Altair ha sido un milagro desde su primer día

Entrevista que ABC Sevilla hizo a Luis Augusto Pascual, autor del libro «Altair, medio siglo con sus barrios [un compromiso social]».

La fotografía de 1967 se comenta por sí misma: provisionalidad, barro… y grandes deseos de promocionarse; son los últimos años sesenta; el que no los vivió… (Archivo histórico de Altair).

El colegio Altair  de Sevilla (España) ha sido un milagro desde su primer día, cuando se abrió en un descampado, antiguo olivar y pasto de vacas. Los primeros alumnos de Altair –y especialmente sus familias– fueron protagonistas de una aventura, que ahora cumple 50 años. El libro recorre la historia del centro desde su creación en 1967. Durante estos años han pasado por Altair más de 12.000 alumnos y sus correspondientes familias, más de seiscientos educadores, entre profesores y personal no docente.

Cincuenta años en 195 páginas…

No es fácil resumir la actividad de un centro educativo a lo largo de cincuenta años en tan pocas páginas. A lo largo de medio siglo y con el transcurso de varias leyes generales de educación, enseñanzas e iniciativas pedagógicas han pasado por Altair más de 12.000 alumnos y sus correspondientes familias, más de quinientos educadores, entre profesores y personal no docente. Necesariamente se dejan de lado miles de historia y anécdotas de padres profesores y alumnos que podrían ser el corazón del relato; muchas de ellas se inscriben en él, pero otras muchísimas han quedado al lado forzosamente.

¿Cuál es el origen de este libro?

En un principio la idea surgió en formato de blog en el que fui divulgando la evolución geográfica de los barrios del entorno de Altair a lo largo del siglo XX, a través de la fotografía aérea publicada en la Gerencia Municipal de Urbanismo. Esta realidad ponía a la vista la vinculación temporal y vecinal de estos barrios con Altair. Luego, gracias a la investigación y consulta en las hemerotecas pude comprobar que la relación entre los barrios y Altair era algo más que casual o territorial. Había una relación causa efecto. Había una atracción mutua. Ese fue el comienzo y el sentido del título y del contenido del libro.

¿El emplazamiento no es casual?

Orofotografía del territorio de Altair en 1967, con la carretera de Málaga al norte, el arroyo Tamarguillo al oeste, la avenida de Hytasa al sur y el canal del Ranilla al este. En el centro de la fotografía, Altair es un punto diminuto entre los barrios y un extenso terreno agrícola, aún sin urbanizar.

El emplazamiento de Altair en la periferia extrema del este de Sevilla no fue casual. Altair nació para resolver los graves problemas y deficiencias educativas de una amplia zona de la de la periferia urbana de la ciudad, una de las áreas más desfavorecidas de la Sevilla de los años sesenta, en el extremo oriental de la ciudad. Ya en el decreto del BOE de julio de 1967 se estipulaba que Altair se establecerá en la zona de los barrios circundantes de La Plata, La Candelaria, barriada de Juan XXIII, Santa Teresa, Amate y Cerro del Águila… El territorio buscado por Altair y asignado por el ministerio arrancaba una vez traspasada la frontera del Tamarguillo y tenía su confín en el extremo este del término municipal. Al sur, el límite lo establecía la actual avenida de Hytasa; y al norte, la carretera de Málaga. En su mayor parte, basta ver la fotografía aérea de la época, un territorio rural ocupado fundamentalmente por fincas agrícolas y vaquerías.

¿Cuáles son los «barrios de Altair»?

Altair se situó al alcance de estos barrios, en este entorno tan extenso en el que no había ningún instituto público y escasos colegios nacionales. Desde el primer momento llegaron a Altair alumnos de todos aquellos barrios periféricos. Los barrios de Altair, como la Plata o San Ginés eran barrios de aluvión migratorio de dentro de la ciudad, de la provincia y de Andalucía, barrios de autoconstrucción e infravivienda. Incluso, Juan XXIII, un barrio modélico, fue planteado inicialmente como barriada de acogida de habitantes de los viejos corrales desahuciados del centro o para los expulsados de las zonas arrasados por la inundación de 1961. No menos humilde era el gran barrio del Cerro del Águila. El mismo carácter tenían los barrios de Santa Teresa o las unifamiliares de Amate. Y más lejos, aunque también en ellos era visto Altair como la única solución educativa a su alcance, estaban los barrios de La Candelaria, Los Pajaritos o Madre de Dios. Al otro lado de Su Eminencia, nacían entonces los barrios de Palmete: San José, La Negrilla. La Doctora o Padre Pío. Más tarde aunque también barrios clásicos de Altair han sido Rochelambert, La Atalaya y el Trébol, García Lorca, Santa Aurelia. Durante décadas, estos barrios no tuvieron más referente educativo que Altair. Todos ellos y especialmente los más cercanos siguen siendo barrios de Altair. Con el tiempo, con la construcción de los barrios más próximos y la creación de los institutos públicos de la zona, el territorio de Altair se reconcentró en las barriadas más inmediatas.

¿Han cambiado mucho los barrios en estos cincuenta años?

Alumnos de bachillerato el día de su graduación Archivo histórico de Altair).

Cuando hablo del «milagro de Altair» pienso también en lo que se vino a llamar en los años setenta: el «milagro español». No cabe duda que en este medio siglo los barrios de Altair han cambiado; y sus habitantes han progresado al compás del paso de tres generaciones, al mismo tiempo que la sociedad y la ciudad de Sevilla. Altair ha cambiado en la medida en que han cambiado sus barrios; y también las familias han prosperado, en parte gracias la influencia educativa del Altair. Y por la labor docente de Altair, los alumnos y vecinos del barrio han podido acceder a niveles educativos que no hubieran soñado en años, aspirando a horizontes profesionales insospechados. Y así, muchos de nuestros alumnos partiendo de una modesta situación familiar y social han podido alcanzar cotas profesionales y personales insólitas.

¿Por qué el subtítulo de «un compromiso social»?

Javier Delgado con José Antonio de Cote y la Llave del Condado de Miami (USA) que ofreció a Altair como el mejor sitio para exponerla en agradecimiento a la formación que recibió (Archivo Histórico de Altair).

No ha sido un capricho. Altair, antes por vocación que por decreto ministerial, vino a atender las necesidades educativas de esa amplia zona oriental de la periferia de Sevilla. Altair ha sentido como un compromiso la educación de las familias de su entorno: de las familias, porque para Altair son los padres los primeros protagonistas de la educación de sus hijos; y desde el primer día los padres han sido partícipes de la preocupación y de la acción educativa de los hijos. El compromiso de Altair con la sociedad es con las familias; y gracias a este esfuerzo educativo, cuando salen de Altair cada uno de los alumnos lleva a la sociedad en la que vive, trabaja y hace su propia vida familiar toda la formación recibida en Altair.

A lo largo de estos cincuenta años, el compromiso social de Altair fue reiteradamente reconocido por los sevillanos. Este hecho vino refrendado en numerosos artículos de prensa que vienen recogidos en el libro. Los titulares de los periódicos, tanto sevillanos como nacionales, son inequívocos; y, por ende, los contenidos reflejan claramente esta forma de entender la educación al servicio de las familias de las barriadas obreras de su entorno.

¿También ha sido testigo de «la promoción de las gentes del barrio»?

Sin duda alguna. No sólo yo, sino cualquiera de los profesores de los primeros años, hemos conocido alumnos y familias humildísimas. Los hemos visto progresar a ellos y a sus padres y a sus hijos. Y no es mérito de Altair, es fruto del esfuerzo de todas esas familias que veían en Altair el medio para alcanzar una educación que no se les ofrecía fuera de él. Pero, aunque Altair habrá contribuido forzosamente a la elevación del nivel de vida de su entorno, esa no era ni es su misión inmediata. Sino que, el compromiso de Altair se ha concretado en situar a cada persona, a cada alumno, en condiciones de desarrollar todas sus virtualidades, para más tarde desenvolverse en su mundo sociolaboral a través de la formación que Altair imprime.

Adrián San Miguel, antiguo alumno de Altair, portero del Real Betis y de la Selección Nacional (Archivo histórico de Altair).

Así, Altair ha hecho posible el acceso a la Universidad –núcleo directivo de la sociedad– a muchos de sus alumnos, en su gran mayoría hijos de las familias de este barrio, que ya se cuentan por miles. Innumerables son los profesionales que ha dado Altair a lo largo de estos años: desde un embajador del Reino de España o un árbitro internacional a decanos, catedráticos y profesores universitarios o de institutos y colegios; médicos cardiólogos, hematólogos, cirujanos, traumatólogos; investigadores, arquitectos, ingenieros: abogados y fiscales; periodistas y directores de medios de comunicación; funcionarios de todas las administraciones, policías, bomberos, concejales y alcaldes; dependientes, comerciales y directivos en empresas pequeñas o grandes, emprendedores o empresarios en empresas punteras, públicas y privadas; taxistas, conductores de autobuses; futbolistas de todas las divisiones, entrenadores y árbitros, toreros; mecánicos, administrativos, técnicos analistas de laboratorio, especialistas en electricidad, electrónica o informática, etc. Son miríadas de especialistas, profesionales anónimos repartidos por todos los ámbitos laborales y profesiones. Es un hecho palpable: un ingente número de alumnos de Altair, miles de profesionales, han ido conformando la sociedad sevillana y española

¿Cuáles han sido las mayores dificultades por las que ha pasado durante todos estos años en el colegio?

El compromiso social de Altair fue reiteradamente reconocido por los sevillanos. Este hecho vino recogido en numerosos artículos periodísticos (Infografía de Luis Augusto Pascual).

No soy yo quién para analizar esto. Gracias a Dios no he tenido responsabilidades de dirección. Pero basta leer los periódicos para comprenderlo. Durante los primeros años –e incluso hasta nuestros días– sin duda alguna, las grandes dificultades fueron económicas y se saldaron gracias a la colaboración de muchas personas que vieron en este proyecto una solución a las necesidades educativas del barrio. Hoy parece que las dificultades son más bien políticas e ideológicas: la falta de comprensión de algunos políticos acerca del ideario educativo de Altair.

Desde las primeras elecciones políticas, allá por 1977, cuando yo empecé en Altair, los barrios que llamamos de Altair, votan mayoritariamente a opciones que se consideran de izquierdas. Los habitantes de los barrios de Altair, podría pensarse que coinciden con las ideas educativas de sus políticos. Pero curiosamente, lo que los políticos no entienden lo comprenden perfectamente las familias del barrio que no dejan de confiar a sus hijos a Altair. A pesar de las dificultades, los padres y las madres de Altair están dando una lección de sentido común a sus dirigentes políticos.

Pablo y Miguel Ángel son ejemplos de la excelencia educativa lograda por alumnos de los barrios más necesitados de Sevilla (Archivo histórico de Altair).

En el jardín de entrada se ha puesto recientemente una escultura compuesta por tres lápices de colores primarios que puede representar cuál es la razón del éxito de Altair. En la trilogía de padres, profesores y alumnos, los primeros educadores son los padres, después los profesionales de la educación y en tercer lugar los alumnos. La clave del ideario educativo de Altair está en que se pone la razón de la educación en los padres. El padre y la madre, por naturaleza son los legítimos y verdaderos educadores de sus hijos. El éxito de Altair está en que las familias confían en el estilo educativo que ven en Altair y que los pone a ellos como principio de la educación. Los padres y madres de Altair saben que sólo su coherencia y unidad de vida con lo que sus hijos viven en Altair hará que la educación llegue a buen puerto. Y por eso eligen Altair. No por los éxitos académicos, los campos de deporte o por los jardines o el cuidado de los edificios.

Muchos proyectos cumplidos…

La hemeroteca de Altair es riquísima en acontecimientos que demuestran el prestigio y la validez del proyecto que planteó Altair a la sociedad sevillana hace medio siglo. Y todo ello en un entorno urbano y social deprimido y lleno de carencias. Desde los primerísimos años Altair destacó por las menciones y premios académicos, artísticos y deportivos de sus alumnos. Quizá sea la palabra “pundonor” la que mejor defina a los alumnos y sus familias de aquellos primeros años.

Además de los naturales proyectos puramente educativos como han sido las enseñanzas oficiales, Altair ha sido pionero y modelo en muchos campos educativos, incluso extraacadémicos: la Escuela Deportiva, primera escuela infantil de fútbol de Sevilla, y con seguridad de Andalucía, además de una de las primeras de España; la Escuela de Empresarios, cuyos cursos de formación empresarial vinieron a ser la prehistoria del Instituto San Telmo Business School; la Escuela de Padres que estimula el afán de formación permanente como padres de familia y ayuda en su responsabilidad como educadores de sus hijos.

Altair ha sido un milagro desde el primer día (Archivo histórico de Altair).

¿Con qué experiencias se queda de todos estos años?

Me es imposible destacar alguna. Quizá sea la constante presencia de antiguos alumnos que no faltan a las reuniones y convocatorias, y los buenos recuerdos que aportan y que siempre son gratificantes para un profesor. Y más aún, ver llegar a nuevas promociones de alumnos que son hijos e incluso nietos de aquellos primeros alumnos. Eso indica que algo hacemos bien.

¿Por qué el Altair actual es un «milagro»?

Ya comentaba antes que no pienso tanto en hechos portentosos cuando hablo del milagro de Altair como en el día a día: son esos 3.600 segundos de cada clase lo que son un verdadero milagro que no pasará a la hagiografía.

Pero el milagro de Altair no es actual. Altair ha sido un milagro desde su primer día cuando se abrió en un descampado, antiguo olivar y pasto de vacas. Los primeros alumnos de Altair –y especialmente sus familias– fueron protagonistas de una aventura. Matricularse en aquel septiembre de 1967 fue un acto de fe y de audacia: ¡tal era su afán de progresar! Y Altair no los decepcionó. Ese fue el inicio del milagro que tiene hoy continuidad en el Altair que vemos: un verdadero oasis educativo y familiar

Escuela también para padres

Como dice Luis Augusto Pascual, «Altair de acuerdo a ese principio aprendido de san Josemaría entiende que los padres son los primeros educadores y que han de ver en el centro una prolongación de la familia. San Josemaría solía, en efecto, afirmar: «En el colegio hay tres cosas importantes: lo primero, los padres; lo segundo, los profesores; lo tercero, los alumnos». Estas palabras impregnan desde sus inicios el estilo educativo de Altair», dice. «Los padres son insustituibles en la tarea de educar a sus hijos. Nadie puede suplantar su papel: ni los amigos, ni la sociedad, ni la escuela. Pueden delegar algunas funciones, pero siempre serán ellos los primeros y principales educadores. El niño, el joven, necesita a sus padres, igual que los padres le necesitan a él. De ahí la necesaria colaboración de los padres en el proyecto educativo de Altair», añade.

Ya desde sus comienzos Altair mostró interés en la formación de los padres como algo inherente a su estilo educativo. «En 1968, un grupo de matrimonios comenzaron, alentados por san Josemaría Escrivá, a reunirse para buscar soluciones a su vida familiar, para aprender a educar. Ciertamente, la importancia de los padres en la tarea educativa ha sido siempre algo sustantivo y característico de Altair. Por eso se impulsó desde un primer momento la presencia y la colaboración de las familias», concluye.

Antonio Gutiérrez

Recuerdo de Antonio Gutiérrez, en Mesa redonda con motivo del Centenario de san Josemaría.

Me incorporé a Altair como profesor en octubre del curso 1972-73. Fui nombrado director al curso siguiente y como tal estuve trabajando hasta junio de 1980. Me encontré con un centro escolar lleno de vida, con un profesorado joven, excelente, formado cuidadosamente en las técnicas educativas, por su primer Director José María Prieto y continuado por su sucesor Miguel Ferré. El trabajo bien hecho, la ilusión por mejorar, la preocupación por los alumnos, el ambiente de libertad y de confianza, el clima de alegría y la conciencia de estar haciendo algo importante, por encima de las limitaciones materiales y las incomodidades, el frío, las corrientes de aire, el barro y las estrecheces económicas, era algo que se palpaba en el ambiente. Por citar a algunos de aquellos pioneros, Eduardo Gentil, el Secretario eficiente y profesor de Matemáticas temido y querido por los alumnos; Juan Parejo y Juan Fabián Delgado, los eficaces y tenaces Jefes de Estudios; Manolo Guillén, nuestro Administrador y Gerente, que hacía equilibrios con las subvenciones que se conseguían y al que costaba mucho sacarle una peseta; Agustín Álvarez, el profesor de Educación Física, que, con muy pocos medios, nos sorprendía cada año con su exhibición deportiva de fin de curso; José Emilio del Pino, el fútbol para los niños como medio formativo y cantera de figuras; don Andrés Quijano, el sacerdote palentino, fumador empedernido, hincha del Atlético de Bilbao, querido por todos; Luis Calvente, el Conserje, que para los pequeños era el director del Colegio, para los padres, el apoyo y el consuelo y para todos, el optimismo, el buen humor y el cariño personificados; Pepe Garrido y Aquilino Polaino, entre otros, prestaron una colaboración entusiasta y de alta calidad en el nocturno. Así podría seguir citando gente que pasaron por Altair, que dejaron en los alumnos y en sus familias lo mejor de sus personas y de su esfuerzo. Para todos ellos, Altair fue algo importante y, ahora, en su recuerdo, sigue siendo algo entrañable.

Luego, en los años sucesivos, se fueron incorporando nuevos valores, hoy ya la solera de Altair, con la misma ilusión y el mismo deseo de hacer un trabajo bien hecho, con visión de futuro, poniendo alto el techo que querían para sus alumnos: Jesús Rodríguez, Pepe Núñez, Miguel González, Vicente Rodríguez, Mariano Hernández- Barahona, Rafa Hidalgo, Juan Suárez y tantos otros.

Altair salió adelante con fe, la que san Josemaría nos transmitía; con esa seguridad que nos daba, cuando nos decía que si hacíamos bien el trabajo, cara a Dios y queriendo de verdad a la gente, los problemas materiales se irían resolviendo. Que “las obras se vienen abajo por falta de espíritu, no por falta de medios”. Que si queríamos un criterio para saber si lo que estábamos haciendo estaba bien o mal, que pensáramos en que “Yo mido el éxito de las labores apostólicas en que mis hijos trabajan, por el grado de santidad que alcanzan los que en ellas intervienen”. A mi me sirvió mucho para darme cuenta de que el sitio más importante de Altair era el oratorio. Por eso, en aquella clase de hormigón de la primera planta, con un sagrario pobre, que a la vez era caja fuerte, íbamos a buscar la fuerza para trabajar, a recobrar el optimismo y el buen humor y, en fin, a enseñar a los alumnos y a los padres donde estaba el secreto de Altair.

Y junto a esto, el santificar el trabajo, es decir, hacerlo bien, cuidar los pequeños detalles materiales, tratar bien a la gente, con espíritu de servicio, para agradar a Dios. Los padres se daban cuenta de que allí había algo distinto; que aquello les parecía tan bueno que pensaban que debía haber otras intenciones y, al principio, desconfiaban. Pero cuando veían que no había trampa ni cartón, que aquello era auténtico; que se quería de verdad a sus hijos; que veían como mejoraban y lo contentos que estaban, entonces, se rendían y se transformaban en entusiastas de Altair y te decían unas cosas tan simpáticas que te reías muchísimo. Sentían como se les atendía y valoraba; como se respetaba su libertad y nunca se les hablaba de política, fuera cual fuera su adscripción política -en aquellos años había muchos extremismos-. Siempre se iba con la verdad por delante y se les explicaba que allí se daba a sus hijos una buena formación cristiana, porque queríamos que fueran gente feliz y valiosa en todas las facetas, humana y espiritual.

Fueron años muy bonitos, porque con el cariño y el entusiasmo de aquellos padres y con la alegría y el orgullo de estudiar en Altair, de los alumnos, las carencias materiales y las dificultades económicas, se hacían llevaderas y teníamos más motivos para buscar soluciones y compartir nuestras preocupaciones y nuestras alegrías con gentes de otros barrios de Sevilla que, poco a poco, fueron conociendo Altair y comenzaron a colaborar, unos más y otros menos, según sus posibilidades, pero siempre con generosidad y cariño. En esto, también tomo la iniciativa san Josemaría, que destinó los beneficios económicos de una edición especial de Camino, para bibliófilos, de número limitado de ejemplares, para ayudar a Altair. Esto lo sabían también las personas a las que hablábamos de Altair y le pedíamos su ayuda y todos se ilusionaban con contribuir a este proyecto de promoción humana y cristiana.

No puedo dejar de citar a Antonio Borrero que, desde el Departamento de Relaciones Públicas, abrió de manera notoria Altair a los barrios colindantes del distrito VII, reforzó la atención a la Asociación de Padres y consiguió su participación efectiva en distintos momentos de dificultad económica y, sobre todo, impulsó de modo notable la Escuela de Fútbol, con un equipo entusiasta de colaboradores como Antonio Wanceulen y José Emilio Del Pino, consiguiendo la financiación de la misma y que la Federación Nacional de Fútbol, con Pablo Porta como Presidente, costeara el tan necesario edificio de vestuarios. Aquí, también, un recuerdo agradecido para Joaquín Gómez, uno de los primeros Presidentes del APA, que tanto se volcó con Altair. Dios le premió también ayudándole a descubrir el sentido cristiano de su vida, pocos años antes de su fallecimiento. No se me olvida un comentario suyo a raíz de un pequeño suceso. Un día vinieran a Altair un equipo de una barriada del otro extremo de Sevilla, a jugar con los juveniles de Altair. El partido fue de clara superioridad de los de Altair, que ganaron por una clara diferencia, porque jugaban muy bien. Los acompañantes del equipo contrario, increparon a Joaquín y le dijeron que el resultado se debía a que eran del Opus Dei y que el árbitro estaba a su favor. Joaquín reaccionó y trató de que se dieran cuenta de su error, pero fue en vano. Al día siguiente, Joaquín me decía, que no había podido dormir esa noche del disgusto, pensando en que si por una pequeña cosa le habían insultado injustamente, cuánto no habrían hecho sufrir con sus críticas injustas a Mons. Escrivá con tantas cosas buenas como había hecho en su vida.

Miguel Ferré, ingeniero catalán, puso en marcha unos Cursos de Empresarios, con la colaboración de unos amigos suyos, de gran prestigio en el mundo empresarial. Entre ellos, por su especial contribución, recuerdo a Javier López de la Puerta, a Álvaro Soto y a Luis López Ladrón y la coordinación material de Ignacio Domínguez. Consiguieron que pasaran varias promociones de empresarios sevillanos e incluso llegaron a organizarse varias ediciones vara empresarios agrícolas. Así, mucha gente conoció de cerca Altair y de ahí salieron muchos colaboradores para el Patronato, hoy transformado en Fundación, y otros acogieron en sus empresas a antiguos alumnos de Altair, movidos por el prestigio humano y profesional que tenían en las ramas de Formación Profesional que se estudiaban en Altair.

Al traer a mi memoria estos recuerdos, en el año del Centenario de san Josemaría, doy gracias a Dios por haber pasado por Altair y tengo una clara conciencia de lo mucho que Altair debe a san Josemaría: Todo lo bueno que aquí se hace lo hemos aprendido de él, el espíritu que lo anima es consecuencia de sus enseñanzas; hemos recibido en vida su apoyo directo y su aliento constante y, desde el Cielo, lo tenemos como especial Intercesor. Me siento un privilegiado por haber tenido la suerte de haber trabajado en Altair y ser testigo de muchas cosas grandes y pequeñas, bonitas, que han sucedido y en las que tantas veces hemos tocado la ayuda de Dios.