LA ARQUITECTURA DE ALTAIR REFERENTE DE SOLUCIONES SALUDABLES

Estos meses se está hablando de la higiene de las escuelas y de la ventilación natural de las aulas. Viene a cuento recordar la aparición, en los años veinte del pasado siglo, de un movimiento arquitectónico y educativo de carácter higienista conocido como “Escuelas al aire libre” que pretendía combatir los efectos de las graves enfermedades infecciosas que asolaron a Europa de entreguerras. Dicho movimiento estuvo encuadrado en el movimiento racionalista o internacional

Open Air School, Amsterdam, Netherlands, 1927, de Jan Duiker,

Las “Escuelas al aire libre” eran instituciones educativas especialmente diseñadas y construidas en el concepto de que el aire fresco, buena ventilación y la exposición al exterior contribuían a una mejor salud. Las escuelas fueron construidas en su mayoría en zonas alejadas de los centros urbanos, para proporcionar un espacio libre de la contaminación y el hacinamiento.

Ecole de plein air à Suresnes, exterior

Arquitectos como Le Corbusier desarrollaron estos ideales que defendían los siguientes planteamientos: Toma de conciencia sobre la importancia que tiene la arquitectura para el bienestar humano; Deseo de hacer llegar a ese bienestar a todas las capas o estratos de la población, pero no con una arquitectura hecha a medida; Arquitectura asequible e higiénica para todos siguiendo el estilo racionalista; Solución de plantas y articulación de espacios de modo que las habitaciones queden bien ventiladas y soleadas. Simplicidad de líneas y supresión de elementos superfluos; Recurrir a elementos estructurales funcionales.

Altair, Edificio nuevo recién construido

El Edificio Nuevo de Altair es un ejemplo pionero en cuanto a soluciones saludables de las aulas. Efectivamente, desde el principio fue todo un referente de la arquitectura funcionalista; incluso actualmente se trata de un exponente casi único de estas tendencias en nuestro entorno inmediato. Es un edificio moderno de tendencia funcionalista, basado en la adecuada adaptación de las formas constructivas a la función que desarrolla: la educativa. La estructura de la planta en tres brazos impide la interferencia entre aulas; y los corredores al aire de conexión entre estas, facilitan la independencia de los movimientos. El hormigón visto con huellas del encofrado de madera, los desagües sin camuflar y pintados de rojo, el colorido –hoy perdido– de los paramentos externos de las aulas, a la vista desde fuera en las galerías abiertas, etc. El interior viene definido por la solidez y la resistencia de la obra, en la que las formas curvas suavizan la dureza de los materiales.

Altair, Edificio nuevo en la actualidad

Como decía José María Prieto, primer director de Altair, en 1970, «es un edificio sobrio, muy ventilado, funcional, en el que se ha prescindido de lo superfluo. Se ha estudiado muy bien la luz, está bien orientado. El sistema de parasoles es de gran eficacia. Las galerías al aire se protegen de la lluvia mediante resaltes en las fachadas». Es un edificio que seguía las ideas de Le Corbusier en cuanto a la iluminación y ventilación de las aulas, a fin de crear ambientes sanos y abiertos al aire libre. Todo ello coadyuvado por la armoniosa distribución de los edificios, los cuidados jardines, la frondosidad de la vegetación, el frescor de la hierba y los espacios deportivos excepcionalmente amplios, crean la imagen visual de un verdadero ecosistema arquitectónico-natural-deportivo-educativo y saludable.

Cfr. Luis Augusto Pascual Matarredona, “Altair, medio siglo con sus barrios [un compromiso social]”, Fundación Altair, Sevilla, 2017, en https://altairmediosiglo.wordpress.com/proyectos-que-se-cumplen/el-edificio-nuevo/.

Altair ha sido un milagro desde su primer día

Entrevista que ABC Sevilla hizo a Luis Augusto Pascual, autor del libro «Altair, medio siglo con sus barrios [un compromiso social]».

La fotografía de 1967 se comenta por sí misma: provisionalidad, barro… y grandes deseos de promocionarse; son los últimos años sesenta; el que no los vivió… (Archivo histórico de Altair).

El colegio Altair  de Sevilla (España) ha sido un milagro desde su primer día, cuando se abrió en un descampado, antiguo olivar y pasto de vacas. Los primeros alumnos de Altair –y especialmente sus familias– fueron protagonistas de una aventura, que ahora cumple 50 años. El libro recorre la historia del centro desde su creación en 1967. Durante estos años han pasado por Altair más de 12.000 alumnos y sus correspondientes familias, más de seiscientos educadores, entre profesores y personal no docente.

Cincuenta años en 195 páginas…

No es fácil resumir la actividad de un centro educativo a lo largo de cincuenta años en tan pocas páginas. A lo largo de medio siglo y con el transcurso de varias leyes generales de educación, enseñanzas e iniciativas pedagógicas han pasado por Altair más de 12.000 alumnos y sus correspondientes familias, más de quinientos educadores, entre profesores y personal no docente. Necesariamente se dejan de lado miles de historia y anécdotas de padres profesores y alumnos que podrían ser el corazón del relato; muchas de ellas se inscriben en él, pero otras muchísimas han quedado al lado forzosamente.

¿Cuál es el origen de este libro?

En un principio la idea surgió en formato de blog en el que fui divulgando la evolución geográfica de los barrios del entorno de Altair a lo largo del siglo XX, a través de la fotografía aérea publicada en la Gerencia Municipal de Urbanismo. Esta realidad ponía a la vista la vinculación temporal y vecinal de estos barrios con Altair. Luego, gracias a la investigación y consulta en las hemerotecas pude comprobar que la relación entre los barrios y Altair era algo más que casual o territorial. Había una relación causa efecto. Había una atracción mutua. Ese fue el comienzo y el sentido del título y del contenido del libro.

¿El emplazamiento no es casual?

Orofotografía del territorio de Altair en 1967, con la carretera de Málaga al norte, el arroyo Tamarguillo al oeste, la avenida de Hytasa al sur y el canal del Ranilla al este. En el centro de la fotografía, Altair es un punto diminuto entre los barrios y un extenso terreno agrícola, aún sin urbanizar.

El emplazamiento de Altair en la periferia extrema del este de Sevilla no fue casual. Altair nació para resolver los graves problemas y deficiencias educativas de una amplia zona de la de la periferia urbana de la ciudad, una de las áreas más desfavorecidas de la Sevilla de los años sesenta, en el extremo oriental de la ciudad. Ya en el decreto del BOE de julio de 1967 se estipulaba que Altair se establecerá en la zona de los barrios circundantes de La Plata, La Candelaria, barriada de Juan XXIII, Santa Teresa, Amate y Cerro del Águila… El territorio buscado por Altair y asignado por el ministerio arrancaba una vez traspasada la frontera del Tamarguillo y tenía su confín en el extremo este del término municipal. Al sur, el límite lo establecía la actual avenida de Hytasa; y al norte, la carretera de Málaga. En su mayor parte, basta ver la fotografía aérea de la época, un territorio rural ocupado fundamentalmente por fincas agrícolas y vaquerías.

¿Cuáles son los «barrios de Altair»?

Altair se situó al alcance de estos barrios, en este entorno tan extenso en el que no había ningún instituto público y escasos colegios nacionales. Desde el primer momento llegaron a Altair alumnos de todos aquellos barrios periféricos. Los barrios de Altair, como la Plata o San Ginés eran barrios de aluvión migratorio de dentro de la ciudad, de la provincia y de Andalucía, barrios de autoconstrucción e infravivienda. Incluso, Juan XXIII, un barrio modélico, fue planteado inicialmente como barriada de acogida de habitantes de los viejos corrales desahuciados del centro o para los expulsados de las zonas arrasados por la inundación de 1961. No menos humilde era el gran barrio del Cerro del Águila. El mismo carácter tenían los barrios de Santa Teresa o las unifamiliares de Amate. Y más lejos, aunque también en ellos era visto Altair como la única solución educativa a su alcance, estaban los barrios de La Candelaria, Los Pajaritos o Madre de Dios. Al otro lado de Su Eminencia, nacían entonces los barrios de Palmete: San José, La Negrilla. La Doctora o Padre Pío. Más tarde aunque también barrios clásicos de Altair han sido Rochelambert, La Atalaya y el Trébol, García Lorca, Santa Aurelia. Durante décadas, estos barrios no tuvieron más referente educativo que Altair. Todos ellos y especialmente los más cercanos siguen siendo barrios de Altair. Con el tiempo, con la construcción de los barrios más próximos y la creación de los institutos públicos de la zona, el territorio de Altair se reconcentró en las barriadas más inmediatas.

¿Han cambiado mucho los barrios en estos cincuenta años?

Alumnos de bachillerato el día de su graduación Archivo histórico de Altair).

Cuando hablo del «milagro de Altair» pienso también en lo que se vino a llamar en los años setenta: el «milagro español». No cabe duda que en este medio siglo los barrios de Altair han cambiado; y sus habitantes han progresado al compás del paso de tres generaciones, al mismo tiempo que la sociedad y la ciudad de Sevilla. Altair ha cambiado en la medida en que han cambiado sus barrios; y también las familias han prosperado, en parte gracias la influencia educativa del Altair. Y por la labor docente de Altair, los alumnos y vecinos del barrio han podido acceder a niveles educativos que no hubieran soñado en años, aspirando a horizontes profesionales insospechados. Y así, muchos de nuestros alumnos partiendo de una modesta situación familiar y social han podido alcanzar cotas profesionales y personales insólitas.

¿Por qué el subtítulo de «un compromiso social»?

Javier Delgado con José Antonio de Cote y la Llave del Condado de Miami (USA) que ofreció a Altair como el mejor sitio para exponerla en agradecimiento a la formación que recibió (Archivo Histórico de Altair).

No ha sido un capricho. Altair, antes por vocación que por decreto ministerial, vino a atender las necesidades educativas de esa amplia zona oriental de la periferia de Sevilla. Altair ha sentido como un compromiso la educación de las familias de su entorno: de las familias, porque para Altair son los padres los primeros protagonistas de la educación de sus hijos; y desde el primer día los padres han sido partícipes de la preocupación y de la acción educativa de los hijos. El compromiso de Altair con la sociedad es con las familias; y gracias a este esfuerzo educativo, cuando salen de Altair cada uno de los alumnos lleva a la sociedad en la que vive, trabaja y hace su propia vida familiar toda la formación recibida en Altair.

A lo largo de estos cincuenta años, el compromiso social de Altair fue reiteradamente reconocido por los sevillanos. Este hecho vino refrendado en numerosos artículos de prensa que vienen recogidos en el libro. Los titulares de los periódicos, tanto sevillanos como nacionales, son inequívocos; y, por ende, los contenidos reflejan claramente esta forma de entender la educación al servicio de las familias de las barriadas obreras de su entorno.

¿También ha sido testigo de «la promoción de las gentes del barrio»?

Sin duda alguna. No sólo yo, sino cualquiera de los profesores de los primeros años, hemos conocido alumnos y familias humildísimas. Los hemos visto progresar a ellos y a sus padres y a sus hijos. Y no es mérito de Altair, es fruto del esfuerzo de todas esas familias que veían en Altair el medio para alcanzar una educación que no se les ofrecía fuera de él. Pero, aunque Altair habrá contribuido forzosamente a la elevación del nivel de vida de su entorno, esa no era ni es su misión inmediata. Sino que, el compromiso de Altair se ha concretado en situar a cada persona, a cada alumno, en condiciones de desarrollar todas sus virtualidades, para más tarde desenvolverse en su mundo sociolaboral a través de la formación que Altair imprime.

Adrián San Miguel, antiguo alumno de Altair, portero del Real Betis y de la Selección Nacional (Archivo histórico de Altair).

Así, Altair ha hecho posible el acceso a la Universidad –núcleo directivo de la sociedad– a muchos de sus alumnos, en su gran mayoría hijos de las familias de este barrio, que ya se cuentan por miles. Innumerables son los profesionales que ha dado Altair a lo largo de estos años: desde un embajador del Reino de España o un árbitro internacional a decanos, catedráticos y profesores universitarios o de institutos y colegios; médicos cardiólogos, hematólogos, cirujanos, traumatólogos; investigadores, arquitectos, ingenieros: abogados y fiscales; periodistas y directores de medios de comunicación; funcionarios de todas las administraciones, policías, bomberos, concejales y alcaldes; dependientes, comerciales y directivos en empresas pequeñas o grandes, emprendedores o empresarios en empresas punteras, públicas y privadas; taxistas, conductores de autobuses; futbolistas de todas las divisiones, entrenadores y árbitros, toreros; mecánicos, administrativos, técnicos analistas de laboratorio, especialistas en electricidad, electrónica o informática, etc. Son miríadas de especialistas, profesionales anónimos repartidos por todos los ámbitos laborales y profesiones. Es un hecho palpable: un ingente número de alumnos de Altair, miles de profesionales, han ido conformando la sociedad sevillana y española

¿Cuáles han sido las mayores dificultades por las que ha pasado durante todos estos años en el colegio?

El compromiso social de Altair fue reiteradamente reconocido por los sevillanos. Este hecho vino recogido en numerosos artículos periodísticos (Infografía de Luis Augusto Pascual).

No soy yo quién para analizar esto. Gracias a Dios no he tenido responsabilidades de dirección. Pero basta leer los periódicos para comprenderlo. Durante los primeros años –e incluso hasta nuestros días– sin duda alguna, las grandes dificultades fueron económicas y se saldaron gracias a la colaboración de muchas personas que vieron en este proyecto una solución a las necesidades educativas del barrio. Hoy parece que las dificultades son más bien políticas e ideológicas: la falta de comprensión de algunos políticos acerca del ideario educativo de Altair.

Desde las primeras elecciones políticas, allá por 1977, cuando yo empecé en Altair, los barrios que llamamos de Altair, votan mayoritariamente a opciones que se consideran de izquierdas. Los habitantes de los barrios de Altair, podría pensarse que coinciden con las ideas educativas de sus políticos. Pero curiosamente, lo que los políticos no entienden lo comprenden perfectamente las familias del barrio que no dejan de confiar a sus hijos a Altair. A pesar de las dificultades, los padres y las madres de Altair están dando una lección de sentido común a sus dirigentes políticos.

Pablo y Miguel Ángel son ejemplos de la excelencia educativa lograda por alumnos de los barrios más necesitados de Sevilla (Archivo histórico de Altair).

En el jardín de entrada se ha puesto recientemente una escultura compuesta por tres lápices de colores primarios que puede representar cuál es la razón del éxito de Altair. En la trilogía de padres, profesores y alumnos, los primeros educadores son los padres, después los profesionales de la educación y en tercer lugar los alumnos. La clave del ideario educativo de Altair está en que se pone la razón de la educación en los padres. El padre y la madre, por naturaleza son los legítimos y verdaderos educadores de sus hijos. El éxito de Altair está en que las familias confían en el estilo educativo que ven en Altair y que los pone a ellos como principio de la educación. Los padres y madres de Altair saben que sólo su coherencia y unidad de vida con lo que sus hijos viven en Altair hará que la educación llegue a buen puerto. Y por eso eligen Altair. No por los éxitos académicos, los campos de deporte o por los jardines o el cuidado de los edificios.

Muchos proyectos cumplidos…

La hemeroteca de Altair es riquísima en acontecimientos que demuestran el prestigio y la validez del proyecto que planteó Altair a la sociedad sevillana hace medio siglo. Y todo ello en un entorno urbano y social deprimido y lleno de carencias. Desde los primerísimos años Altair destacó por las menciones y premios académicos, artísticos y deportivos de sus alumnos. Quizá sea la palabra “pundonor” la que mejor defina a los alumnos y sus familias de aquellos primeros años.

Además de los naturales proyectos puramente educativos como han sido las enseñanzas oficiales, Altair ha sido pionero y modelo en muchos campos educativos, incluso extraacadémicos: la Escuela Deportiva, primera escuela infantil de fútbol de Sevilla, y con seguridad de Andalucía, además de una de las primeras de España; la Escuela de Empresarios, cuyos cursos de formación empresarial vinieron a ser la prehistoria del Instituto San Telmo Business School; la Escuela de Padres que estimula el afán de formación permanente como padres de familia y ayuda en su responsabilidad como educadores de sus hijos.

Altair ha sido un milagro desde el primer día (Archivo histórico de Altair).

¿Con qué experiencias se queda de todos estos años?

Me es imposible destacar alguna. Quizá sea la constante presencia de antiguos alumnos que no faltan a las reuniones y convocatorias, y los buenos recuerdos que aportan y que siempre son gratificantes para un profesor. Y más aún, ver llegar a nuevas promociones de alumnos que son hijos e incluso nietos de aquellos primeros alumnos. Eso indica que algo hacemos bien.

¿Por qué el Altair actual es un «milagro»?

Ya comentaba antes que no pienso tanto en hechos portentosos cuando hablo del milagro de Altair como en el día a día: son esos 3.600 segundos de cada clase lo que son un verdadero milagro que no pasará a la hagiografía.

Pero el milagro de Altair no es actual. Altair ha sido un milagro desde su primer día cuando se abrió en un descampado, antiguo olivar y pasto de vacas. Los primeros alumnos de Altair –y especialmente sus familias– fueron protagonistas de una aventura. Matricularse en aquel septiembre de 1967 fue un acto de fe y de audacia: ¡tal era su afán de progresar! Y Altair no los decepcionó. Ese fue el inicio del milagro que tiene hoy continuidad en el Altair que vemos: un verdadero oasis educativo y familiar

Escuela también para padres

Como dice Luis Augusto Pascual, «Altair de acuerdo a ese principio aprendido de san Josemaría entiende que los padres son los primeros educadores y que han de ver en el centro una prolongación de la familia. San Josemaría solía, en efecto, afirmar: «En el colegio hay tres cosas importantes: lo primero, los padres; lo segundo, los profesores; lo tercero, los alumnos». Estas palabras impregnan desde sus inicios el estilo educativo de Altair», dice. «Los padres son insustituibles en la tarea de educar a sus hijos. Nadie puede suplantar su papel: ni los amigos, ni la sociedad, ni la escuela. Pueden delegar algunas funciones, pero siempre serán ellos los primeros y principales educadores. El niño, el joven, necesita a sus padres, igual que los padres le necesitan a él. De ahí la necesaria colaboración de los padres en el proyecto educativo de Altair», añade.

Ya desde sus comienzos Altair mostró interés en la formación de los padres como algo inherente a su estilo educativo. «En 1968, un grupo de matrimonios comenzaron, alentados por san Josemaría Escrivá, a reunirse para buscar soluciones a su vida familiar, para aprender a educar. Ciertamente, la importancia de los padres en la tarea educativa ha sido siempre algo sustantivo y característico de Altair. Por eso se impulsó desde un primer momento la presencia y la colaboración de las familias», concluye.

José Manuel Núñez

Entrevista a José Manuel Núñez en el Boletín de Altair de septiembre de 1998, cuando cumplía veinticinco años como profesor en Altair.

Don José Manuel Núñez nació en Huelva. Estudió Ingeniería Técnica de Minas en la especialidad de Combustibles y Explosivos. Su primer trabajo como titulado se desarrolló en el proyecto de Cerro Colorado, en Riotinto. Ejerció como secretario del colegio residencial Alcalde Zúñiga para estudiantes foráneos de ingeniería. Por aquello de que a los técnicos les tira el mundo de la industria, aceptó una propuesta de Dragados y Construcciones para encargarse del departamento de programación y costes de la factoría de Sagunto. Durante su estancia en Valencia le propusieron, desde Altair, la posibilidad de trabajar en la implantación de lo Formación Profesional, aceptó muy complacidamente y aquí está desde entonces. Estos veinticinco años han dado para mucho: ha visto nacer y crecer algunas de las enseñanzas y casi todos los edificios, durante muchos años estuvo a cargo de la dirección de Formación Profesional, también ha compatibilizado su trabajo en Altair con los estudios para la licenciatura en Filosofía y Ciencias de la Educación, fueron –según nos ha comentado– cinco años un poco duros. En la actualidad importe algunas clases y se encargo de la dirección docente.

¿Cómo han afectado a Altair los nuevos cambios en el panorama educativo español? ¿Qué objetivos a corto y a largo plazo tiene en mente?

Si se refiere a la implantación de la reforma educativa que prescribe la LOGSE, estamos un poco saturados por cuanto a la gestión ordinaria del Centro, con el trabajo que tal tarea comporta, hay que añadir el gran esfuerzo que, desde todas las instancias, es necesario hacer paro poner en marcha las nuevas enseñanzas. Respecto de objetivos personales, en Altair el gobierno es colegial en todos sus niveles y por tanto no se trata de perseguir objetivos elegidos de forma unilateral sino de poner todo el empeño en cumplir lo mejor posible aquellos que, de manera colegial –reitero–, han sido marcados para cada uno de los directivos, profesores, personal de administración y servicios, y alumnos.

Las circunstancias actuales demandan alumnos motivados y con ideales. ¿Ante este reto, cómo responde Altair?

Efectivamente, la motivación es algo fundamental en las actuales circunstancias, dado que la idea que se nos sirve de forma reiterada –desde los medios de comunicación y desde todo el entramado social–, es la de conseguir los cosas sin esfuerzo personal, y ello es imposible. Lo que vale cuesta. En este tema, como en todos, es imprescindible la colaboración de los padres. La labor de motivar al alumno, en lo que a Altair se refiere, tiene su principal protagonista en el profesor, que debe ser un continuo impulsor del trabajo de sus alumnos, porque lo verdaderamente importante es el esfuerzo que ponga el propio alumno. También el preceptor, como encargado de su orientación personal, tiene un importante papel que desempeñar en cuanto a abrirles horizontes amplios que le ilusionen. A nivel más general, los departamentos se ocupan de promover actividades en esa dirección.

¿Cómo es el profesorado de Altair? ¿Dedican tiempo para la investigación?

El profesorado del Centro tiene una gran profesionalidad y dedica bastantes horas. Ya, por definición, el profesor de un centro privado tiene más horas de clase y por tanto lo queda menos tiempo para dedicar a otras tareas que son tan importantes como impartir las horas lectivas. Así y todo, saben sacar tiempo para ponerse al día, organizar actividades extras, editar apuntes, presentar trabajos –por los que nos han concedido importantes premios– e incluso escribir libros, dar conferencias o investigar.

¿Qué considera más importante en la formación del alumno?

Pienso que es fundamental el crecimiento del alumno como persona, hoy en día en muchos ambientes está en vigor el “tanto tienes, tanto vales”, y eso habría que sustituirlo por el “tanto eres, tanto vales”; no es lo que se posee lo que da el incremento sino lo que se es internamente y ello implica una educación en valores, o sea educación en las virtudes humanas. Si uno repasa los biografías de la gente con las que uno convive a diario, observará –sin gran esfuerzo– que la felicidad no se sustenta en un buen coche o en un gran chalet, ni siquiera en un extraordinario móvil telefónico. La felicidad tiene otros claves que hay que ayudar al alumno a descubrir.

¿Qué señas de identidad caracterizan a Altair como centro educativo?

En esta cuestión que me planteo, pienso que lo mejor es acudir al Carácter Propio del Centro, que como sabrá, es el documento en donde se recogen los planteamientos generales o principios en que debe inspirarse todo la labor de un centro educativo. En nuestro Carácter Propio podemos leer que Altair ofrece a sus alumnos una educación integral de calidad en un clima de libertad y responsabilidad personales. No se entiende la libertad sin su reverso de responsabilidad, libertad y responsabilidad conforman un binomio inseparable. En el mencionado documento también nos encontramos con que la formación humanística y cultural que se pretende dar al alumno se basa en una concepción trascendente del hombre y de la historia. Otros aspectos son la educación en la solidaridad, el espíritu de servicio a los demás, la exigencia del esfuerzo para lograr la perfección en el propio trabajo, etc.[1].

 

[1] “Don José Manuel Núñez”, en Boletín de Altair, 30 años, septiembre de 1998.

Luis Medina Cantalejo

Entrevista a Luis Medina Cantalejo, ex árbitro internacional y antiguo alumno de Altair

Fue noticia hace breves fechas por el justo reconocimiento de la Diputación de Sevilla, que tuvo a bien otorgarle la Medalla de Oro de la Provincia, “por toda una década de impecable trayectoria profesional en una dedicación siempre cuestionada, como es la del árbitro”. Luis Medina Cantalejo se despidió en la temporada 2008/2009 del mundo del arbitraje, y lo hizo por todo lo alto. Además de pitar la Final de la Copa de S.M. El Rey, disputada entre el FC Barcelona y el Athletic Club de Bilbao, Medina arbitró la Final de la UEFA Cup 2009, el 20 de mayo de ese año en Estambul, entre el Shaktar Donetsk ucraniano y el Werder Bremen alemán.

Luis Medina Cantalejo en Altair: “Altair me aportó para la vida, principalmente, un gran sentido de la responsabilidad”

Antes de nada, enhorabuena por el reconocimiento recibido por parte de la Diputación de Sevilla. ¿Recuerda su etapa de estudiante en Altair?

Mucho, sin duda. Como estudiante, entré a finales de los 70 en 1º BUP, y finalicé en 1982 con el ya desaparecido COU. Tengo recuerdos imborrables desde la convivencia en Almodóvar del Río hasta mi marcha, momento en el que entraron mis dos hermanos. La EGB la estudié en un colegio cerca de mi barrio de toda la vida, Híspalis, al lado del Cerro del Águila.

¿Cuál fue el motivo principal de su entrada en Altair?

Miguel Luque y Luis Medina

Sinceramente, yo quería estudiar en el Instituto Martínez Montañés, ya que todos mis amigos del colegio se inscribieron allí. Sin embargo, mi padre era amigo del director de Altair de aquella época y ni me consultó. Lo tenía claro. Además, yo ya jugaba en la Escuela Deportiva desde Infantil, con el gran Miguel Luque, por lo que no me costó mucho la entrada en el colegio.

Tras el paso de los años, ¿qué valores cree que le aportó Altair?

Principalmente, sentido de la responsabilidad. Nunca olvidaré que nos apretaban mucho para sacar lo mejor de nosotros. Teníamos hasta exámenes en Feria. En cuanto a la EDA, fundamentalmente, el sacrificio. Y además de los valores, Altair me aportó ejemplos a seguir, con los magníficos profesores que tuve, y amigos para toda la vida.

Sé que es una pregunta difícil, pero, ¿qué profesores le marcaron más?

Muchos, la verdad. Recuerdo a D. Eduardo Mena, D. Luis Augusto Pascual, D. Eduardo Gentil, D. Aurelio Gutiérrez, D. Vicente Rodríguez, D. Mariano Hernández Barahona, D. Manuel Durán… Sé que alguno se me puede olvidar. Yo era buen estudiante y me llevaba bastante bien con todos. De hecho, me pasaba casi el día entero aquí, solo me faltaba dormir. De las clases a la EDA y de ahí a estudiar. Pero ahora echo la vista atrás y solo me vienen buenos momentos, por eso siempre es una alegría para mí entrar en este colegio, solo con verlo esbozo una sonrisa.

¿Mantiene contacto con sus profesores o compañeros de promoción?

Con mis compañeros sigo manteniendo contacto a través de un grupo de What’sApp, solemos quedar para almorzar de vez en cuando, sobre todo en Navidad, y nos acordamos de las clases, de los profesores, anécdotas o excursiones.

¿Cuál es la anécdota que recuerda con más cariño?

Luis Augusto Pascual, Vicente Rodríguez y Mariano Hernández-Barahona.

Fue algo que me ocurrió en clase. D. Luis Augusto nos daba una de sus lecciones de Historia o Geografía. Era la época en la que se dejó una poblada barba. Desde dentro del aula, vi a un profesor que daba saltos para mirar por la ventanilla desde fuera. Se llamaba José María, y también tenía barba, aunque era bastante más bajito que D. Luis Augusto. Como me quedé un rato observándolo, D. Luis Augusto me preguntó: “¿Y tú qué estás mirando?”. A lo que le respondí: “Es que su hijo está ahí fuera dando saltitos”. Evidentemente, mi comentario conllevó al jolgorio general, pero también supuso una carta para mis padres, una falta de comportamiento y la expulsión automática de la clase. Desde entonces, me quedé más tieso que una vela. Aunque mis compañeros de promoción siguen recordándome la anécdota.

¿Cómo definiría la relación de Altair y el deporte?

Por lo que tengo entendido, fundamental desde sus inicios. De hecho, en mi época de jugador, la EDA era la única escuela deportiva en Sevilla. Había equipos de menores de 18 años, como el del Portaceli, Salesianos o Colspe, pero no una escuela como esta, con niños desde los 5 o 6 años hasta los 17-18. El único modelo similar era el de los dos clubes sevillanos, Betis y Sevilla.

Año 2005, 25 aniversario de la promoción de 1981-82

Además, como indiqué anteriormente, yo entré en el equipo Infantil de la EDA y me marché ya en juveniles. Solía jugar de delantero y fui máximo goleador durante muchos años. Tuve entrenadores como Miguel Luque, José Emilio del Pino, Quino Navarro o Paco López (actual director de Formación en la Federación Andaluza de Fútbol). Mi base física se forjó sin duda aquí, con entrenamientos muy duros. Empezábamos a finales de verano. No hay que olvidar que de la EDA han salido jugadores profesionales como Francisco, Adrián o Tevenet.

Tras destacar como delantero, como vemos, ¿qué le motivó a incorporarse al mundo arbitral?

El último año de juvenil fui convocado por la Federación Sevillana de Fútbol, y fuimos campeones de Andalucía. Aparecieron equipos interesados en mí, incluso para irme fuera de Sevilla, pero mi padre, que fue árbitro profesional, quería que siguiese la tradición. Por dejarle tranquilo, probé, y fíjate, 26 años en activo y ahora 9 ya en la dirección técnica de la Federación Española de Fútbol. Los principios fueron duros, entre Regional y Preferente, pero un grupo de amigos que pude reunir en este mundo arbitral me ayudó mucho.

¿Cómo fue su evolución?

Tras esos años en las categorías inferiores, me fueron ascendiendo hasta llegar a la primera división con 33 años, si no mal recuerdo en 1998. Debuté en un Real Sociedad-Real Oviedo. Tras tres años, me convertí en internacional. Todo fue muy bien, tras unos exámenes selectivos en Mónaco. Me seleccionaron para el Europeo sub 21. Pité el partido inaugural y la final, lo hice muy bien y entré ya en la Top Class (encuentros de Champions, UEFA y selecciones). Tras el Mundial sub 20, el colofón fue asistir al Mundial 2006, en Alemania, donde pité cuatro partidos y estuve de cuarto árbitro en la final. De los colegiados españoles que han estado en un Mundial (Díaz Vega, López Nieto, Velasco Carballo, y ahora en Rusia Mateu Lahoz), el que más partidos ha dirigido soy yo: Alemania-Polonia, Argentina-Holanda, Italia-Australia y Brasil-Francia, en cuartos. Todos pensaban, incluso, que pitaría la final entre Francia e Italia, pero prefirieron un árbitro americano como el argentino Horacio Elizondo.

Y en esa final, el famoso cabezazo de Zidane a Materazzi…

Yo estaba sentado en mi posición de cuarto árbitro y lo vi clarísimo. Como ya teníamos intercomunicador, se lo dije al árbitro principal, Elizondo, que evidentemente no se percató porque la jugada estaba en otro lado. Solo lo vio Buffon desde su portería, justo detrás y cerca de la acción, por eso salió corriendo a protestar. Desde entonces, parece que no he hecho otra cosa en mi vida… Y eso que he arbitrado en un Mundial, partidos de Champions, finales de Copa y Supercopa, etc.

Entonces, ¿se lo siguen recordando mucho en el mundo del fútbol?

Sí, pero sobre todo desde un punto de vista humorístico. Por mi trabajo en la FEF, me encuentro a muchos jugadores de entonces, como Roberto Carlos, Carboni, Raúl, Pujol o Hierro, y siempre nos damos un abrazo con cariño y recordamos esas anécdotas en el terreno de juego. Aunque yo nunca he concebido la amistad con los jugadores, todos me dicen que tienen un grato recuerdo mío. Con el paso del tiempo, cada vez te recuerda menos gente, eso sí.

¿Cuál es su función en la dirección técnica del comité técnico de árbitros de la FEF?

En primera instancia, yo soy técnico en la Consejería de Hacienda de la Junta de Andalucía, pero no quería perder el vínculo con el arbitraje, de ahí que entrara en este comité. Mi función en la dirección técnica es hacer un seguimiento de la profesión desde 2ª B a 1ª. Hacemos un informe de la actuación del árbitro y hablamos con él para aconsejarlo. Esta misma función también la llevo a cabo para algunos partidos de UEFA o FIFA, siempre que mi trabajo y mi familia me lo permiten. Ahora con el cambio de presidente en la FEF se va a producir una reestructuración de los comités, pero lo más probable es que los cambios afecten más a los cargos directivos, por eso se habla de la llegada de Carlos Velasco Carballo.

¿Qué diferencias ve entre el fútbol actual y el de su época como árbitro?

De hace quince años a hoy, profesionalización absoluta y el hecho de que todos los partidos sean televisados. Además, la velocidad del juego ha crecido una barbaridad, y el futbolista es todo un atleta. Solo hay que observar y comparar con las ligas sudamericanas o las de menor nivel del resto de Europa. También está entrando la tecnología, como el VAR, que ya veremos con rotundidad en este Mundial de Rusia y en la próxima temporada de nuestra Liga.

¿Qué opinión le merece el VAR?

No es opinable, es una demanda de la sociedad. Es lo que hay, como cuando en las oficinas entraron los ordenadores. En cierto tiempo veremos los resultados. Lo fundamental es que, tras consultar, la decisión sea siempre la correcta, si no la controversia seguirá. De todas formas, solo se visualizarán las jugadas muy claras, nada de grises. Y no hay que olvidar que el ojo de halcón no está incorporado, ya que conlleva otra técnica de cámaras y chips.

El VAR, por tanto, está preparado para penaltis, pitados o no pitados, goles anulados o concedidos en fuera de juego, agresiones fuera del campo visual del árbitro o errores en la amonestación a un jugador. Quizá en un futuro se cambiarán o añadirán cosas. Por supuesto, el público no podrá ver por los videomarcadores una jugada polémica, algo que me parece lógico. También es buena idea que nadie puede acercarse al árbitro cuando mira en la pantalla para analizar la jugada. Hablamos de dos árbitros y dos técnicos de televisión por partido. El colegiado recibe el comentario para revisar o pide revisar a los técnicos. Eso sí, la consulta y la decisión deben darse lo más rápido posible, para no ralentizar el espectáculo.

En definitiva, hablamos de un sistema de apoyo que evitará los errores garrafales: fueras de juego claros, goles con la mano, expulsiones injustas, penaltis evidentes…

Como sevillano y conocedor de nuestro fútbol, ¿qué experiencia tiene con Betis y Sevilla, Sevilla y Betis?

Evidentemente, nunca les he pitado en competiciones oficiales, pero sí en trofeos como el Carranza o el Colombino, además de un Betis-Sevilla a principios de los 2000 en el Olímpico. Yo no quería dirigirlo, aunque fuera un amistoso, pero todos se pusieron de acuerdo para que lo hiciera. Fue toda una experiencia, con Caparrós y Víctor Fernández en los banquillos. De todas formas, tengo una relación extraordinaria con ambos clubes, de lo que me enorgullezco.

Otra cosa es lo que me han dicho los compañeros de los derbis. Es algo muy especial, para el árbitro también. Yo he pitado hasta varios Barça-Madrid, pero la mayoría me dicen que como se vive aquí, no se vive en ningún lado. Y eso que ahora no son los derbis de antes, con más canteranos que se repartían de lo lindo en el campo, pero después se iban a comer juntos.

¿Cuál ha sido su partido más complicado?

Recuerdo varios Osasuna-Real Madrid, siempre en El Sadar. Hubo uno, tras varios arbitrajes polémicos a Osasuna, con un ambiente súper crispado. Menos mal que no pasó nada y el Madrid ganó la Liga precisamente ese día. A esto siempre hay que añadir los clásicos, donde un error se maximiza una barbaridad. El peor fue el primero en el que Figo volvía al Camp Nou tras irse al Real Madrid. Tuve que parar el partido por los lanzamientos de objetos, que por cierto detallé a la perfección y al final no supuso la clausura del Camp Nou.

¿Y su mayor error?

En mi segundo Barça-Real Madrid, el asistente me cantó un penalti de Roberto Carlos a Van Bommel, que después en televisión se comprobó que no lo fue por apenas tres centímetros. Expulsé a Roberto Carlos y a Guti, en fin… Con el VAR, ese error no se hubiese producido. Fue un fallo grave por ser un clásico, pero como siempre digo el error es consustancial al arbitraje. Sin embargo, como siempre, llovieron los palos desde una parte de la prensa nacional.

¿Sigue practicando deporte?

Ya no juego al fútbol, pero sí hago running y spinning. Además, me encanta ver a mi hijo Luis jugando. A veces, al terminar los partidos, hablo con los chavales que arbitran, para animarlos sobre todo. No hay que olvidar que esto es un juego, nunca entenderé a los padres que insultan a los árbitros o incluso a los jugadores. Esto se lo inculco siempre a mi hijo.

¿Qué le parece la colaboración de sus compañeros en radio o TV deportiva?

Me hicieron ofertas, pero preferí seguir con los míos en la FEF, que me gusta mucho. Mis compañeros lo hacen muy bien en la actualidad, es algo muy interesante. Sé que hay medios que meten mucha presión, pero la mayoría hace muy bien su labor, han desaparecido aquellos ex árbitros que iban a los medios con ciertos remordimientos. Juan Andújar e Iturralde, por ejemplo, son ecuánimes en ese sentido.

Por último, Luis, ¿recomendaría el arbitraje a los alumnos de Altair?

Por supuesto, primero porque haces deporte y vas a conocer amigos para toda la vida. Además, se madura mucho antes y ves una nueva faceta del fútbol. Incluso económicamente, es una profesión interesante. Conoces mundo, aprendes el respeto por el juego, todo esto ayuda mucho en la vida. Yo era una persona de pronto fuerte y el fútbol me ayudó a canalizarlo. Siempre pensaré que un padre o una madre preferirá un hijo deportista que comprende y respeta, siendo árbitro, que un hijo futbolista que insulte o menosprecie, aunque sea un gran goleador. Y evidentemente, en Altair, me enseñaron a respetar, a esforzarme, a que nadie regala nada: trabajo, esfuerzo, sacrificio.

Por ejemplo, tengo amigos, con gran formación y trabajos de alto nivel, que se transforman en otras personas con el fútbol. Algunos de ellos tienen hijos que arbitran, y han cambiado su prisma de visión una barbaridad.

 

 

 

Antonio Gutiérrez

Recuerdo de Antonio Gutiérrez, en Mesa redonda con motivo del Centenario de san Josemaría.

Me incorporé a Altair como profesor en octubre del curso 1972-73. Fui nombrado director al curso siguiente y como tal estuve trabajando hasta junio de 1980. Me encontré con un centro escolar lleno de vida, con un profesorado joven, excelente, formado cuidadosamente en las técnicas educativas, por su primer Director José María Prieto y continuado por su sucesor Miguel Ferré. El trabajo bien hecho, la ilusión por mejorar, la preocupación por los alumnos, el ambiente de libertad y de confianza, el clima de alegría y la conciencia de estar haciendo algo importante, por encima de las limitaciones materiales y las incomodidades, el frío, las corrientes de aire, el barro y las estrecheces económicas, era algo que se palpaba en el ambiente. Por citar a algunos de aquellos pioneros, Eduardo Gentil, el Secretario eficiente y profesor de Matemáticas temido y querido por los alumnos; Juan Parejo y Juan Fabián Delgado, los eficaces y tenaces Jefes de Estudios; Manolo Guillén, nuestro Administrador y Gerente, que hacía equilibrios con las subvenciones que se conseguían y al que costaba mucho sacarle una peseta; Agustín Álvarez, el profesor de Educación Física, que, con muy pocos medios, nos sorprendía cada año con su exhibición deportiva de fin de curso; José Emilio del Pino, el fútbol para los niños como medio formativo y cantera de figuras; don Andrés Quijano, el sacerdote palentino, fumador empedernido, hincha del Atlético de Bilbao, querido por todos; Luis Calvente, el Conserje, que para los pequeños era el director del Colegio, para los padres, el apoyo y el consuelo y para todos, el optimismo, el buen humor y el cariño personificados; Pepe Garrido y Aquilino Polaino, entre otros, prestaron una colaboración entusiasta y de alta calidad en el nocturno. Así podría seguir citando gente que pasaron por Altair, que dejaron en los alumnos y en sus familias lo mejor de sus personas y de su esfuerzo. Para todos ellos, Altair fue algo importante y, ahora, en su recuerdo, sigue siendo algo entrañable.

Luego, en los años sucesivos, se fueron incorporando nuevos valores, hoy ya la solera de Altair, con la misma ilusión y el mismo deseo de hacer un trabajo bien hecho, con visión de futuro, poniendo alto el techo que querían para sus alumnos: Jesús Rodríguez, Pepe Núñez, Miguel González, Vicente Rodríguez, Mariano Hernández- Barahona, Rafa Hidalgo, Juan Suárez y tantos otros.

Altair salió adelante con fe, la que san Josemaría nos transmitía; con esa seguridad que nos daba, cuando nos decía que si hacíamos bien el trabajo, cara a Dios y queriendo de verdad a la gente, los problemas materiales se irían resolviendo. Que “las obras se vienen abajo por falta de espíritu, no por falta de medios”. Que si queríamos un criterio para saber si lo que estábamos haciendo estaba bien o mal, que pensáramos en que “Yo mido el éxito de las labores apostólicas en que mis hijos trabajan, por el grado de santidad que alcanzan los que en ellas intervienen”. A mi me sirvió mucho para darme cuenta de que el sitio más importante de Altair era el oratorio. Por eso, en aquella clase de hormigón de la primera planta, con un sagrario pobre, que a la vez era caja fuerte, íbamos a buscar la fuerza para trabajar, a recobrar el optimismo y el buen humor y, en fin, a enseñar a los alumnos y a los padres donde estaba el secreto de Altair.

Y junto a esto, el santificar el trabajo, es decir, hacerlo bien, cuidar los pequeños detalles materiales, tratar bien a la gente, con espíritu de servicio, para agradar a Dios. Los padres se daban cuenta de que allí había algo distinto; que aquello les parecía tan bueno que pensaban que debía haber otras intenciones y, al principio, desconfiaban. Pero cuando veían que no había trampa ni cartón, que aquello era auténtico; que se quería de verdad a sus hijos; que veían como mejoraban y lo contentos que estaban, entonces, se rendían y se transformaban en entusiastas de Altair y te decían unas cosas tan simpáticas que te reías muchísimo. Sentían como se les atendía y valoraba; como se respetaba su libertad y nunca se les hablaba de política, fuera cual fuera su adscripción política -en aquellos años había muchos extremismos-. Siempre se iba con la verdad por delante y se les explicaba que allí se daba a sus hijos una buena formación cristiana, porque queríamos que fueran gente feliz y valiosa en todas las facetas, humana y espiritual.

Fueron años muy bonitos, porque con el cariño y el entusiasmo de aquellos padres y con la alegría y el orgullo de estudiar en Altair, de los alumnos, las carencias materiales y las dificultades económicas, se hacían llevaderas y teníamos más motivos para buscar soluciones y compartir nuestras preocupaciones y nuestras alegrías con gentes de otros barrios de Sevilla que, poco a poco, fueron conociendo Altair y comenzaron a colaborar, unos más y otros menos, según sus posibilidades, pero siempre con generosidad y cariño. En esto, también tomo la iniciativa san Josemaría, que destinó los beneficios económicos de una edición especial de Camino, para bibliófilos, de número limitado de ejemplares, para ayudar a Altair. Esto lo sabían también las personas a las que hablábamos de Altair y le pedíamos su ayuda y todos se ilusionaban con contribuir a este proyecto de promoción humana y cristiana.

No puedo dejar de citar a Antonio Borrero que, desde el Departamento de Relaciones Públicas, abrió de manera notoria Altair a los barrios colindantes del distrito VII, reforzó la atención a la Asociación de Padres y consiguió su participación efectiva en distintos momentos de dificultad económica y, sobre todo, impulsó de modo notable la Escuela de Fútbol, con un equipo entusiasta de colaboradores como Antonio Wanceulen y José Emilio Del Pino, consiguiendo la financiación de la misma y que la Federación Nacional de Fútbol, con Pablo Porta como Presidente, costeara el tan necesario edificio de vestuarios. Aquí, también, un recuerdo agradecido para Joaquín Gómez, uno de los primeros Presidentes del APA, que tanto se volcó con Altair. Dios le premió también ayudándole a descubrir el sentido cristiano de su vida, pocos años antes de su fallecimiento. No se me olvida un comentario suyo a raíz de un pequeño suceso. Un día vinieran a Altair un equipo de una barriada del otro extremo de Sevilla, a jugar con los juveniles de Altair. El partido fue de clara superioridad de los de Altair, que ganaron por una clara diferencia, porque jugaban muy bien. Los acompañantes del equipo contrario, increparon a Joaquín y le dijeron que el resultado se debía a que eran del Opus Dei y que el árbitro estaba a su favor. Joaquín reaccionó y trató de que se dieran cuenta de su error, pero fue en vano. Al día siguiente, Joaquín me decía, que no había podido dormir esa noche del disgusto, pensando en que si por una pequeña cosa le habían insultado injustamente, cuánto no habrían hecho sufrir con sus críticas injustas a Mons. Escrivá con tantas cosas buenas como había hecho en su vida.

Miguel Ferré, ingeniero catalán, puso en marcha unos Cursos de Empresarios, con la colaboración de unos amigos suyos, de gran prestigio en el mundo empresarial. Entre ellos, por su especial contribución, recuerdo a Javier López de la Puerta, a Álvaro Soto y a Luis López Ladrón y la coordinación material de Ignacio Domínguez. Consiguieron que pasaran varias promociones de empresarios sevillanos e incluso llegaron a organizarse varias ediciones vara empresarios agrícolas. Así, mucha gente conoció de cerca Altair y de ahí salieron muchos colaboradores para el Patronato, hoy transformado en Fundación, y otros acogieron en sus empresas a antiguos alumnos de Altair, movidos por el prestigio humano y profesional que tenían en las ramas de Formación Profesional que se estudiaban en Altair.

Al traer a mi memoria estos recuerdos, en el año del Centenario de san Josemaría, doy gracias a Dios por haber pasado por Altair y tengo una clara conciencia de lo mucho que Altair debe a san Josemaría: Todo lo bueno que aquí se hace lo hemos aprendido de él, el espíritu que lo anima es consecuencia de sus enseñanzas; hemos recibido en vida su apoyo directo y su aliento constante y, desde el Cielo, lo tenemos como especial Intercesor. Me siento un privilegiado por haber tenido la suerte de haber trabajado en Altair y ser testigo de muchas cosas grandes y pequeñas, bonitas, que han sucedido y en las que tantas veces hemos tocado la ayuda de Dios.

 

 

 

 

Entrevista a José Antonio De Cote Mesa

José Antonio De Cote Mesa es antiguo alumno de Altair y responsable actualmente del área de biología molecular de iQBiotec

José Antonio de Cote Mesa presentando la llave de oro del condado de Miami a Javier Delgado, director de Altair (Archivo histórico de Altair).

Apareció en Altair este pasado verano con una llave, y no era precisamente la de su casa. José Antonio De Cote acababa de recibir la Llave del Condado de Miami (EE.UU.) -y la Aprobación Visa O-1A por su excelencia profesional en la ciudad- y pensó en su colegio como el mejor sitio para exponerla. Una demostración más del cariño que profesa por un centro en el que estudió la rama de FP de Química Agroalimentaria y COU. No había finalizado aún el ámbito académico cuando, gracias a una beca de la Consejería de Agricultura y Pesca, comenzó a trabajar en el departamento de calidad de COVAP. De ahí en adelante ha participado en diferentes proyectos empresariales de manera ininterrumpida en firmas como Destilaciones Bordas Chinchurreta, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, AGQ o el propio Altair. De manera paralela, ha desarrollado también una faceta docente que le llevó a ser responsable del plan de formación continua para técnicos del departamento de calidad de Cruzcampo. Hoy en día dirige el departamento de biología molecular de iQBiotech, perteneciente a iQEngineering Group.

José Antonio, antes de nada, nuestra más sincera enhorabuena. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando en EE.UU.?

Llegué en octubre de 2014 con el fin de lanzar una startup del sector biotecnológico dentro de unos de los centros de investigación e incubación de empresas de la Universidad de Miami. En breve completaré dos años desde que cerré las puertas de mi casa en Sevilla para sacar adelante un proyecto familiar y profesional.

¿Podría explicarnos en qué consiste su profesión?

Actualmente tengo diferentes focos profesionales abiertos. Gracias a mi experiencia desarrollo servicios de biología molecular para los sectores veterinario, agroalimentario y humano que acompaño con el registro de insumos agrícolas para uso en agricultura convencional y orgánica en EE.UU. y Latinoamérica, dentro del holding americano iQ Engineering Group.

Por otro lado, con dos buenos amigos formados en la Universidad de Navarra, hemos lanzado una startup donde se combinan procesos de células madre con el diseño, desarrollo y fabricación de dispositivos médicos, utilizando tecnología de impresión 3D en investigación y ensayos clínicos de medicina regenerativa.

Para finalizar, en las maletas que me acompañaban en mi viaje a EE.UU. introduje un objetivo: llevar la primera escuela de negocio de Andalucía, San Telmo, a un mercado tan competitivo en la formación de alta dirección y directivos, utilizando Miami como HUB (punto de encuentro para los emprendedores). El pasado mes de abril se hizo realidad con la primera actividad docente por parte de la institución, haciendo llegar su programa académico a más de 60 altos ejecutivos de empresas del sector agroalimentario.

¿Qué ha supuesto para usted la entrega de la Llave y la concesión de la Visa O-1A por cualidades extraordinarias en Ciencia y Business?

Es un gran honor, un sueño que veía muy lejos. Hoy en día, la vida me ha dado la oportunidad de estar en EE.UU. haciendo lo que me gusta hacer, siendo reconocido por la trayectoria profesional de más de 20 años por un país que lidera el desarrollo tecnológico.

¿Que le aportó Altair para haber llegado tan lejos?

Con mi entorno profesional y de amistad siempre relato que el equipo humano que conforma Altair me aportó aquello que no puedes encontrar en Google: esfuerzo, perseverancia, humildad, paciencia, empatía, conciencia de uno mismo, confianza… Llegas a sus aulas como piedra sin forma y, tras multitud de martillazos, se obtiene una figura definida donde destaca el factor humano y la profesionalidad.

¿Cuáles fueron los profesores que más le marcaron? ¿Mantiene aún relación con alguno de ellos?

Fuera del staff académico, sin duda, José Antonio Tejada, que con el paso de los años se convirtió en un gran amigo. Dentro del staff, Juan Manuel Carnerero, Arturo Sánchez, Pepe García, Pepe Núñez, José Luis Rivera, Paco Guerra, Juan Manuel Escaño, Luis Vilches, Mariano Hernández-Barahona, Manuel Barrero, Paco Sánchez… Todos ellos pusieron su grano de arena para moldear mi actual perfil. Gracias a diferentes canales, sigo manteniendo con muchos de ellos el contacto y les voy informando de aspectos personales y profesionales.

¿Qué recuerdos tiene de Altair? ¿Alguna anécdota curiosa?

Muchísimos recuerdos, pero sobresalen todos aquellos relacionados con mis años de jugador en el equipo de fútbol del colegio, donde pude compartir muchas horas de entrenamiento y partidos con grandes amigos. A día de hoy todavía no me he quitado la camiseta…

Como anécdota, siempre recordaré las convivencias de estudio durante la Feria en la casa de Sanlúcar de Barrameda, que prestaba Luis Fernández Palacios. Allí se hizo famoso un grito que muchos, al leer estas líneas, recordarán: “¡¡¡Arrrbol!!! ¡¡¡Arrrbol!!! ¡¡¡Arrrbol!!!”.

 

Los cursos de restauración de obras de arte

Por José María García Blanco

Alumnos del curso de restauración de obra de arte en 1977 (Archivo histórico de Altair).

Un rasgo distintivo de Altair fue la audacia para plantear respuestas innovadoras a diferentes necesidades de formación, con independencia de que las enseñanzas  no estuviesen aun  reguladas en la normativa legal. Una de esas respuestas novedosas fue la organización de los cursos de restauración de obras de arte, que comenzaron en 1976.

Quienes por esas fechas se dedicaban a la restauración eran titulados de las Escuelas de Artes y Oficios, o de la entonces Escuela Superior de Bellas Artes, en las que se cursaban algunas asignaturas relacionadas con la restauración. Pero quizá la mayoría de los restauradores en ejercicio eran autodidactas. Si se analizan muchas restauraciones anteriores a los años setenta, se aprecia la necesidad de contar con restauradores que conjugasen la capacidad artística con los conocimientos específicos para desarrollar su trabajo. Las instalaciones eran necesarias naves amplias, un aula de dibujo y pintura, un aula para proyecciones y un laboratorio para análisis químicos. Todos estos elementos se ubicaron en el recién construido edificio para Formación Profesional.

La coordinación del profesorado estuvo a cargo de Manuel Álvarez Fijo, que había sido profesor de Dibujo en los primeros años de Altair y entonces promovía cursos específicos de restauración en la Facultad de Bellas Artes. Ricardo Comas, José Luis Mauri y Rafael Rodríguez-Rivero se ocupaban de las materias de dibujo, colorido, composición, materiales y restauración. Especial importancia se le dio al análisis de materiales, con clases de química impartidas en el flamante laboratorio por Joaquín Aráuz. Se completaba el plan de estudios con clases de Historia del Arte e Iconografía, impartidas por José María García Blanco.

El grupo más numeroso de alumnos lo componían personas que habían llegado a la restauración desde su profesión de anticuarios o marchantes de arte. En un segundo grupo se integraban varios aprendices de talleres de pintura o escultura, dirigidos a este curso por sus maestros. Un tercer grupo lo formaban aficionados al arte, tempranamente jubilados de sus profesiones.

En el desarrollo de los cursos todo era experimental, pero nada se improvisaba. Todo era práctico, pero con un fundamento teórico que lo respaldaba. El horario marco era el mismo de los demás nocturnos, pero los módulos de cincuenta minutos no tenían sentido en muchas de las actividades del curso (¿qué podía hacerse en ese tiempo si la tarea era la limpieza de una escultura o el reentelado de un cuadro?). Las materias se agrupaban en medias jornadas o en jornadas completas a lo largo de la semana. La evaluación era realmente continua y global, no solo de los alumnos, sino también de los contenidos, de los métodos y de los resultados de los proyectos. El ambiente de trabajo se cumplía en estos cursos, aunque con un matiz especial del ambiente bohemio que suele ser frecuente en las actividades artísticas. El silencio solo era preciso en algunos momentos o actividades (explicaciones, sesiones teóricas). También favorecía la distensión las frecuentes visitas de personas interesadas por el carácter novedoso de estos cursos.

El experimento tuvo su fin con la regulación definitiva de la Formación Profesional provocó el final de estos cursos. La legislación imponía una serie de formalidades nada compatibles con la orientación práctica y experimental que regía los cursos, por lo que estos tuvieron su final al tercer año.

José Manuel Fernández Silva

Tenía 11 años y no le di muchas vueltas al coco, sencillamente me hice a la idea de que empezaba una nueva etapa e intenté aprovechar el verano por si acaso la cosa se complicaba después. Cuando mi madre, embarazada de mi hermano el menor, me dijo que en septiembre entraba en Altair me asaltaron varios pensamientos a la vez. Me di cuenta de que iba a ser alumno de un colegio importante, donde se exigía de manera distinta al sitio de donde venía, de que iba a conocer nuevos amigos, horarios distintos, costumbres diferentes. Pero con aquella edad no reparé en cuánto me iba a cambiar la vida.

Recuerdo las palabras de don José, el que había sido mi maestro de 1º a 5º, cuando ella le dijo que quizá solicitarían plaza para mí en Altair: si puedes, llévatelo. En aquella época, ser alumno de aquel colegio iba a suponer un esfuerzo para mis padres, un cambio grande para mí, pero sobre todo un privilegio que no todos los chavales del barrio podían tener. El cole de donde venía no era malo, pero Altair era mejor. Era el cole grande, el bueno, donde te preparaban bien, donde muchos se quedaban sin plaza. Había que hacerlo bien.

Aquello pasó allá por el año 83, y a día de hoy todavía recuerdo mis primeros días con don Nicasio como si fuera ayer. Aquella persona delgada, sería, con un nombre que hasta entonces no sabía ni que existía, hizo que todo encajara. Sus consejos, su exigencia, sus tirones de patilla fueron clave para mí. Funcionó.

Tres años más tarde y después de muchas horas de Lengua con don Jerónimo, Mates con don Mariano, deporte rebozado en albero con Bau, y muchos trabajos manuales con don Rafael, empezaba mi Bachillerato. Los profesores volvían a cambiar, éstos parecían más serios. El edificio era otro, las sillas de pala nos hacían sentir incómodamente mayores. Allí recibí mi primer suspenso (en Matemáticas), y fui descubriendo cosas como que había que dedicar más tiempo que antes a estudiar apuntes, que también me podía caer una C, y que sacar el curso y echarse novia era compatible si te organizabas un poco. También funcionó.

Y aquí seguimos… Muchas veces me lo han dicho, aunque no siempre uno se da cuenta y valora lo que tiene. Soy un privilegiado. A excepción de los años de universidad, pocos días han pasado sin que atraviese por la mañana el umbral de la puerta del cole para seguir con la tarea. La vida me dio la oportunidad de que Altair se convirtiera en mi lugar de trabajo y no la desaproveché. Fueron varias circunstancias las que hicieron que acabara como profe del colegio, circunstancias que iban acompañadas de nombres propios: Vicente, Paco, Alfonso…,  profesores del antiguo BUP donde empecé a dar mis primeras clases.

Aquellos primeros cursos fueron intensos. Todos los días había que hacer sustituciones aquí y allá. Me vino bien. Fui aprendiendo a manejarme con chavales pequeños, medianos y grandes, en la EGB, el BUP/COU o la FP. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que aquello supuso un gran aprendizaje para mí, mucho más efectivo que cualquier otra preparación de esas que exigían en la época. Pero estaba en casa y ayudado por los que antes me habían dado clase a mí. Como decía antes, era un afortunado.

Por avatares de la vida, el que había sido compañero de asignatura, amigo y consejero en el trabajo, Alfonso García Contreras, encontró el final de su camino estando de excedencia fuera de España. Yo ocupaba temporalmente su puesto en el Colegio, todavía no había nada fijo, pero Dios quiso que cambiaran las cosas y, hasta hoy…  Muchas veces me acuerdo de Alfonso, de su trato, sus clases, sus bromas. Era un tío genial al que todos esperábamos de vuelta, y al que he de estar agradecido.

El Consejo de Sección de aquellos años era… no sé cómo decirlo… ¿peculiar?  Vicente Rodríguez era el Jefe de Estudios, puro corazón, ideas claras. Esteban Fernández, el Subjefe, listo como el hambre y majara por momentos, un bicho. Y Paco Sánchez, que como Secretario imponía orden y era freno de emergencia para muchos estudiantes. Hacían un buen equipo y trabajaron mucho para que la sección consiguiera muchas metas.

Recuerdo perfectamente cómo los primeros días los alumnos me confundían con uno de ellos. Seguramente pasaba no sólo por que mi aspecto era joven en aquella época, sino porque solía vestir con vaqueros y polo por fuera. Cuánto me ha regañado alguno para que vistiera más formalito…

De entre los consejos que me dieron cuando comencé me quedo con dos: Vicente me pidió que fuera yo mismo, sin maquillaje, y me aseguró que mi futuro en Altair no iba a depender de a qué sitios iba (se refería a los medios de formación) o de con quién estuviera. Si has sido alumno de Altair, te conoces el paño. Ya sabes que tienes que ser tú mismo, me dijo. No hacen falta comentarios. Por otro lado, Paco Sánchez me recomendó entrar con mano dura en mis primeras clases. El día que me estrené me dijo: hoy es tu prueba de fuego: COU A, COU B y COU C. Echa a un tío en cuanto entres en clase. Tuve mucha puntería, expulsé del aula al hijo de un inspector de la zona.

Al poco tiempo llegó el día en que tuve que convertirme en profesor de inglés de mi propio hermano, el pequeño, el que nació en el 83 justo cuando a mí me matricularon en Altair. Aquello fue un regalo. Qué sensación, qué orgullo. Nos despertábamos los dos por la mañana en casa, nos íbamos al cole cada uno con su papel, y al mediodía volvíamos a comer a casa con nuestros padres a hacer vida normal, vamos, lo normal entre hermanos, risas y broncas a partes iguales. Al final del curso le puse buena nota y todo…

Dice el refrán que es de bien nacido el ser agradecido, y no estaría bien pasar sin mencionar a otros compañeros (que fueron mis profesores antes) y que me enseñaron mucho en mis primeros años de trabajo, desde Rafa Balón y Luis Augusto, que tanto cariño han venido demostrando a mi familia, Antonio Acosta y Pablo Sibón, grandes amigos en lo profesional y en lo personal, pasando por Fidel, Eduardo, Bau, Aurelio, Santi Apellániz, los científicos locos Paco Medina y Paco Guerra, Ricardo, y otros muchos que andaban por allí entonces y que hicieron que me fuera convirtiendo en lo que soy hoy.

Recuerdo el año en que llegó la reforma y se tuvieron que mezclar profesores de EGB y FP con los que trabajábamos en BUP. Aquello fue bastante lioso, pero salió adelante gracias a la entrega de todos. Pasaron a compartir horario con nosotros compañeros como Ángel Márquez, José Enrique, Arturo, Nani, Juan Rayo, Félix, gente fundamental en el colegio, que sigue trabajando duro y que hoy por hoy son para mí mucho más que amigos.

Y es que Altair es grande, en el sentido amplio de la palabra, y como tal se ha nutrido en estos cincuenta años de muchos y grandes profesionales, valiosas personas. Me salgo un poquito de lo que son las aulas y he ido creciendo a diario con gente de la categoría de Tejada, siempre ahí, don Andrés, Macarro, Paco y ahora Antonio Ángel y Migue en portería, los de Secretaría, las limpiadoras y todo ese personal que desde hace tanto tiempo nos ha cuidado.

Es por eso que me siento orgulloso de formar parte de este colegio desde pequeño, y espero seguir sumando años con él, escribiendo su historia. Cambian las necesidades, el público, los gobiernos, las costumbres, pero permanece el estilo, la idea, la meta. Estoy convencido de que si vives tu trabajo y crees en Altair, en vaqueros o arreglado, todo seguirá funcionando.

Don Andrés Quijano

Santos de andar por casa: Hoy, el día más triste del año, cuando la iluminación navideña brilla por última vez en un estertor de nostalgias, volvemos melancólicamente al colegio. Hace cuatro décadas, el Opus Dei creó el centro Altair junto a Su Eminencia. En sus aulas, las más demandadas del barrio, muchos hijos de trabajadores aprendieron del saber y de la vida; de esto se encargaba don Andrés, un cura desaliñado, despistado y bueno. Un hombre excepcional. Los hombres excepcionales no sólo habitan las enciclopedias; a veces pasan a nuestra vera.

Andrés Quijano Llorente nació el 25 de noviembre de 1932 en San Salvador de Cantamuda, provincia de Palencia. Sus padres fueron los únicos labradores del pueblo que pudieron dar carreras a dos de sus hijos, la niña fue maestra y el niño cura. Todo un hito. Se hizo del Opus escuchando Radio Pirenaica. Llegó a Andalucía con 34 años y se incorporó a Altair en 1970. Hace cinco años se jubiló. Poco después, el Arzobispado lo reclutaba para dirigir la parroquia de San Francisco Javier, en el Polígono de San Pablo, donde actualmente presta sus servicios. Forofo del Athletic de Bilbao, su sentido de pobreza le impide ir a un partido de fútbol. Como sacerdote, tiene además los compromisos de obediencia y castidad. Para colmo de mortificaciones, tras cuarenta años de fumar tres paquetes diarios, dejó el tabaco hace seis meses.

Pasado mañana se cumple un siglo del nacimiento de José María Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Sus prosélitos creen en la predestinación, pero llaman al destino providencia. Los miembros de ‘la Obra’, como en general los católicos, consideran la existencia de una extraña fuerza sobrenatural, que nos lleva a cumplir lo escrito en algún misterioso libro.

Providencialista al cabo, don Andrés cree que si no hubiera nacido san Josemaría, no se habría fundado el Opus Dei y, consiguientemente, no se habría creado Altair, él no habría sido llamado para venir a Sevilla y nuestra entrevista con él nunca se habría celebrado. Por tanto, todo esto que ahora usted lee empezó en realidad a escribirse hará pasado mañana un siglo.

—Una tarde, salía yo de la parroquia de San Francisco Javier. De repente, frenó delante de mí un coche de Lipasam y se bajó un muchacho. Me preguntó si me acordaba de él. Me dijo que había estudiado en Altair y no le había ido del todo bien, pero que guardaba un buen recuerdo del colegio. De repente, agachó la cabeza, dejó de hablar… estaba llorando como un niño.

Están por todas partes, en Lipasam, en la Universidad, en Telefónica, en la prensa y en el paro. Niños de ayer, hoy padres. Hombres que no pueden evitar sentir un nudo en la garganta al toparse con él. Don Andrés los devuelve a aquellos días felices vividos en los inciertos años de la transición, cuando estudiaban en Altair, una obra corporativa del Opus Dei. Don Andrés era de Opus, claro, pero no lo parecía. Su desaliño, sus dedos teñidos por la nicotina de sus sempiternos Ideales, contrastaban con la pulcritud extrema, rayana en el dandysmo, de los sacerdotes de la Obra. Pero don Andrés es del Opus gracias al PCE.

—Una vez escuché que en Radio Pirenaica decían: “Ya es hora de acabar con el Opus Dei”. Me pregunté qué sería eso del Opus Dei. Empecé a preguntar y me encantó eso de que uno puede ser santo en su lugar de trabajo. Mi madre contaba que la más rica del pueblo, para hacerse santa, se tuvo que ir a un convento. Así que me hice del Opus.

Don Andrés frisaba entonces la treintena, pero llevaba de cura unos cuantos años. En el seminario había entrado a los trece, desde luego no por voluntad propia. A los veinte, llegaría la crisis. La gran pregunta. ¿Qué rayos hago yo aquí?

—Le soy sincero. Fue por las chicas. Veía una y decía: yo dónde voy. Me costó mucho, pero reflexioné, lo pensé delante del Señor y aquí estoy. No me pesa, gracias a Dios.

Aunque humano, tal vez demasiado humano, don Andrés es todo espíritu a estas alturas de su existencia. Hace tiempo que su alma se adueñó de su cuerpo. Y hace milagros. De acuerdo que no son milagros desde el punto de vista de la prestidigitación, pero son milagros. El de la sonrisa, el de la amabilidad sin dobleces. El del abrazo y la charla. El del consejo. Caramba, si es que este hombre consiguió que sus alumnos lo recibieran en clase al grito de ¡Athletic! ¡Athletic!, cuando si hay un equipo que aquí cae mal ese es el Bilbao.

—A mí me gusta mucho el fútbol, todo el mundo sabe que soy mucho del Bilbao. Me hice de este equipo en los tiempos de Zarra y Gainza. También soy mucho del Brasil. Me gustaba jugar con los chavales, pero cuando hace año y medio murió mi madre, dejé de hacerlo. Ella marcó mi vida. Al morir le dije: Qué va a ser de mi, madre, me quedo muy solo. Y ella me respondió: — “Tú buena religión tienes, síguela”.

Don Andrés cree en el Cielo y en el Infierno, pero no estima indispensable ser católico para eludir el fuego eterno. Cree, naturalmente, en el juicio final y duda de que el último día haya un aprobado general. Aunque uno piensa que lo habría si de él dependiese. Hace cinco años, tuvo que jubilarse. Más o menos por entonces, el Arzobispado, escaso de curas, lo llamó para dirigir la parroquia de San Francisco Javier, en el Polígono de San Pablo. Allí también es feliz.

—No estoy para trotes, pero abro la iglesia todo el tiempo posible. Me dicen que pueden entrar a robar, bah! me da igual. Soy feliz viendo a la gente acercarse al Sagrario.

Su tránsito callado por el mundo, tal vez le impida subir algún día a los altares, pero esa es al cabo una vanidad humana a la que no aspira. Su verdadera meta es el Cielo, que debe existir sólo porque él lo cree. Un santo de andar por casa como don Andrés no debería llevarse el disgusto de que los ateos acierten la definitiva adivinanza. Invocamos a Borges: “Que el Cielo exista, aunque mi lugar sea el Infierno”. Pero si tras la última frontera reina la oscuridad, don Andrés ya tiene un confortable sitio en el corazón de miles de sevillanos que hoy, con el último brillo de la Navidad, han vuelto sentimentalmente al colegio.

(Artículo publicado por el periodista Juan Miguel Vega, antiguo alumno: “Sevillanos en su Mundo. Andrés Quijano”, en Diario El Mundo, Sevilla, 7 de enero de 2002.)

José Antonio Tejada Molero

Mis años en Altair. Todo comienza con mi llegada a Sevilla un lejano 12 de octubre de 1973, tenía 14 años recién cumplidos, y toda la familia 5 hermanos y mis padres decidimos que iríamos a Sevilla a vivir, después de haber descartados otras ciudades de España. Llegamos con lo poco que teníamos en un camión, todos en la parte trasera junto con los pocos enseres que traíamos de nuestra casa en Extremadura.

A los pocos días de llegar comencé a trabajar en el Bar España en la calle San Fernando allí, mi encargado era abuelo de alumno Enrique Paqué, fue un poco duro porque muchas noches terminaba tarde y empezaba temprano por la mañana, pero al poco tiempo comencé a trabajar como botones en una peletería de la Plaza Nueva. En ese tiempo cambiamos de casa y nos fuimos a vivir al cine de verano Candelaria (donde  ahora está la entrada del Parque Amate), allí mi padre era encargado del ambigú. Durante ese tiempo conocimos mi familia y yo a don Andrés Quijano que pasaba casi todos los días por la puerta de casa hacia el Club Canal, para atender a los chicos que por allí acudían; él me hablaba de Altair con mucho cariño, al igual que un compañero que trabajaba de botones en otra tienda de la Plaza Nueva. Me hablaban de Altair, pero a pesar de vivir tan cerca, no conocía el colegio. Un día accedí a ir a Altair para asistir a una charla que daba don Andrés. Desde ese día de 1974 me quedé prendado de Altair y del ambiente que allí se respiraba. Mi familia padres y hermanos también frecuentaban en algunas fiestas el colegio, fiestas de Navidad y fin de curso al menos, en aquel años el director se llamaba don Miguel Ferré que poco después se fue a comenzar una Universidad en Perú y al poco llegó don Antonio Gutiérrez.

Al principio, comencé jugando al voleibol que nos entrenaba Antonio Nuevo, y José Miguel González era uno de los jugadores, algunos compañeros con el paso de los años fueron seleccionados para la selección Nacional, el campo se encontraba en lo que ahora es el Módulo de Electricidad. También asistía a algunas clases de formación que nos daba en aquel entonces José Manuel Núñez, siempre eran a las 11 de la noche, puesto que los chavales que acudíamos o trabajábamos hasta las tantas o los que estudiaban nocturno.

Al curso siguiente me matriculé en Restauración de Obras de Arte, en la que teníamos un equipo de profesores de gran altura como Ricardo Comas, profesor de Bellas Artes, José Rodríguez Rivero, restaurador del Museo de Bellas Artes, don Miguel Tapia y don Antonio Sayago entre otros, era un poco duro salir de trabajar a las 6 de la tarde y correr para poder llegar a las 7 a clase hasta las 11 y después de esas horas acudíamos a un Club que había al lado del Colegio se llamaba Targa y en el aprendíamos muchas cosas, educación elemental, virtudes, formación cristiana y muchas más, y lo pasábamos en grande.

En ese tiempo ya empecé a colaborar con Altair en muchas cosas, cobraba los recibos que se pagaban en casa de los colaboradores de lo que hoy es la Fundación Altair, algunos días tenía que hacer recorridos muy largos, incluso a San Jerónimo, también colaboré durante muchos años en la Escuela Deportiva, donde en esos años había una actividad frenética, eran las 11 de la noche y había un ambientazo por el Colegio, el equipo sénior disputó el Campeonato de España, el juvenil en Liga Nacional, los cadetes, infantiles y alevines en la máximas categoría regionales, había baloncesto, balonmano, atletismo, béisbol y mantenimiento físico de adultos, entre otras cosas.

Desde hace casi 30 años, soy el Presidente del Comité de Empresa de Altair, cosa que me ha servido y me sirve, para aprender en primer lugar de todos mis compañeros que como yo representamos a todos los trabajadores de Altair, en estos años se ha conseguido mejorar las condiciones laborales de todos, en la medida en la que nos ha sido posible, lo peor de todo fue el verano de 2013 cuando nos quitaron los conciertos y hubo que despedir algún compañero, fueron unos meses de verano en los que sufrimos pero al final nuestra lucha y movilización dieron sus frutos.

En todos estos años he conocido a miles de personas que han pasado por Altair, y es muy gratificante encontrarte por la calle a tantos y tantos que te saludan con el cariño de siempre, muchos se quedan sorprendidos cuando les llamo por sus nombres, piensan que el transcurrir de los años se olvida, pues a mí me es fácil recordar muchos de esos nombres.

Ahora ya han pasado los años y las actividades con los más jóvenes se quedan para otros, pero hacemos muchas cosas para los mayores, tenemos la Asociación Amigos Rocieros de Torreciudad, el coro, la Romería al Rocío y a Torreciudad cada año y muchas más.

Cuando uno mira para atrás ve cuantas cosas se han hecho en Altair y cuanto bien se ha sembrado en tantas personas, todos debemos agradecer, yo el primero, estos 50 años de servicio a nuestro entorno, y por qué no decirlo, tantas alegrías vividas y tantos sinsabores llevados con garbo.