Los estudios nocturnos

Los estudios nocturnos de Altair fueron una expresión clara del precoz compromiso social del centro con sus barrios y las familias que los habitaban. En aquellos años iniciales, la sección nocturna vino a llenar un hueco que tampoco los centros públicos cubrían en el territorio asignado a Altair. Porque, en Sevilla, el único centro público que impartía el bachillerato nocturno era el Instituto San Isidoro, situado en el centro de la ciudad, y al que Altair estaba adscrito como Sección Filial.

El bachillerato nocturno nació en 1967 al tiempo que el diurno como una iniciativa pionera que facilitó el acceso al bachillerato a grupos de población trabajadora que no tenían a su alcance otro medio de promoción.

Cuando terminaban las clases por la tarde, la actividad educativa continuaba en Altair, y de un modo más diversificado que en el horario diurno, atendiendo las necesidades formativas de esa mayoría de población trabajadora del entorno. Por eso podríamos hablar con toda corrección de los nocturnos de Altair: así, en plural; no solo referidos al bachillerato o la formación profesional en sección nocturna. Porque nocturnos fueron los cursos para adultos, como los de soldadura eléctrica, auxiliares administrativos, delineante, auxiliar de laboratorio, restauración de obras de arte, cursados a través del PPT, del PPO y del INEM; nocturnos fueron los cursos de formación empresarial industrial o agrícola de la Escuela de Empresarios y las actividades de la Escuela Deportiva, etc. La importancia de los estudios nocturnos llegó a ser tal que el número de alumnos que cursaban estas enseñanzas de bachillerato, formación profesional, cursos para adultos y Escuela Deportiva fue de 821, lo que superaba a los 809 alumnos que cursaban las enseñanzas diurnas de EGB, BUP, COU y FP, como revela el cuadro general de enseñanzas de 1977 [1].

Hoy todavía sigue siendo una constante en el paisaje de Altair las actividades formativas herederas de estas iniciativas; o la presencia de padres en medios de formación, las reuniones con los preceptores y tutores, entregas de notas; así como los cursos de orientación familiar o retiros para padres, profesores o antiguos alumnos, hasta bien entradas las horas de la tarde-noche.

El bachillerato nocturno nació en 1967 al tiempo que el diurno como una iniciativa pionera que facilitó el acceso al bachillerato a grupos de población trabajadora que no tenían a su alcance otro medio de promoción. En el bachillerato nocturno, empleados y obreros acudían por la tarde‑noche para alcanzar el título que no podían conseguir más que con esa oportunidad. En este relato, seguimos literalmente el recuerdo de José María García Blanco que fue jefe de estudios de la sección nocturna de bachillerato. «Desde el primer año académico, se implantó la modalidad de bachillerato nocturno, contemplado en la legislación educativa, y que respondía claramente a una demanda que no estaba cubierta en el área de influencia de Altair: el acceso al bachillerato elemental y superior de aquellas personas que se habían incorporado al mundo laboral, lo que les impedía la asistencia regular en horario diurno».

La composición del alumnado era muy variada –explica José María–. «Un grupo mayoritario lo formaban alumnos que se habían incorporado muy jóvenes al trabajo, tan pronto como se lo permitía la legislación laboral. Algunos habían comenzado el bachillerato en régimen diurno y habían tenido que abandonarlo porque sus familias necesitaban más ingresos. Normalmente eran aprendices, auxiliares de banca, o ayudaban en pequeñas empresas familiares. Un segundo grupo estaba compuesto por alumnos algo mayores, que necesitaban el título de bachiller para la promoción interna dentro de su profesión o empresa. Destacaban en este grupo los suboficiales del ejército o los empleados de multinacionales. Un tercer grupo, más heterogéneo, lo componían los interesados por la titulación para acceder a la Universidad, los que simplemente pretendían ampliar sus conocimientos por si en un futuro lo necesitaban, y otras personas con muy diversas circunstancias. Los horarios eran heroicos. En los primeros cursos las clases comenzaban a las siete de la tarde y terminaban a las once de la noche, de lunes a viernes. Y esto para personas que venían de su trabajo, porque era condición necesaria para matricularse en nocturno que el alumno acreditase una actividad laboral remunerada».

Continúa José María García describiendo al profesorado: «La unión entre la preparación académica y el componente vocacional era especialmente importante para unos profesores que debían afrontar retos como aunar la comprensión ante las dificultades para conseguir tiempo de estudio con la necesidad de mantener un nivel académico adecuado, o la de lograr la atención de los alumnos a las once menos cuarto de la noche. En algunos casos, el componente vocacional fue tan fuerte que algunos –y el plural no es retórico– que tenían una actividad profesional aparte, renunciaban a su sueldo o lo entregaban como aportación al Patronato de Altair» [2].

«El bachillerato nocturno nació, como hemos dicho –apunta José María–, para atender unas necesidades que fueron desapareciendo con el paso del tiempo. La edad de incorporación al mundo laboral aumentó, por lo que ya los alumnos no podían abandonar los estudios en régimen diurno para trabajar. Y creció la oferta de estudios nocturnos en los entonces institutos nacionales de enseñanza media. Desapareció el bachillerato elemental; y el superior se transformó en BUP y COU. Se regularon nuevas formas de incorporación a la enseñanza universitaria para mayores de veinticinco años. Todo ello cuestionaba la oportunidad de mantener unas enseñanzas cuya demanda había decrecido notablemente. Por ello podemos afirmar que el bachillerato nocturno se extinguió de un modo natural» [3]. En parte por eso, al final de dicha década, cuando la educación pública cubrió esas necesidades, Altair consiguió liberar las plazas dejadas por esta enseñanza para atender las más que necesarias de la recién iniciada EGB y el BUP-COU.

Sólo bien entrados los años setenta, el Instituto Martínez Montañés, a medio camino entre el centro de la ciudad y Su Eminencia, recogería el testigo de Altair. Fernando Ramos, antiguo alumno y después profesor de EGB, refiere que llegó a Altair precisamente porque el único centro de bachillerato nocturno que existía en esos años era el lejano Instituto San Isidoro. Efectivamente, la distancia entre este y Altair era inmensa y el vacío casi insalvable. Entre las anécdotas curiosas –la vemos incansablemente repetida por numerosos protagonistas y referencias–, recuerda haber ido a matricularse y llenarse de fango en la entrada, y luego, a lo largo del curso, el aprendizaje para no pisar los charcos y el barro de la entrada y sus aledaños. Fuera de esos recuerdos anecdóticos apunta percepciones muy significativas: «Desde el principio me llamó la atención la proximidad que tenían los profesores de Altair con nosotros: siempre estaban atentos a ayudar, a escuchar. Me empezaron a sorprender algunas cosas, como que los profesores me llamaran por mi nombre, cosa a la que yo no estaba habituado. Comprobé que existía una gran familiaridad entre mis compañeros y los profesores, siempre dentro de un respeto mutuo. En los tres cursos que estuve en el nocturno, aprendí el valor del esfuerzo y del trabajo bien hecho. La mayoría de mis compañeros eran de los alrededores y de los barrios cercanos a Altair y compaginaban el trabajo con el estudio; había algunos mayores, varios de los cuales estaban casados, tenían hijos… y estudiaban a mi lado. Este esfuerzo de mis compañeros favoreció que valorara más el trabajo.

En el cariño y la entrega del profesorado percibí la preocupación por las personas, por su dignidad, sin discriminar a nadie, empezando por dirigirse al alumno por su nombre y respetándolo como un igual, sin aspavientos o frases grandilocuentes, por la escucha. Descubrí la entrega de esos profesores para la elevación del nivel profesional, humano y espiritual de todos aquellos que de un modo u otros se acercaban al entorno del colegio. Posteriormente me enteré que uno de esos profesores entregaba todo su salario a Altair para colaborar en las ayudas que prestaba a algunos alumnos. Este profesor, aunque no compartía el ideario de Altair, se daba cuenta del bien que desarrollaba en los barrios que estaban a su alrededor dando la posibilidad a esos vecinos de mejorar su formación humana, espiritual y profesional» [4].

[1] Cfr. “Cuadro general de estudios de Altair”, en Boletín de Altair, nº 12, mayo de 1977, p. 3.

[2] Este dato que aporta José María García, lo refiere también Fernando Ramos; y el nombre del profesor, viene confirmado por José María Prieto en su Recuerdo.

[3] Recuerdo de José María García Blanco, 4 de diciembre de 2016.

[4] Recuerdo de Fernando Ramos Gómez, 13 de junio de 2016.

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