El pabellón provisional

Ante la urgencia de empezar, las primeras clases se impartieron en las aulas de un pabellón provisional prefabricado a la espera de los edificios definitivos. José María Prieto recuerda las gestiones y tareas de preparación años antes: «Empezamos a hacer los planes, y terminó el año 1966, y las obras no conseguimos que empezaran, con lo cual tomamos la decisión de encargar un prefabricado a Agromán. Miguel [Ferré] hizo el cálculo de la resistencia de las planchas de hormigón, los planos de cómo debería ser el prefabricado. Yo estaba un poco alarmado porque necesitábamos conseguir los permisos del Ministerio para que aquello funcionara como Sección Filial del Instituto San Isidoro» [1].

A pesar de la precariedad de los instrumentos que se ofrecían (un pabellón provisional aislado en un descampado), el proyecto de Altair caló rápida y profundamente en el barrio. Aquellas familias pioneras y sus hijos confiaron plenamente en la palabra de los promotores de Altair.

Incluso, la misma llegada e instalación del prefabricado tuvo su punto de aventura: el edificio llegó desmontado y cargado en un gran camión en pleno mes de agosto. El conductor, sin saber que la instalación –o más bien la descarga– del prefabricado habría de ser en el extremo más lejano de la ciudad, llevó la carga hasta el mismísimo centro de Sevilla, con el consiguiente desconcierto de José María Prieto y de Rafael Olivares quienes tuvieron que acompañarlo hasta Su Eminencia [2]. Y, por fin, como remata Prieto: «¡Llegó allí la obra corporativa embalada¡ Se montó aquello, pero había que conseguir cosas elementales como la conexión del agua o la electricidad, porque había un compromiso de que en los primeros días de octubre había que empezar» [3]. Esta peripecia testimonia en sí misma tanto el apuro de estos momentos como la lejanía del emplazamiento del proyecto educativo que empezaba.

Efectivamente, la premura por que comenzaran las clases no permitió esperar la construcción de los edificios proyectados. Por eso, entre los años 1967 y 1969, unos modestos barracones prefabricados albergaron las primitivas aulas y dependencias.  Hasta octubre de 1969, no se inauguraría el primer edificio de las construcciones previstas en el proyecto: el edificio nuevo. Así pues, el pabellón provisional –aquel barracón prefabricado– fue el primer edificio con que contó Altair. Se comenzó a construir en el verano de 1967 para acoger las primeras aulas donde se iban a impartir los iniciales cursos de bachillerato. Al año siguiente se ampliaría añadiendo una segunda mitad y un segundo pabellón que hasta la construcción del edificio definitivo albergaría los vestuarios.

Entre el edificio provisional recién levantado y los barrios más próximos, Juan XXIII y La Plata, había una extensión de terreno desarbolado de los primitivos olivos de la finca; así que los hoyos dejados por los árboles le hacían más parecido a un campo de maniobras que a un recinto escolar. En un principio, Altair tuvo su entrada principal y su dirección postal en la carretera de Su Eminencia, frente a la hacienda. Resultaba lógico pues este era el único camino urbanizado. Sin embargo, el acceso por la carretera –no olvidemos que era la travesía de Madrid a Cádiz– resultaba peligroso por el tráfico de coches y camiones. El trayecto suponía un gran rodeo y originaba un gran riesgo para los niños, y no menos para los alumnos mayores del nocturno, además de una preocupación para los padres. Pero había un segundo acceso más directo hacia los barrios, el que en su día sería el principal: este atravesaba el descampado donde con posterioridad se levantarían los bloques de la barriada de La Atalaya y El Trébol. Como cuenta Miguel Ferré, protagonista principal: «Se inició el instituto en un barracón prefabricado, que se construyó en mitad de la nada, rodeado de olivos, y para llegar había que ensuciarse bastante porque eran arcillas expansivas y el camino cuando llovía era de puro barro» [4]. A pesar de que estos terrenos del antiguo olivar estaban horadados por los socavones dejados por árboles arrancados, los alumnos accedían alegremente por el descampado salvando estos y otros obstáculos.

José María Prieto rememora con humor veinticinco años después cuál era el panorama que encontraban, en este caso los profesores, en el entorno de Altair tras acabar su trabajo: «Por la noche, cuando los profesores terminaban a las once, a las doce, a la una de la noche, con falta de iluminación, tenían que ir buscando la lejana parada de autobús por caminos de barro y vacas» [5]. Asimismo, una carta al director en el diario ABC remacha la omnipresencia del barro y demás obstáculos y nos aclara cuáles eran las dificultades por la que tenían que pasar los alumnos y sus familias para acceder a Altair: «Este acceso, que en la actualidad está impracticable, por las aguas y la composición arcillosa y resbaladiza de su tierra es un barrizal por el que los alumnos y quienes no lo son tienen que cruzar para ganar tiempo y terreno, eludiendo a la vez los peligros de la circulación por la carretera» [6].

Esto lo confirma José Navas cuando dice: «Los exteriores y la zona de alrededor más alejada era puro campo que, en invierno, se convertía en un verdadero lodazal del todo punto intransitable» [7]. Así se entiende una de las consignas del primer curso que anima a no cruzar por el campo; porque el acceso campo a través hacia Juan XXIII no debía ser recomendable [8]. En cualquier caso, no parece que todo ello fuera una dificultad para los chavales del barrio, acostumbrados a vivir y disfrutar en sus juegos de estos parajes.

José María Prieto explica en dos artículos periodísticos las características de las nuevas instalaciones: «En estos terrenos –en forma de rectángulo irregular–, recién terraplenados, se alza un pabellón de una sola planta, que alberga dos aulas, la sala de profesores, secretaría, dirección, un aula de actividades complementarias y las dependencias de vestuarios y aseo [9].  En otro momento añade Prieto: «Allí empezamos las clases de primero de bachillerato. Con unos pupitres, aprovechando los que estaban en Triana. Había dos aulas, con capacidad para ochenta chicos» [10]. El edificio era un pabellón dividido al medio por un pasillo. A la izquierda se hallaban la sala de dibujo y de trabajos manuales, y dos aulas amplias, claras y alegres. A la derecha estaba secretaría, dirección, los lavabos y la sala de profesores, en donde se exhibía la maqueta de lo que sería el definitivo Altair, su proyección y su futuro [11]. Continúa Prieto describiendo las instalaciones: «En el campo de deportes, lo primero que hemos procurado en los terrenos es hacer una pista de albero. Hay dos campos de minibasket y un campo de baloncesto. Después, al lado, ha surgido el foso de saltos, y las instalaciones de gimnasia deportiva, una de las especialidades que más se cultivan» [12]. Y concluye el director: «Al año siguiente hicimos otro pabellón, para que pudiesen estudiar segundo de bachillerato. Pensando que luego iba a servir durante una serie de años para vestuarios deportivos. También tenía dos aulas con capacidad para otros ochenta alumnos» [13].

«Ese barracón –rememoraba José María Prieto en 1998– era un poco curioso, porque todos los sonidos pasaban por el techo y por los tabiques, que eran muy endebles, de manera que los alumnos asistían a una especie de clase total: se escuchaba al mismo tiempo un poco de matemáticas, un poco de inglés, otro poco de física… Pero con el tiempo lo fuimos mejorando. La zona no había sido urbanizada, era todavía terreno agrícola, y bastantes familias subsistían gracias a pequeñas vaquerías» [14]. Y también las vacas eran un problema –recordaba en otra ocasión el profesor Prieto– «y nos pusieron algunas dificultades; esto era un sitio donde pastaban las vacas que había en las vaquerías de la carretera de Su Eminencia, y a las vacas se les despertó también un interés pedagógico terrible; se empeñaban en meter la cabeza por la ventana y era un problema estar echándolas continuamente» [15].

Con la perspectiva del tiempo y del trabajo desarrollado, concluiría José María Prieto en la mesa redonda de conmemoración de los veinticinco años de Altair: «A pesar de estas dificultades había un entusiasmo impresionante y una ilusión tremenda y algunas ideas que muestran cómo había unas intuiciones que se han desarrollado mucho más» [16]. Pero el horizonte de Altair era desde sus inicios muy ambicioso. A pesar de lo pequeño de los comienzos, se estaban dando los pasos para un gran proyecto educativo a realizar en varias fases, y de gran impacto en el entorno. Así, según adelanta José María Prieto: «Los objetivos de Altair son convertir esos terrenos en un gran complejo cultural y deportivo, donde los chicos de esta zona reciban una enseñanza media y una perfecta preparación profesional. Y a tal fin, estos terrenos, dotados de aulas, laboratorios, talleres, pistas deportivas y piscina, formarán una pequeña ciudad en la que se cursarán los bachilleratos superiores de letras, ciencias y técnico, así como enseñanzas técnicas profesionales a nivel de oficialía y maestría, en las especialidades de metal, delineantes, electrónica, organización, comercio y otras» [17].

A pesar de la precariedad de los instrumentos que se ofrecían (un pabellón provisional aislado en un descampado), el proyecto de Altair caló rápida y profundamente en el barrio. Aquellas familias pioneras y sus hijos confiaron plenamente en la palabra de los promotores de Altair. Así lo expresaban los padres, años después, con el edificio nuevo ya levantado, cuya magnífica construcción era la confirmación del cumplimiento de las promesas y las esperanzas puestas en aquel proyecto. Como comentaba un padre de alumno: «Aquellas naves para mi resultaron maravillosas, porque como yo conozco la construcción por mi profesión… yo sabía que aquello era prefabricado, desde luego, pero muy acogedor y muy consistente… Cuando yo llegué y nos enseñaron la maqueta y nos dijeron que iba a hacerse un colegio así… en fin, yo claro, pues nunca pensaba que se hiciera eso tan rápido. Pero han cumplido su palabra» [18].

La primera fiesta fin de curso fue un gran acontecimiento. La clausura del curso 1967-1968 suponía la culminación de todos los esfuerzos que se venían poniendo en este proyecto. La celebración presentó también un nuevo reto: iba a mostrar que aquella aparente locura planteada a los padres de aquellos primeros alumnos había llegado a puerto seguro. Era necesario convencer poniendo a la vista el resultado de todos aquellos esfuerzos y mostrar los éxitos alcanzados.

«El centro tecnológico Altair, invita a usted y su familia a los actos de clausura de curso» [19] dice la tarjeta de invitación  a la primera fiesta fin de curso de Altair: llama la atención el respeto con que, en esta primera fiesta fin de curso, se dirige el centro a los padres. Conociendo la extracción social de éstos: obreros (industriales, carpinteros, electricistas), albañiles, jornaleros…, es muy probable que ninguno de ellos hubiera recibido nunca una invitación dirigida con tanta consideración. Era el estilo de Altair desde sus inicios. Porque, «los padres son lo más importante que hay en Altair, y se coordina con ellos la tarea de formación de sus hijos. Un objetivo de Altair es ayudar a la formación de los padres de los alumnos en la medida de lo posible» [20].

Hubo todo tipo de actividades que fueron una verdadera novedad en el barrio: comenzando por el omnipresente partido de fútbol final de la 1ª Copa Altair, seguido de pruebas de atletismo, desfile y tabla de ejercicios gimnásticos, y exhibición de aeromodelismo. Para seguir con actividades propiamente académicas: lectura de la memoria del curso, representación del club de teatro, entrega de copas y premios y fuegos artificiales. Todo ello, al tiempo que una exposición de trabajos realizados por los alumnos, como los de la exposición de pintura que mereció todo un comentario en la prensa local: «El Instituto Tecnológico Altair presenta en estos días una exposición pictórica de sus alumnos de diez a once años. Sin duda, la característica más sobresaliente es su colorido. El niño derrocha la pintura con un manifiesto horror a los espacios vacíos. Otra nota es su fantasía en contraste con la meticulosidad de detalle. Siempre es la vida, el encanto soñador y la fértil imaginación colorista las principales improntas de este arte ingenuo e infantil» [21]. En este sentido, la primera fiesta en junio de 1968 supuso un reto para Altair, en ella tuvo que presentar todo un dechado de éxitos. José María Prieto apunta que «la gente no había visto nada parecido en su barrio, con la música vibrante, la bandera antigua…» [22].

[1] Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016.

[2] Cfr. Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016 y Rafael Olivares Márquez, 11 de febrero de 2013.

[3] Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016.

[4] Recuerdo de Miguel Ferré Trenzano, 15 de septiembre de 2016.

[5] “José María Prieto”, en Boletín de Altair, nº 29, septiembre de 1993, p. 4.

[6] Cfr. Alfredo Blasco, “Los contornos de Altair”, en ABC de Sevilla, 27 de enero de 1971, p. 33.

[7] Recuerdo de José Navas Luque, 30 de septiembre de 2012.

[8] Cfr. José María Prieto, Cuaderno de actas, cursos 1967-1970.

[9] José Navarro, “El Instituto Altair, futura solución docente para varias barriadas obreras”, en El Correo de Andalucía, Sevilla, 17 de enero de 1968.

[10] “José María Prieto”, en Dos días en Altair, pp. 17-20.

[11] Cfr. Jesús Carnicero, “Altair, un ambicioso proyecto de promoción obrera”, en Diario Madrid, 29 de febrero de 1968, p. 6.

[12] “José María Prieto”, en Dos días en Altair, pp. 17-20.

[13] “José María Prieto”, en Dos días en Altair, pp. 17-20.

[14] “Treinta años al servicio del barrio, 1967-1997”, en En España Altair, Oficina de información del Opus Dei en España, Madrid 1998, pp. 2-3.

[15] José María Prieto, “25 aniversario”, en Boletín de Altair, nº 29, septiembre de 1993, p. 4.

[16] “José María Prieto”, en Boletín de Altair, nº 29, septiembre de 1993, p. 4.

[17] José Navarro, “El Instituto Altair, futura solución docente para varias barriadas obreras”, en El Correo de Andalucía, Sevilla, 17 de enero de 1968.

[18] “Cuatro padres de alumnos”, en Dos días en Altair, p. 107.

[19] Altair, Sevilla Primer fin de curso 1967-1968, (folleto invitación).

[20] “José María Prieto”, en Dos días en Altair, p. 21.

[21] Cfr. Antonio Muro, Arte ingenuo”, en El Correo de Andalucía, 19 de junio de 1968.

[22] Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016.

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