Antonio Gutiérrez

Recuerdo de Antonio Gutiérrez, en Mesa redonda con motivo del Centenario de san Josemaría.

Me incorporé a Altair como profesor en octubre del curso 1972-73. Fui nombrado director al curso siguiente y como tal estuve trabajando hasta junio de 1980. Me encontré con un centro escolar lleno de vida, con un profesorado joven, excelente, formado cuidadosamente en las técnicas educativas, por su primer Director José María Prieto y continuado por su sucesor Miguel Ferré. El trabajo bien hecho, la ilusión por mejorar, la preocupación por los alumnos, el ambiente de libertad y de confianza, el clima de alegría y la conciencia de estar haciendo algo importante, por encima de las limitaciones materiales y las incomodidades, el frío, las corrientes de aire, el barro y las estrecheces económicas, era algo que se palpaba en el ambiente. Por citar a algunos de aquellos pioneros, Eduardo Gentil, el Secretario eficiente y profesor de Matemáticas temido y querido por los alumnos; Juan Parejo y Juan Fabián Delgado, los eficaces y tenaces Jefes de Estudios; Manolo Guillén, nuestro Administrador y Gerente, que hacía equilibrios con las subvenciones que se conseguían y al que costaba mucho sacarle una peseta; Agustín Álvarez, el profesor de Educación Física, que, con muy pocos medios, nos sorprendía cada año con su exhibición deportiva de fin de curso; José Emilio del Pino, el fútbol para los niños como medio formativo y cantera de figuras; don Andrés Quijano, el sacerdote palentino, fumador empedernido, hincha del Atlético de Bilbao, querido por todos; Luis Calvente, el Conserje, que para los pequeños era el director del Colegio, para los padres, el apoyo y el consuelo y para todos, el optimismo, el buen humor y el cariño personificados; Pepe Garrido y Aquilino Polaino, entre otros, prestaron una colaboración entusiasta y de alta calidad en el nocturno. Así podría seguir citando gente que pasaron por Altair, que dejaron en los alumnos y en sus familias lo mejor de sus personas y de su esfuerzo. Para todos ellos, Altair fue algo importante y, ahora, en su recuerdo, sigue siendo algo entrañable.

Luego, en los años sucesivos, se fueron incorporando nuevos valores, hoy ya la solera de Altair, con la misma ilusión y el mismo deseo de hacer un trabajo bien hecho, con visión de futuro, poniendo alto el techo que querían para sus alumnos: Jesús Rodríguez, Pepe Núñez, Miguel González, Vicente Rodríguez, Mariano Hernández- Barahona, Rafa Hidalgo, Juan Suárez y tantos otros.

Altair salió adelante con fe, la que san Josemaría nos transmitía; con esa seguridad que nos daba, cuando nos decía que si hacíamos bien el trabajo, cara a Dios y queriendo de verdad a la gente, los problemas materiales se irían resolviendo. Que “las obras se vienen abajo por falta de espíritu, no por falta de medios”. Que si queríamos un criterio para saber si lo que estábamos haciendo estaba bien o mal, que pensáramos en que “Yo mido el éxito de las labores apostólicas en que mis hijos trabajan, por el grado de santidad que alcanzan los que en ellas intervienen”. A mi me sirvió mucho para darme cuenta de que el sitio más importante de Altair era el oratorio. Por eso, en aquella clase de hormigón de la primera planta, con un sagrario pobre, que a la vez era caja fuerte, íbamos a buscar la fuerza para trabajar, a recobrar el optimismo y el buen humor y, en fin, a enseñar a los alumnos y a los padres donde estaba el secreto de Altair.

Y junto a esto, el santificar el trabajo, es decir, hacerlo bien, cuidar los pequeños detalles materiales, tratar bien a la gente, con espíritu de servicio, para agradar a Dios. Los padres se daban cuenta de que allí había algo distinto; que aquello les parecía tan bueno que pensaban que debía haber otras intenciones y, al principio, desconfiaban. Pero cuando veían que no había trampa ni cartón, que aquello era auténtico; que se quería de verdad a sus hijos; que veían como mejoraban y lo contentos que estaban, entonces, se rendían y se transformaban en entusiastas de Altair y te decían unas cosas tan simpáticas que te reías muchísimo. Sentían como se les atendía y valoraba; como se respetaba su libertad y nunca se les hablaba de política, fuera cual fuera su adscripción política -en aquellos años había muchos extremismos-. Siempre se iba con la verdad por delante y se les explicaba que allí se daba a sus hijos una buena formación cristiana, porque queríamos que fueran gente feliz y valiosa en todas las facetas, humana y espiritual.

Fueron años muy bonitos, porque con el cariño y el entusiasmo de aquellos padres y con la alegría y el orgullo de estudiar en Altair, de los alumnos, las carencias materiales y las dificultades económicas, se hacían llevaderas y teníamos más motivos para buscar soluciones y compartir nuestras preocupaciones y nuestras alegrías con gentes de otros barrios de Sevilla que, poco a poco, fueron conociendo Altair y comenzaron a colaborar, unos más y otros menos, según sus posibilidades, pero siempre con generosidad y cariño. En esto, también tomo la iniciativa san Josemaría, que destinó los beneficios económicos de una edición especial de Camino, para bibliófilos, de número limitado de ejemplares, para ayudar a Altair. Esto lo sabían también las personas a las que hablábamos de Altair y le pedíamos su ayuda y todos se ilusionaban con contribuir a este proyecto de promoción humana y cristiana.

No puedo dejar de citar a Antonio Borrero que, desde el Departamento de Relaciones Públicas, abrió de manera notoria Altair a los barrios colindantes del distrito VII, reforzó la atención a la Asociación de Padres y consiguió su participación efectiva en distintos momentos de dificultad económica y, sobre todo, impulsó de modo notable la Escuela de Fútbol, con un equipo entusiasta de colaboradores como Antonio Wanceulen y José Emilio Del Pino, consiguiendo la financiación de la misma y que la Federación Nacional de Fútbol, con Pablo Porta como Presidente, costeara el tan necesario edificio de vestuarios. Aquí, también, un recuerdo agradecido para Joaquín Gómez, uno de los primeros Presidentes del APA, que tanto se volcó con Altair. Dios le premió también ayudándole a descubrir el sentido cristiano de su vida, pocos años antes de su fallecimiento. No se me olvida un comentario suyo a raíz de un pequeño suceso. Un día vinieran a Altair un equipo de una barriada del otro extremo de Sevilla, a jugar con los juveniles de Altair. El partido fue de clara superioridad de los de Altair, que ganaron por una clara diferencia, porque jugaban muy bien. Los acompañantes del equipo contrario, increparon a Joaquín y le dijeron que el resultado se debía a que eran del Opus Dei y que el árbitro estaba a su favor. Joaquín reaccionó y trató de que se dieran cuenta de su error, pero fue en vano. Al día siguiente, Joaquín me decía, que no había podido dormir esa noche del disgusto, pensando en que si por una pequeña cosa le habían insultado injustamente, cuánto no habrían hecho sufrir con sus críticas injustas a Mons. Escrivá con tantas cosas buenas como había hecho en su vida.

Miguel Ferré, ingeniero catalán, puso en marcha unos Cursos de Empresarios, con la colaboración de unos amigos suyos, de gran prestigio en el mundo empresarial. Entre ellos, por su especial contribución, recuerdo a Javier López de la Puerta, a Álvaro Soto y a Luis López Ladrón y la coordinación material de Ignacio Domínguez. Consiguieron que pasaran varias promociones de empresarios sevillanos e incluso llegaron a organizarse varias ediciones vara empresarios agrícolas. Así, mucha gente conoció de cerca Altair y de ahí salieron muchos colaboradores para el Patronato, hoy transformado en Fundación, y otros acogieron en sus empresas a antiguos alumnos de Altair, movidos por el prestigio humano y profesional que tenían en las ramas de Formación Profesional que se estudiaban en Altair.

Al traer a mi memoria estos recuerdos, en el año del Centenario de san Josemaría, doy gracias a Dios por haber pasado por Altair y tengo una clara conciencia de lo mucho que Altair debe a san Josemaría: Todo lo bueno que aquí se hace lo hemos aprendido de él, el espíritu que lo anima es consecuencia de sus enseñanzas; hemos recibido en vida su apoyo directo y su aliento constante y, desde el Cielo, lo tenemos como especial Intercesor. Me siento un privilegiado por haber tenido la suerte de haber trabajado en Altair y ser testigo de muchas cosas grandes y pequeñas, bonitas, que han sucedido y en las que tantas veces hemos tocado la ayuda de Dios.

 

 

 

 

Don Andrés Quijano

Santos de andar por casa: Hoy, el día más triste del año, cuando la iluminación navideña brilla por última vez en un estertor de nostalgias, volvemos melancólicamente al colegio. Hace cuatro décadas, el Opus Dei creó el centro Altair junto a Su Eminencia. En sus aulas, las más demandadas del barrio, muchos hijos de trabajadores aprendieron del saber y de la vida; de esto se encargaba don Andrés, un cura desaliñado, despistado y bueno. Un hombre excepcional. Los hombres excepcionales no sólo habitan las enciclopedias; a veces pasan a nuestra vera.

Andrés Quijano Llorente nació el 25 de noviembre de 1932 en San Salvador de Cantamuda, provincia de Palencia. Sus padres fueron los únicos labradores del pueblo que pudieron dar carreras a dos de sus hijos, la niña fue maestra y el niño cura. Todo un hito. Se hizo del Opus escuchando Radio Pirenaica. Llegó a Andalucía con 34 años y se incorporó a Altair en 1970. Hace cinco años se jubiló. Poco después, el Arzobispado lo reclutaba para dirigir la parroquia de San Francisco Javier, en el Polígono de San Pablo, donde actualmente presta sus servicios. Forofo del Athletic de Bilbao, su sentido de pobreza le impide ir a un partido de fútbol. Como sacerdote, tiene además los compromisos de obediencia y castidad. Para colmo de mortificaciones, tras cuarenta años de fumar tres paquetes diarios, dejó el tabaco hace seis meses.

Pasado mañana se cumple un siglo del nacimiento de José María Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Sus prosélitos creen en la predestinación, pero llaman al destino providencia. Los miembros de ‘la Obra’, como en general los católicos, consideran la existencia de una extraña fuerza sobrenatural, que nos lleva a cumplir lo escrito en algún misterioso libro.

Providencialista al cabo, don Andrés cree que si no hubiera nacido san Josemaría, no se habría fundado el Opus Dei y, consiguientemente, no se habría creado Altair, él no habría sido llamado para venir a Sevilla y nuestra entrevista con él nunca se habría celebrado. Por tanto, todo esto que ahora usted lee empezó en realidad a escribirse hará pasado mañana un siglo.

—Una tarde, salía yo de la parroquia de San Francisco Javier. De repente, frenó delante de mí un coche de Lipasam y se bajó un muchacho. Me preguntó si me acordaba de él. Me dijo que había estudiado en Altair y no le había ido del todo bien, pero que guardaba un buen recuerdo del colegio. De repente, agachó la cabeza, dejó de hablar… estaba llorando como un niño.

Están por todas partes, en Lipasam, en la Universidad, en Telefónica, en la prensa y en el paro. Niños de ayer, hoy padres. Hombres que no pueden evitar sentir un nudo en la garganta al toparse con él. Don Andrés los devuelve a aquellos días felices vividos en los inciertos años de la transición, cuando estudiaban en Altair, una obra corporativa del Opus Dei. Don Andrés era de Opus, claro, pero no lo parecía. Su desaliño, sus dedos teñidos por la nicotina de sus sempiternos Ideales, contrastaban con la pulcritud extrema, rayana en el dandysmo, de los sacerdotes de la Obra. Pero don Andrés es del Opus gracias al PCE.

—Una vez escuché que en Radio Pirenaica decían: “Ya es hora de acabar con el Opus Dei”. Me pregunté qué sería eso del Opus Dei. Empecé a preguntar y me encantó eso de que uno puede ser santo en su lugar de trabajo. Mi madre contaba que la más rica del pueblo, para hacerse santa, se tuvo que ir a un convento. Así que me hice del Opus.

Don Andrés frisaba entonces la treintena, pero llevaba de cura unos cuantos años. En el seminario había entrado a los trece, desde luego no por voluntad propia. A los veinte, llegaría la crisis. La gran pregunta. ¿Qué rayos hago yo aquí?

—Le soy sincero. Fue por las chicas. Veía una y decía: yo dónde voy. Me costó mucho, pero reflexioné, lo pensé delante del Señor y aquí estoy. No me pesa, gracias a Dios.

Aunque humano, tal vez demasiado humano, don Andrés es todo espíritu a estas alturas de su existencia. Hace tiempo que su alma se adueñó de su cuerpo. Y hace milagros. De acuerdo que no son milagros desde el punto de vista de la prestidigitación, pero son milagros. El de la sonrisa, el de la amabilidad sin dobleces. El del abrazo y la charla. El del consejo. Caramba, si es que este hombre consiguió que sus alumnos lo recibieran en clase al grito de ¡Athletic! ¡Athletic!, cuando si hay un equipo que aquí cae mal ese es el Bilbao.

—A mí me gusta mucho el fútbol, todo el mundo sabe que soy mucho del Bilbao. Me hice de este equipo en los tiempos de Zarra y Gainza. También soy mucho del Brasil. Me gustaba jugar con los chavales, pero cuando hace año y medio murió mi madre, dejé de hacerlo. Ella marcó mi vida. Al morir le dije: Qué va a ser de mi, madre, me quedo muy solo. Y ella me respondió: — “Tú buena religión tienes, síguela”.

Don Andrés cree en el Cielo y en el Infierno, pero no estima indispensable ser católico para eludir el fuego eterno. Cree, naturalmente, en el juicio final y duda de que el último día haya un aprobado general. Aunque uno piensa que lo habría si de él dependiese. Hace cinco años, tuvo que jubilarse. Más o menos por entonces, el Arzobispado, escaso de curas, lo llamó para dirigir la parroquia de San Francisco Javier, en el Polígono de San Pablo. Allí también es feliz.

—No estoy para trotes, pero abro la iglesia todo el tiempo posible. Me dicen que pueden entrar a robar, bah! me da igual. Soy feliz viendo a la gente acercarse al Sagrario.

Su tránsito callado por el mundo, tal vez le impida subir algún día a los altares, pero esa es al cabo una vanidad humana a la que no aspira. Su verdadera meta es el Cielo, que debe existir sólo porque él lo cree. Un santo de andar por casa como don Andrés no debería llevarse el disgusto de que los ateos acierten la definitiva adivinanza. Invocamos a Borges: “Que el Cielo exista, aunque mi lugar sea el Infierno”. Pero si tras la última frontera reina la oscuridad, don Andrés ya tiene un confortable sitio en el corazón de miles de sevillanos que hoy, con el último brillo de la Navidad, han vuelto sentimentalmente al colegio.

(Artículo publicado por el periodista Juan Miguel Vega, antiguo alumno: “Sevillanos en su Mundo. Andrés Quijano”, en Diario El Mundo, Sevilla, 7 de enero de 2002.)

José Antonio Tejada Molero

Mis años en Altair. Todo comienza con mi llegada a Sevilla un lejano 12 de octubre de 1973, tenía 14 años recién cumplidos, y toda la familia 5 hermanos y mis padres decidimos que iríamos a Sevilla a vivir, después de haber descartados otras ciudades de España. Llegamos con lo poco que teníamos en un camión, todos en la parte trasera junto con los pocos enseres que traíamos de nuestra casa en Extremadura.

A los pocos días de llegar comencé a trabajar en el Bar España en la calle San Fernando allí, mi encargado era abuelo de alumno Enrique Paqué, fue un poco duro porque muchas noches terminaba tarde y empezaba temprano por la mañana, pero al poco tiempo comencé a trabajar como botones en una peletería de la Plaza Nueva. En ese tiempo cambiamos de casa y nos fuimos a vivir al cine de verano Candelaria (donde  ahora está la entrada del Parque Amate), allí mi padre era encargado del ambigú. Durante ese tiempo conocimos mi familia y yo a don Andrés Quijano que pasaba casi todos los días por la puerta de casa hacia el Club Canal, para atender a los chicos que por allí acudían; él me hablaba de Altair con mucho cariño, al igual que un compañero que trabajaba de botones en otra tienda de la Plaza Nueva. Me hablaban de Altair, pero a pesar de vivir tan cerca, no conocía el colegio. Un día accedí a ir a Altair para asistir a una charla que daba don Andrés. Desde ese día de 1974 me quedé prendado de Altair y del ambiente que allí se respiraba. Mi familia padres y hermanos también frecuentaban en algunas fiestas el colegio, fiestas de Navidad y fin de curso al menos, en aquel años el director se llamaba don Miguel Ferré que poco después se fue a comenzar una Universidad en Perú y al poco llegó don Antonio Gutiérrez.

Al principio, comencé jugando al voleibol que nos entrenaba Antonio Nuevo, y José Miguel González era uno de los jugadores, algunos compañeros con el paso de los años fueron seleccionados para la selección Nacional, el campo se encontraba en lo que ahora es el Módulo de Electricidad. También asistía a algunas clases de formación que nos daba en aquel entonces José Manuel Núñez, siempre eran a las 11 de la noche, puesto que los chavales que acudíamos o trabajábamos hasta las tantas o los que estudiaban nocturno.

Al curso siguiente me matriculé en Restauración de Obras de Arte, en la que teníamos un equipo de profesores de gran altura como Ricardo Comas, profesor de Bellas Artes, José Rodríguez Rivero, restaurador del Museo de Bellas Artes, don Miguel Tapia y don Antonio Sayago entre otros, era un poco duro salir de trabajar a las 6 de la tarde y correr para poder llegar a las 7 a clase hasta las 11 y después de esas horas acudíamos a un Club que había al lado del Colegio se llamaba Targa y en el aprendíamos muchas cosas, educación elemental, virtudes, formación cristiana y muchas más, y lo pasábamos en grande.

En ese tiempo ya empecé a colaborar con Altair en muchas cosas, cobraba los recibos que se pagaban en casa de los colaboradores de lo que hoy es la Fundación Altair, algunos días tenía que hacer recorridos muy largos, incluso a San Jerónimo, también colaboré durante muchos años en la Escuela Deportiva, donde en esos años había una actividad frenética, eran las 11 de la noche y había un ambientazo por el Colegio, el equipo sénior disputó el Campeonato de España, el juvenil en Liga Nacional, los cadetes, infantiles y alevines en la máximas categoría regionales, había baloncesto, balonmano, atletismo, béisbol y mantenimiento físico de adultos, entre otras cosas.

Desde hace casi 30 años, soy el Presidente del Comité de Empresa de Altair, cosa que me ha servido y me sirve, para aprender en primer lugar de todos mis compañeros que como yo representamos a todos los trabajadores de Altair, en estos años se ha conseguido mejorar las condiciones laborales de todos, en la medida en la que nos ha sido posible, lo peor de todo fue el verano de 2013 cuando nos quitaron los conciertos y hubo que despedir algún compañero, fueron unos meses de verano en los que sufrimos pero al final nuestra lucha y movilización dieron sus frutos.

En todos estos años he conocido a miles de personas que han pasado por Altair, y es muy gratificante encontrarte por la calle a tantos y tantos que te saludan con el cariño de siempre, muchos se quedan sorprendidos cuando les llamo por sus nombres, piensan que el transcurrir de los años se olvida, pues a mí me es fácil recordar muchos de esos nombres.

Ahora ya han pasado los años y las actividades con los más jóvenes se quedan para otros, pero hacemos muchas cosas para los mayores, tenemos la Asociación Amigos Rocieros de Torreciudad, el coro, la Romería al Rocío y a Torreciudad cada año y muchas más.

Cuando uno mira para atrás ve cuantas cosas se han hecho en Altair y cuanto bien se ha sembrado en tantas personas, todos debemos agradecer, yo el primero, estos 50 años de servicio a nuestro entorno, y por qué no decirlo, tantas alegrías vividas y tantos sinsabores llevados con garbo.