Los nombres de Altair

El nombre Altair proviene del árabe aţ‑ţä’ir: el ave o el águila y designa la estrella más brillante de la constelación del Águila. Los árabes vieron en esta constelación una gran águila; único animal –según la mitología– que es capaz de volar de cara a los rayos del sol. Pero no es en realidad una estrella excepcional: ocurre únicamente que es una de las más cercanas a nosotros –ya es bonita la metáfora–. En la constelación, dos estrellas flanquean a un lado y otro de Altair, lo que nos sugiere dos alas simétricas; siempre, como ocurre con la figura de las constelaciones, con cierta dosis de imaginación. Por extensión se aplicó el nombre de Altair a toda la constelación que la rodea [1].

Si mantenemos en nuestro imaginario el nombre de Altair como el centro de la constelación a la que da nombre, tanto en la constelación como en el propio Altair hay más estrellas (Infografía de Luis Augusto Pascual).

Altaír –la estrella– de acuerdo al diccionario de la RAE es una palabra que se acentúa y lleva tilde en la última vocal para romper el diptongo [2]. Por el contrario, el centro educativo nunca ha llevado tilde, ni en la documentación, ni en el membrete, ni tampoco en los folletos o en el escudo. En cualquier caso, el nombre de Altair, más que un vocablo es una marca que define un producto, y por ello, no tiene que regirse por las normas gráficas –de hecho siempre se rotuló altair (en minúsculas y con tipografía arial)–, ni ortográficas [3].

Altair hoy se conoce como Altair Centro Educativo. Pero en su medio siglo de historia y en la mucha documentación publicada ha recibido numerosas denominaciones: Instituto [4], Sección Filial [5], Instituto Tecnológico [6], Centro Tecnológico [7], Centro de Enseñanzas Integradas [8], e incluso Colegio. Como anécdota significativa, José Navas Luque, secretario de Altair en los primeros años, explica la causa del cambio de instituto a centro tecnológico ante la presión de los profesores de institutos oficiales de la enseñanza pública, pues por sugerencia administrativa se tuvo que quitar el título de Instituto Tecnológico y cambiarlo por el de Centro Tecnológico [9].

El escudo de tipo español: sobre campo azur una estrella descentrada de cuatro puntas asimétricas en plata y el jefe sin figuras y plateado.

A finales de los años sesenta la enseñanza oficial se realizaba en los centros públicos, en colegios de enseñanza primaria o los institutos de enseñanza media. La enseñanza no oficial o libre se llevaba a cabo acudiendo a centros o academias, o a recursos como el bachillerato radiofónico, que preparaban para los exámenes en los centros públicos. La enseñanza colegiada se impartía en colegios o centros privados homologados que preparaban y examinaban a los alumnos matriculados. Los institutos públicos –aunque tenían un gran prestigio dado que sus cátedras estaban ocupadas por acreditados profesores– eran pocos (San Isidoro y Murillo, primero; Velázquez, Herrera y Martínez Montañés, luego). Históricamente, esta escasez de centros públicos era suplida por los colegios privados clásicos en la enseñanza sevillana (Portaceli, Salesianos, Claret, Escolapios, Maristas, San José, Santa Ana, Esclavas, Irlandesas, Carmelitas, etc.). Institutos y colegios, unos y otros, eran masculinos o femeninos. Hasta entonces, estudiar o haber estudiado en un colegio era índice de calidad y distinción. A partir de 1970, con la nueva ley de educación, hubo un crecimiento exponencial de los institutos públicos y un paralelo aumento en la calidad de sus enseñanzas.

Pero Altair no nació como colegio, ni quiso ser nunca un colegio. En el siglo veinte, un colegio se identificaba con una institución de enseñanza privada –colegiada– promovida frecuentemente por órdenes religiosas, normalmente de pago; o, también, con una escuela primaria. Altair no era ni lo uno ni lo otro. Desde sus primeros días Altair quiso ser un centro de promoción de los habitantes de las barriadas más humildes de la periferia de Sevilla. Por ello, el título de colegio no servía para definir las expectativas de Altair. Desde el principio y durante muchos años se denominó Centro Tecnológico Altair, lo cual aludía muy certeramente al horizonte de formación en el ámbito profesional, a las que Altair aspiraba para una población de un entorno mayoritariamente obrero. Este fue quizá su título más exitoso. Más tarde, otro nombre apropiado fue el de Centro de Enseñanzas Integradas, pues con él se atendía el abanico de enseñanzas: primaria, secundaria y formación profesional, que los barrios cercanos reclamaban. Sólo en los últimos años se ha venido usando por algunos el título de Colegio Altair [10]. Si en los primeros años de Altair la cuestión del título fue relevante, hoy ya no lo es. La palabra colegio no tiene en el presente la carga de significado de antaño. Empero, los viejos del lugar nunca utilizaron otro nombre que el propio: Altair [11]. Para todos, Altair era Altair y punto. De ahí la reiteración intencionada en el uso del título Altair en este trabajo.

Altair se desenvolvió en los eventos deportivos y culturales a los que acudía con una gran dignidad. El hecho de tener uniforme deportivo con calzonas, camisetas de rayas azules o de tirantas, y escudo, tuvo mucho mérito. Eso supuso aquella singular bandera con el escudo con la que se encabezan los desfiles y competiciones y que tanta prestancia dio a los equipos de Altair (Archivo histórico de Altair).

El esfuerzo tempranísimo por realzar la labor educativa que emprendía Altair se manifestó en su imagen corporativa, incluso en la equipación deportiva. Efectivamente, desde sus inicios, Altair se desenvolvió en los eventos deportivos y culturales a los que acudía con una gran dignidad. El hecho de tener uniforme deportivo con calzonas, camisetas de rayas azules o de tirantas, y escudo, cuando esto era excepcional incluso en colegios de élite, tuvo mucho mérito. Eso supuso aquella singular bandera con el escudo, en su día de la primitiva rondalla de Triana, con la que se encabezan los desfiles y competiciones y que tanta prestancia dio a los equipos de Altair. Los alumnos eran conscientes tanto de la humildad de su origen como de la dignidad de su participación. Y el ganar sucesivamente las numerosas pruebas y concursos a los que acudían les hizo conocedores de su valía. A pesar de la modestia de su origen, se sentían capaces de los mejores objetivos. En este sentido, José María Prieto, orgulloso de los tempranos éxitos de los alumnos, glosaba esta idea cuando mostraba al autor del libro Dos días en Altair algunas fotos: «Aquí están en el gimnasio Moscardó de Madrid. Como consecuencia de esta promoción del deporte resulta que quedamos los terceros en gimnasia deportiva en España, en categoría infantil. Este año hemos quedado los cuartos. Ese es el equipo que quedó el tercero: unos chicos de la carretera de Su Eminencia, que de pronto se encuentran perfectamente situados. Van seguros, y dicen: bueno, pues conocemos esto, ganamos la medalla, quedamos delante de Valencia y de Zaragoza… y no pasa nada. Ahí están con sus medallas. Esto es la entrega de premios del Corte Inglés en la plaza de toros de la Maestranza. También les dan un premio a las familias, y todos contentos de la vida. Ganamos un primer premio en dibujo. Todo esto supone un nuevo cauce de formación para los chicos. La competencia les ayuda a convivir, a esforzarse en los entrenamientos, a adquirir una jerarquía de valores, una perspectiva del éxito y del fracaso. No tiene un sentido de vamos a ver si somos más listos que los demás, sino de que los chicos se espabilen, de que se den cuenta de que pueden hacer lo que los demás» [12].

El libro “la otra forma de ser profesor” refleja la experiencia educativa llevada a cabo en Altair de Pedagpgía institucional, conocido como “Método Lobrot”.

El nombre de Altair se convirtió muy pronto en una marca de prestigio en Sevilla. Siempre fue pionero en avances pedagógicos y métodos educativos innovadores: la educación y orientación personalizadas, la atención a los padres como primeros educadores, el respeto a la libertad e iniciativa de los alumnos, la organización participativa de las clases, la alta calidad en el desarrollo de la metodología y la didáctica, entre otras. Las novedades pedagógicas o el acento puesto en algunos aspectos de la formación humana pudieron desarrollarse con singular éxito en un entorno social de familias muy humildes y –con frecuencia– en situaciones precarias. Las expectativas alcanzadas superaron incluso a las de los colegios más prestigiosos de la ciudad; así lo demuestra el hecho de que muy tempranamente, los alumnos de Altair ganaran premios en todas las actividades extraescolares de Sevilla: en literatura [13], pintura [14] y gimnasia deportiva [15]. Todo eso hizo que muy pronto, como apuntaba en 2002 Juan Miguel Vega, periodista y antiguo alumno: «Altair junto a Su Eminencia fuera un centro de prestigio, y en sus aulas, las más demandadas del barrio, muchos hijos de trabajadores aprendieron del saber y de la vida» [16].

La marca Altair tuvo desde el primer día como divisa el conjunto de valores que quería grabar y dejar como herencia en los alumnos y sus familias. Efectivamente, se sembraron virtudes humanas como la laboriosidad, la amistad, la lealtad y la sinceridad, la alegría y el optimismo, la iniciativa, la libertad y la responsabilidad, entre otras. Así, Antonio Gutiérrez, director de Altair entre los años 1973 a 1980, explica este hecho a través de la propia palabra Altair, entendida como un acrónimo. Decía Antonio en 1979: «Hay cosas que definen de modo principal el ambiente de un centro y constituyen, de alguna manera, el núcleo fundamental del estilo humano que el centro transmite. Pensando sobre estas cuestiones, se me ocurrió relacionar las letras que componen el nombre de Altair con algunas de estas virtudes que procuramos vivir y enseñar en Altair.

Hay cosas que definen de modo principal el ambiente de un centro y constituyen, de alguna manera, el núcleo fundamental del estilo humano que el centro transmite. Pensando sobre estas cuestiones, se me ocurrió relacionar las letras que componen el nombre de Altair con algunas de estas virtudes que procuramos vivir y enseñar en Altair (Archivo histórico de Altair).

A de Alegría: Desde el primer momento de mi llegada a Altair, me llamó la atención el clima alegre y optimista del centro, la sonrisa franca de los alumnos, el buen humor de profesores y personal no docente. La alegría hace amable el trabajo y grata la convivencia y es una señal estupenda de salud física y espiritual, de confianza sin miedo, de seguridad personal.

L de Libertad: Amor a la libertad personal que todos aprenden a valorar, ejerciendo sus derechos y respetando la de los demás. Lleva a la búsqueda de la verdad y a la superación de las propias limitaciones. Amor a la libertad que hace sentirse a gusto y a manifestarse con sinceridad y espontaneidad, sin sentirse coaccionado por nada ni por nadie. Por eso en Altair no hay ningún tipo de prácticas religiosas obligatorias, ni a nadie se le discrimina por sus creencias.

T de Trabajo: En Altair se aprende que todos son igualmente importantes y que su valor, cara a Dios, depende de la perfección con que estén hechos. Por eso se insiste en el cuidado de los detalles pequeños, en terminar las cosas, en el orden, en la limpieza, en la buena presentación, etc. Se enseña a facilitar el trabajo de los demás, ayudando a otros en sus tareas, y cuidando el buen uso del material de las instalaciones. Todo se transmite fácilmente, porque el ambiente de trabajo en Altair es grande y se manifiesta en muchos detalles, como el cuidado de la puntualidad de profesores y alumnos, el aprovechamiento del tiempo en las clases, el espíritu de servicio, la dedicación alegre y abnegada de profesores y personal no docente.

A de Amistad: La cordialidad es una característica de Altair que se aprecia a primera vista. Las relaciones entre profesores y alumnos están llenas de confianza, compatible con el respeto, porque el alumno se sabe conocido y apreciado y valora el interés de los profesores por darle una formación lo más completa posible. Este sentido de la amistad lleva al fomento de virtudes como la lealtad y la generosidad y desemboca en la preocupación por hacer la vida agradable a los demás y ayudarles en sus dificultades. Detalles como la celebración de un santo o un cumpleaños en una clase, o entre profesores y personal no docente, son frecuentes y llenos de calor humano. Amistad que se extiende a todas las personas relacionadas con Altair: padres, colaboradores, vecinos, etc., que siempre encuentran en Altair interés por sus problemas y por sus alegrías.

I de Iniciativa: Se fomenta en todos el espíritu creativo, la iniciativa personal. Así han surgido enseñanzas nuevas y se busca constantemente la mejora de los métodos pedagógicos ya existentes. Se intenta que cada alumno desarrolle al máximo sus capacidades artísticas, deportivas, científicas, literarias, etc., potenciando su iniciativa. Iniciativa en la participación de padres, profesores y alumnos en la buena marcha del centro. Todos pueden sentirse protagonistas del buen funcionamiento del centro con su aportación personal. Altair es labor de todos y todos saben que sus sugerencias serán escuchadas y estudiadas.

R de Responsabilidad: Va unida inseparablemente a la libertad personal y se fomenta en todos, pidiéndoseles cuenta de pequeñas tareas –encargos– que suponen a la vez un servicio a los demás. La responsabilidad se muestra en el aprovechamiento del tiempo, en el comportamiento en casa, en el barrio en el que se vive, etc. Capacita para valorar la repercusión social de la conducta y de la importancia de la propia aportación a la resolución de los problemas de los demás, que comienzan con el trabajo y se extiende a otros campos del desarrollo de la personalidad.

Esta es básicamente la enseñanza que se imparte en Altair. Lo que ha de quedar en lo más hondo de los alumnos –una buena herencia– tras su paso por Altair. Es tarea de todos: padres, profesores, personal no docente, empeñarse en cuidar este clima en la familia y en Altair» [17].

[1] Cfr. José Luis Comellas, Guía del Firmamento, Madrid, Ediciones Rialp, 7ª edición, 2002, pp. 400-410.

[2] Cfr. Real Academia Española, “Altaír”, en Diccionario de la lengua española, 20ª edición, 1984, tomo I, p. 76.

[3] De ser así la palabra tendría dos sílabas: Al-tair, siendo la segunda un diptongo, acentuada en la segunda vocal (la segunda a), pero sin tilde. Y, al no estar acentuada la tercera vocal (la i) y no romperse el diptongo, su pronunciación académica habría de ser Altair (con el golpe de voz en la segunda a), como la sabiduría popular ha hecho ser: porque los vecinos lo conocen comúnmente como Altáir o más bien el-Artái, que alude al equipo deportivo del centro educativo. Con el nombre de Altair se definen numerosas marcas, desde el primer ordenador personal de Apple (de 1976), a una librería y revista de viajes (Altaïr), pasando por una marca de yates, al igual que otros centros educativos de diversas ciudades o incluso el protagonista de una serie de videojuegos (Altaïr Ibn-La’Ahad), sin olvidar el nombre de uno de los caballos de la cuadriga de Ben-Hur.

[4] Cfr. “Clausura de curso del Instituto Altair”, en ABC de Sevilla, 6 de junio de 1964, p. 42.

[5] Cfr. “Decreto 1535/1967, por el que se crea la Sección Filial nº 2, masculina, del Instituto Nacional de Enseñanza Media San Isidoro”, en B.O.E. 15 de julio de 1967, núm. 168.

[6] Cfr. “Clausura de curso del Instituto Tecnológico Altair”, en ABC de Sevilla, 6 de junio de 1964, p. 42.

[7] Cfr. “Clausura del curso en el Centro Tecnológico Altair”, en ABC de Sevilla, 14 de junio de 1970, p. 30.

[8] Cfr. “Centro de enseñanzas integradas Altair”, en El Correo de Andalucía, 3 de noviembre de 1995, p. 26.

[9] Cfr. Recuerdo de José Navas Luque, 30 de octubre de 2012.

[10] El autor de este trabajo, por sus cuarenta años como profesor, está convencido de que tanto en su origen como en su esencia Altair no se puede clasificar como un colegio a la típica usanza; y deja muy explícito su desapego al término colegio. El título Colegio Altair está registrado en Madrid a nombre de otro centro educativo distinto al nuestro.

[11] Era común el uso de la denominación Altair, personalizando: “Altair empezó…”, “en Altair hay tres secciones…”, “los alumnos de Altair…”, “la Escuela Deportiva de Altair”, etc. y así lo hemos seguido utilizando.

[12] “José María Prieto”, en Dos días en Altair, pp. 23-24.

[13] Cfr. “Concurso infantil de redacción de El Corte Inglés”, en El Correo de Andalucía, 20 de marzo de 1968, p. 17.

[14] Cfr. “Premios del concurso de pintura infantil del Instituto Altair”, en ABC de Sevilla, 19 de diciembre de 1970, p. 66. Recuerda José María Prieto que «aprovechábamos entonces que el Corte Inglés hacía concursos de dibujo y animábamos a los niños y ganábamos muchos premios. Se entregaban los premios en la plaza de toros, es la única vez que yo he pisado el albero de la plaza de toros, para recoger los premios de los niños» Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016.

[15] Cfr. “Altair, representante sevillano, cuarto clasificado en el Campeonato de España de infantiles de Gimnasia Deportiva”, en ABC de Sevilla, 21 de mayo de 1970, p. 63.

[16] Juan Miguel Vega, “Sevillanos en su Mundo. Andrés Quijano”, en El Mundo, 7 de enero de 2002.

 

[17] Antonio Gutiérrez, “Una buena herencia: lo que enseña Altair”, en Boletín de Altair, nº 14, enero de 1979.

 

 

 

 

 

 

 

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