos de aquellos pioneros, Eduardo Gentil, el Secretario eficiente y profesor de Matemáticas temido y querido por los alumnos; Juan Parejo y Juan Fabián Delgado, los eficaces y tenaces Jefes de Estudios; Manolo Guillén, nuestro Administrador y Gerente, que hacía equilibrios con las subvenciones que se conseguían y al que costaba mucho sacarle una peseta; Agustín Álvarez, el profesor de Educación Física, que, con muy pocos medios, nos sorprendía cada año con su exhibición deportiva de fin de curso; José Emilio del Pino, el fútbol para los niños como medio formativo y cantera de figuras; don Andrés Quijano, el sacerdote palentino, fumador empedernido, hincha del Atlético de Bilbao, querido por todos; Luis Calvente, el Conserje, que para los pequeños era el director del Colegio, para los padres, el apoyo y el consuelo y para todos, el optimismo, el buen humor y el cariño personificados; Pepe Garrido y Aquilino Polaino, entre otros, prestaron una colaboración entusiasta y de alta calidad en el nocturno. Así podría seguir citando gente que pasaron por Altair, que dejaron en los alumnos y en sus familias lo mejor de sus personas y de su esfuerzo. Para todos ellos, Altair fue algo importante y, ahora, en su recuerdo, sigue siendo algo entrañable.

Luego, en los años sucesivos, se fueron incorporando nuevos valores, hoy ya la solera de Altair, con la misma ilusión y el mismo deseo de hacer un trabajo bien hecho, con visión de futuro, poniendo alto el techo que querían para sus alumnos: Jesús Rodríguez, Pepe Núñez, Miguel González, Vicente Rodríguez, Mariano Hernández- Barahona, Rafa Hidalgo, Juan Suárez y tantos otros.

Altair salió adelante con fe, la que san Josemaría nos transmitía; con esa seguridad que nos daba, cuando nos decía que si hacíamos bien el trabajo, cara a Dios y queriendo de verdad a la gente, los problemas materiales se irían resolviendo. Que “las obras se vienen abajo por falta de espíritu, no por falta de medios”. Que si queríamos un criterio para saber si lo que estábamos haciendo estaba bien o mal, que pensáramos en que “Yo mido el éxito de las labores apostólicas en que mis hijos trabajan, por el grado de santidad que alcanzan los que en ellas intervienen”. A mi me sirvió mucho para darme cuenta de que el sitio más importante de Altair era el oratorio. Por eso, en aquella clase de hormigón de la primera planta, con un sagrario pobre, que a la vez era caja fuerte, íbamos a buscar la fuerza para trabajar, a recobrar el optimismo y el buen humor y, en fin, a enseñar a los alumnos y a los padres donde estaba el secreto de Altair.

Y junto a esto, el santificar el trabajo, es decir, hacerlo bien, cuidar los pequeños detalles materiales, tratar bien a la gente, con espíritu de servicio, para agradar a Dios. Los padres se daban cuenta de que allí había algo distinto; que aquello les parecía tan bueno que pensaban que debía haber otras intenciones y, al principio, desconfiaban. Pero cuando veían que no había trampa ni cartón, que aquello era auténtico; que se quería de verdad a sus hijos; que veían como mejoraban y lo contentos que estaban, entonces, se rendían y se transformaban en entusiastas de Altair y te decían unas cosas tan simpáticas que te reías muchísimo. Sentían como se les atendía y valoraba; como se respetaba su libertad y nunca se les hablaba de política, fuera cual fuera su adscripción política -en aquellos años había muchos extremismos-. Siempre se iba con la verdad por delante y se les explicaba que allí se daba a sus hijos una buena formación cristiana, porque queríamos que fueran gente feliz y valiosa en todas las facetas, humana y espiritual.

Fueron años muy bonitos, porque con el cariño y el entusiasmo de aquellos padres y con la alegría y el orgullo de estudiar en Altair, de los alumnos, las carencias materiales y las dificultades económicas, se hacían llevaderas y teníamos más motivos para buscar soluciones y compartir nuestras preocupaciones y nuestras alegrías con gentes de otros barrios de Sevilla que, poco a poco, fueron conociendo Altair y comenzaron a colaborar, unos más y otros menos, según sus posibilidades, pero siempre con generosidad y cariño. En esto, también tomo la iniciativa san Josemaría, que destinó los beneficios económicos de una edición especial de Camino, para bibliófilos, de número limitado de ejemplares, para ayudar a Altair. Esto lo sabían también las personas a las que hablábamos de Altair y le pedíamos su ayuda y todos se ilusionaban con contribuir a este proyecto de promoción humana y cristiana.

No puedo dejar de citar a Antonio Borrero que, desde el Departamento de Relaciones Públicas, abrió de manera notoria Altair a los barrios colindantes del distrito VII, reforzó la atención a la Asociación de Padres y consiguió su participación efectiva en distintos momentos de dificultad económica y, sobre todo, impulsó de modo notable la Escuela de Fútbol, con un equipo entusiasta de colaboradores como Antonio Wanceulen y José Emilio Del Pino, consiguiendo la financiación de la misma y que la Federación Nacional de Fútbol, con Pablo Porta como Presidente, costeara el tan necesario edificio de vestuarios. Aquí, también, un recuerdo agradecido para Joaquín Gómez, uno de los primeros Presidentes del APA, que tanto se volcó con Altair. Dios le premió también ayudándole a descubrir el sentido cristiano de su vida, pocos años antes de su fallecimiento. No se me olvida un comentario suyo a raíz de un pequeño suceso. Un día vinieran a Altair un equipo de una barriada del otro extremo de Sevilla, a jugar con los juveniles de Altair. El partido fue de clara superioridad de los de Altair, que ganaron por una clara diferencia, porque jugaban muy bien. Los acompañantes del equipo contrario, increparon a Joaquín y le dijeron que el resultado se debía a que eran del Opus Dei y que el árbitro estaba a su favor. Joaquín reaccionó y trató de que se dieran cuenta de su error, pero fue en vano. Al día siguiente, Joaquín me decía, que no había podido dormir esa noche del disgusto, pensando en que si por una pequeña cosa le habían insultado injustamente, cuánto no habrían hecho sufrir con sus críticas injustas a Mons. Escrivá con tantas cosas buenas como había hecho en su vida.

Miguel Ferré, ingeniero catalán, puso en marcha unos Cursos de Empresarios, con la colaboración de unos amigos suyos, de gran prestigio en el mundo empresarial. Entre ellos, por su especial contribución, recuerdo a Javier López de la Puerta, a Álvaro Soto y a Luis López Ladrón y la coordinación material de Ignacio Domínguez. Consiguieron que pasaran varias promociones de empresarios sevillanos e incluso llegaron a organizarse varias ediciones vara empresarios agrícolas. Así, mucha gente conoció de cerca Altair y de ahí salieron muchos colaboradores para el Patronato, hoy transformado en Fundación, y otros acogieron en sus empresas a antiguos alumnos de Altair, movidos por el prestigio humano y profesional que tenían en las ramas de Formación Profesional que se estudiaban en Altair.

Al traer a mi memoria estos recuerdos, en el año del Centenario de san Josemaría, doy gracias a Dios por haber pasado por Altair y tengo una clara conciencia de lo mucho que Altair debe a san Josemaría: Todo lo bueno que aquí se hace lo hemos aprendido de él, el espíritu que lo anima es consecuencia de sus enseñanzas; hemos recibido en vida su apoyo directo y su aliento constante y, desde el Cielo, lo tenemos como especial Intercesor. Me siento un privilegiado por haber tenido la suerte de haber trabajado en Altair y ser testigo de muchas cosas grandes y pequeñas, bonitas, que han sucedido y en las que tantas veces hemos tocado la ayuda de Dios.

 

 

 

 

José Manuel Fernández Silva

Tenía 11 años y no le di muchas vueltas al coco, sencillamente me hice a la idea de que empezaba una nueva etapa e intenté aprovechar el verano por si acaso la cosa se complicaba después. Cuando mi madre, embarazada de mi hermano el menor, me dijo que en septiembre entraba en Altair me asaltaron varios pensamientos a la vez. Me di cuenta de que iba a ser alumno de un colegio importante, donde se exigía de manera distinta al sitio de donde venía, de que iba a conocer nuevos amigos, horarios distintos, costumbres diferentes. Pero con aquella edad no reparé en cuánto me iba a cambiar la vida.

Recuerdo las palabras de don José, el que había sido mi maestro de 1º a 5º, cuando ella le dijo que quizá solicitarían plaza para mí en Altair: si puedes, llévatelo. En aquella época, ser alumno de aquel colegio iba a suponer un esfuerzo para mis padres, un cambio grande para mí, pero sobre todo un privilegio que no todos los chavales del barrio podían tener. El cole de donde venía no era malo, pero Altair era mejor. Era el cole grande, el bueno, donde te preparaban bien, donde muchos se quedaban sin plaza. Había que hacerlo bien.

Aquello pasó allá por el año 83, y a día de hoy todavía recuerdo mis primeros días con don Nicasio como si fuera ayer. Aquella persona delgada, sería, con un nombre que hasta entonces no sabía ni que existía, hizo que todo encajara. Sus consejos, su exigencia, sus tirones de patilla fueron clave para mí. Funcionó.

Tres años más tarde y después de muchas horas de Lengua con don Jerónimo, Mates con don Mariano, deporte rebozado en albero con Bau, y muchos trabajos manuales con don Rafael, empezaba mi Bachillerato. Los profesores volvían a cambiar, éstos parecían más serios. El edificio era otro, las sillas de pala nos hacían sentir incómodamente mayores. Allí recibí mi primer suspenso (en Matemáticas), y fui descubriendo cosas como que había que dedicar más tiempo que antes a estudiar apuntes, que también me podía caer una C, y que sacar el curso y echarse novia era compatible si te organizabas un poco. También funcionó.

Y aquí seguimos… Muchas veces me lo han dicho, aunque no siempre uno se da cuenta y valora lo que tiene. Soy un privilegiado. A excepción de los años de universidad, pocos días han pasado sin que atraviese por la mañana el umbral de la puerta del cole para seguir con la tarea. La vida me dio la oportunidad de que Altair se convirtiera en mi lugar de trabajo y no la desaproveché. Fueron varias circunstancias las que hicieron que acabara como profe del colegio, circunstancias que iban acompañadas de nombres propios: Vicente, Paco, Alfonso…,  profesores del antiguo BUP donde empecé a dar mis primeras clases.

Aquellos primeros cursos fueron intensos. Todos los días había que hacer sustituciones aquí y allá. Me vino bien. Fui aprendiendo a manejarme con chavales pequeños, medianos y grandes, en la EGB, el BUP/COU o la FP. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que aquello supuso un gran aprendizaje para mí, mucho más efectivo que cualquier otra preparación de esas que exigían en la época. Pero estaba en casa y ayudado por los que antes me habían dado clase a mí. Como decía antes, era un afortunado.

Por avatares de la vida, el que había sido compañero de asignatura, amigo y consejero en el trabajo, Alfonso García Contreras, encontró el final de su camino estando de excedencia fuera de España. Yo ocupaba temporalmente su puesto en el Colegio, todavía no había nada fijo, pero Dios quiso que cambiaran las cosas y, hasta hoy…  Muchas veces me acuerdo de Alfonso, de su trato, sus clases, sus bromas. Era un tío genial al que todos esperábamos de vuelta, y al que he de estar agradecido.

El Consejo de Sección de aquellos años era… no sé cómo decirlo… ¿peculiar?  Vicente Rodríguez era el Jefe de Estudios, puro corazón, ideas claras. Esteban Fernández, el Subjefe, listo como el hambre y majara por momentos, un bicho. Y Paco Sánchez, que como Secretario imponía orden y era freno de emergencia para muchos estudiantes. Hacían un buen equipo y trabajaron mucho para que la sección consiguiera muchas metas.

Recuerdo perfectamente cómo los primeros días los alumnos me confundían con uno de ellos. Seguramente pasaba no sólo por que mi aspecto era joven en aquella época, sino porque solía vestir con vaqueros y polo por fuera. Cuánto me ha regañado alguno para que vistiera más formalito…

De entre los consejos que me dieron cuando comencé me quedo con dos: Vicente me pidió que fuera yo mismo, sin maquillaje, y me aseguró que mi futuro en Altair no iba a depender de a qué sitios iba (se refería a los medios de formación) o de con quién estuviera. Si has sido alumno de Altair, te conoces el paño. Ya sabes que tienes que ser tú mismo, me dijo. No hacen falta comentarios. Por otro lado, Paco Sánchez me recomendó entrar con mano dura en mis primeras clases. El día que me estrené me dijo: hoy es tu prueba de fuego: COU A, COU B y COU C. Echa a un tío en cuanto entres en clase. Tuve mucha puntería, expulsé del aula al hijo de un inspector de la zona.

Al poco tiempo llegó el día en que tuve que convertirme en profesor de inglés de mi propio hermano, el pequeño, el que nació en el 83 justo cuando a mí me matricularon en Altair. Aquello fue un regalo. Qué sensación, qué orgullo. Nos despertábamos los dos por la mañana en casa, nos íbamos al cole cada uno con su papel, y al mediodía volvíamos a comer a casa con nuestros padres a hacer vida normal, vamos, lo normal entre hermanos, risas y broncas a partes iguales. Al final del curso le puse buena nota y todo…

Dice el refrán que es de bien nacido el ser agradecido, y no estaría bien pasar sin mencionar a otros compañeros (que fueron mis profesores antes) y que me enseñaron mucho en mis primeros años de trabajo, desde Rafa Balón y Luis Augusto, que tanto cariño han venido demostrando a mi familia, Antonio Acosta y Pablo Sibón, grandes amigos en lo profesional y en lo personal, pasando por Fidel, Eduardo, Bau, Aurelio, Santi Apellániz, los científicos locos Paco Medina y Paco Guerra, Ricardo, y otros muchos que andaban por allí entonces y que hicieron que me fuera convirtiendo en lo que soy hoy.

Recuerdo el año en que llegó la reforma y se tuvieron que mezclar profesores de EGB y FP con los que trabajábamos en BUP. Aquello fue bastante lioso, pero salió adelante gracias a la entrega de todos. Pasaron a compartir horario con nosotros compañeros como Ángel Márquez, José Enrique, Arturo, Nani, Juan Rayo, Félix, gente fundamental en el colegio, que sigue trabajando duro y que hoy por hoy son para mí mucho más que amigos.

Y es que Altair es grande, en el sentido amplio de la palabra, y como tal se ha nutrido en estos cincuenta años de muchos y grandes profesionales, valiosas personas. Me salgo un poquito de lo que son las aulas y he ido creciendo a diario con gente de la categoría de Tejada, siempre ahí, don Andrés, Macarro, Paco y ahora Antonio Ángel y Migue en portería, los de Secretaría, las limpiadoras y todo ese personal que desde hace tanto tiempo nos ha cuidado.

Es por eso que me siento orgulloso de formar parte de este colegio desde pequeño, y espero seguir sumando años con él, escribiendo su historia. Cambian las necesidades, el público, los gobiernos, las costumbres, pero permanece el estilo, la idea, la meta. Estoy convencido de que si vives tu trabajo y crees en Altair, en vaqueros o arreglado, todo seguirá funcionando.