Un estilo pedagógico propio

A lo largo de los años setenta Altair alcanzaría su madurez, al tiempo que se ponían en práctica las novedades de la recientemente aprobada nueva Ley general de educación por la que se implantan la EGB y el BUP. La revolución de Altair no fue pedagógica aunque, como hemos visto, se aplicaron e implementaron técnicas educativas novedosas. La revolución de Altair fue sociológica: llevar a las barriadas de la periferia y a las familias de estos barrios una educación de calidad, cuando habían de pasar varios lustros antes de crearse institutos públicos en la zona. Pues, hasta 1978, doce años después del nacimiento de Altair, no se creó el Instituto Luis Cernuda; o, hasta 1990 no se creó el Instituto de FP Santa Aurelia, veinte años después de la implantación de la formación profesional en Altair.

En 1970 el claustro de Altair era ya un equipo de personas jóvenes e interesadas por las nuevas técnicas de enseñanza.

Gracias a este modo de hacer, a lo largo de los años, Altair se ha ido configurando como un medio importante para el acceso de la población juvenil del barrio al mundo laboral y a la cultura universitaria. Al mismo tiempo es un factor dinamizador de la vida colectiva, un cauce fluido para las relaciones interpersonales que quiere elevar el nivel de madurez social y ciudadana del entorno de sus barrios. Este hecho viene testimoniado por José Carlos Jaenes al hablar de la influencia que tuvo Altair para su desarrollo personal y profesional: «Más allá de enseñar, nos dieron herramientas para salir del barrio, para mirar hacia delante y arriba, ejemplos de cariño, de cuidado personal y de valores. Sin duda  aprendimos valores, a respetar a los demás, a entender el trabajo como algo bueno que había que hacer bien, porque aquello nos hacía dignos y sería la oportunidad de nuestra vida. Valores como el sacrificio, la constancia, la entrega han sido y siguen siendo motores en mi vida» [1].

Altair ofrece un ideal de persona, una formación en valores, en virtudes, dirigido a la totalidad del individuo, que haga de él un ser libre, solidario, responsable de sus actos, con sentido crítico, con capacidad de trabajo, con firmes convicciones fruto de su personal reflexión. En definitiva, una persona cabal [2]. El estilo de Altair no queda reducido a desempeñar la función aséptica de máquina de transmitir conocimientos sino que, si la cultura perdura cuando se hace vida, Altair quiere ser un lugar donde es vida lo que se transmite al alumno, poniendo a disposición de cada persona los mejores medios posibles para edificar la existencia individual según la realidad irrepetible de cada ser humano. Así lo explicaba Javier Delgado, actual director de Altair, a la prensa en 2011: «Una de nuestras metas es formar personas con intereses intelectuales y motivados para el aprendizaje. Procuramos que posean conocimiento de idiomas y habilidad en la utilización de las nuevas tecnologías. Pero a la vez pensamos que de poco serviría todo esto si no estuvieran convencidos de la importancia de ser útiles a la sociedad y de su responsabilidad individual en cuanto ciudadanos. Es decir, en Altair cada uno es, ni más ni menos, lo que quiere ser, y las únicas barreras al desarrollo personal son las que cada uno, en uso soberano de su libertad, quiera imponerse a sí mismo. –Y añadía el director–: Ofrecemos una educación integral –humana, científica, cultural, religiosa y deportiva–. Los fundamentos de esta educación se inspiran en la visión cristiana de la vida y en los valores de la libertad y de la responsabilidad personal. Altair se propone educar personas íntegras y autónomas» [3].

Esta forma de entender la enseñanza se condensa en un estilo pedagógico que hemos calificado como propio y peculiar. La gente que trabaja en Altair sabe que lo hace en casa. Y esto, en una profesión tan vocacional como la docencia, es muy importante. En otro sentido, trabajar en Altair se define por las profundas novedades educativas y su continua capacidad de transformación y autocrítica. Dos pilares sustentan esta realidad: el esfuerzo diario por educar y trabajar en un ambiente de real confianza, de sinceridad, de respeto, de valoración de la dignidad humana; y la consecución de un clima de convivencia que sea prolongación de la familia, la primera y fundamental gran escuela [4].

[1] Recuerdo de José Carlos Jaenes Sánchez, 25 de enero de 2017.

[2] Cfr. “Entrevista a Rafael Caamaño”, en  Revista de Altair, 30 años, septiembre de 1998, p. 4-5.

[3] “Mejores centros educativos”, en ABC, especial educación, 26 de enero de 2011, p. 14, disponible en  http://www.guiadeprensa.com/prensa/9/2011/01/26/especial_mejores_centros_educativos.

[4] Cfr. “La Revolución pedagógica de Altair”, en Boletín de Altair, nº 29, septiembre de 1993, memoria curso 1991-1992, pp. 16-18.

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