A un nuevo edificio, un nuevo estilo pedagógico

El nuevo edificio parecía representar el nuevo estilo pedagógico al que Altair aspiraba. Las siguientes palabras de José María Prieto, primer director de Altair, en la mesa redonda celebrada en 1992 en la conmemoración del veinticinco aniversario de Altair pueden encuadrar las prioridades que se plantearon los promotores de aquella aventura que empezaba a consolidarse. Algunas ideas al principio fueron intuiciones, pero acabarían conformando ese estilo peculiar de Altair. «Entre ellas –decía José María Prieto– la de que el alumno es un ser humano, es una persona concreta y real a la que se debe querer y respetar. También la idea de desarrollar todos los aspectos de la personalidad: espiritual, intelectual, emocional, corporal, especialmente el deporte. Siempre hubo la intuición de que el deporte era muy bueno. Y junto con el deporte, la creatividad. Teníamos la intuición de que había que inventar ideas nuevas, cosas nuevas, situaciones nuevas». Prieto rememoraba en aquella ocasión y hacía hincapié en la novedad substancial del estilo pedagógico de Altair, el principio cristiano de la libertad de los hijos de Dios: «La fuerza que durante 25 años ha impulsado este centro ha sido la convicción de que todos los hombres son iguales, de que cada hombre tiene un valor infinito y único y de que todos los hombres son hijos de Dios y esto lleva consigo una idea de libertad, de desarrollar al máximo el poder ser de cada uno concebido como estar libre de egoísmo, de comodidad, de hacer daño a otros e ir convirtiendo la libertad en donación, en entrega, en ayuda, en vivir en sacrificio, es decir en homenaje del hombre al hombre y ampliar el horizonte y el compromiso con los demás, con la sociedad» [1].

Son clases pensadas para que la enseñanza sea muy activa, para que el profesor sea, casi, uno más entre los alumnos, que destaque un poco por el nivel de la tarima (Archivo histórico de Altair).

En este nuevo estilo destacaba la participación efectiva y democrática de los alumnos con los profesores en las tareas de gobierno a través de los distintos órganos: delegaciones o consejos y asambleas de curso; alumnos secretarios; profesores delegados o encargados de curso; y preceptores de alumnos, etc., de tal manera que unos y otros sintieron desde sus inicios a Altair como algo propio. La participación en la dirección estaba canalizada a través de los departamentos. Según relata José María Prieto: «La labor de los departamentos fue impresionante: los departamentos se reunían […] y la gente estaba muy dispuesta a trabajar con las cartas boca arriba: el hacer una programación junta, discutir los resultados en los distintos grupos» [2]. En la sala de profesores, a disposición y a la vista, abierto a la consulta y participación de todos había un cuaderno de propuestas y toma de decisiones.

En el informe anual del centro del año 1970 se puso de manifiesto que en Altair una idea básica es educar en la libertad, y por múltiples caminos se intentó alcanzar este ideal, cuya realización tuvo consecuencias interesantes, como fue la organización de los consejos de curso [3]. «En el curso 1969-1970 con los alumnos de 3º de bachillerato se ha iniciado, fomentado por la dirección, permitiendo que usen uno de los clubes para sus reuniones, una nueva institución escolar: el consejo de curso, formado por siete alumnos elegidos por sus compañeros, que se reúnen semanalmente para tratar asuntos escolares y promover sugerencias a la dirección del centro sobre posibles mejoras. –Y menciona el informe alguna de esas sugerencias–: Entre los acuerdos tomados está el proponer una consigna para que no grite la gente por los pasillos; y el de hablar seriamente con un profesor sobre la marcha de la clase» [4].

Dentro de dicho estilo pedagógico que se propuso conseguir en Altair, hubo la preocupación de evitar el ambiente de castigo. Así lo expresaba un alumno al periodista del Diario Madrid en 1968: «Aquí estudio en serio –me decía Alfonso P. M., un alumno de trece años de edad, con quien estuve charlando un rato a la salida de clase–. Me gusta porque aquí uno dice la verdad, y en vez de castigarle, le ponen un positivo. Porque tengo buenos amigos y porque está prohibido el chivateo» [5]. Los castigos físcos no eran infrecuentes en algunos colegios o institutos. No así en Altair, como aclara Miguel Ángel Macho, alumno en 1971 y administrativo desde 1978 hasta hoy. Miguel Ángel recuerda con cariño aquellos primeros años «cuando entré como alumno en 5º de EGB: porque en el colegio que estudiaba antes se usaba la palmeta con la cual se castigaba al alumno por cualquier cosa que no gustara al profesor, además de otros castigos físicos, como poner de rodillas, aguantar libros sobre las manos con los brazos extendidos, etc. Y en Altair no había nada de eso, me dio sensación de paz. ¡No había miedo! Viví unos años felices como alumno» [6].

Este espíritu de respeto a los alumnos lo destacaba con admiración un padre de alumno del primer año de Altair: «Hombre, aquí ha llegado el caso de un niño saber que ha cometido una falta y levantarse el profesor y el niño éste (esto le ha pasado inclusive también a mi hijo) y llegar a encogerse como creyendo que le van a pegar. Encogerse como diciendo: ya lo tengo encima. Y sin embargo me dice: Papá, ahí no pegan. Con buenas palabras me han hecho ver…. Ya quiere decir algo eso, ya quiere decir algo» [7] –apostillaba el padre–. Subrayando esta idea, José María Prieto añade: «Ellos [los alumnos] percibían que se tenía la confianza; tenían la creencia de que ellos valían algo, que valían para alguien. Eso es lo fundamental de la educación. Altair hizo una labor de transmitir que el alumno no es un matao sino que es una persona a quien había que respetar. Las criaturitas estas habían estado en las migas. Cuando te acercabas y ponían así el brazo –hace Prieto un gesto como defensivo– con la reacción instintiva de que cuando se acerca un  profesor o un mayor es que nos van a dar» [8].

El mismo estilo educativo llevó a crear un clima de libertad responsable. Esto se buscaba por medio de los consejos de curso elegidos por los mismos escolares para solucionar sus propios problemas; «encargándoles, por turnos, la realización concreta de pequeños detalles que exige todo centro docente y por medio de las relaciones preceptores-alumnos, para que estos consulten sus cuestiones de estudio, asignaturas, etc., en un diálogo que obliga al respeto máximo a la opinión del muchacho, su persona, intimidad y su propia libertad. Con todo esto, tratan de conseguir, nada menos, que la formación integral de los alumnos» [9].

La opinión y las propuestas de los alumnos eran atendidas por medio de un buzón de sugerencias de la clase. Según manifiesta el director: «el buzón de sugerencias está pensado para que los chicos puedan desarrollar al máximo su personalidad, de manera que no se sientan coartados por nada, impulsándoles a expresarse libremente. El buzón es donde los chicos echan notas, y después se les contesta a lo que proponen: estos papeles pasan a la junta del curso, regida por los propios alumnos y formada por ellos mismos y que, sin asistencia del profesor, se reúne para discutir los asuntos que plantea la sugerencia. Una vez estudiada, la pasan al profesor delegado [tutor] del curso y la ven durante la asamblea [delegación] del curso, en la que se discuten las cosas generales de organización, etc. Esto se les va enseñando poco a poco, de manera que se pueda desarrollar una mentalidad democrática» [10].

Paulino Torres en el año 1977, tras asistir a un curso en la Universidad de Navarra, donde explicaron la participación que iban a tener los padres y los alumnos en un futuro próximo en el proceso educativo, ilustra cómo formalizaron los consejos de curso: «Los alumnos habrían de elegir entre ellos unos representantes. Nos reuníamos una vez a la semana y la función que debían desempeñar, todo bajo mi tutela, eran entre otras: analizar las actuaciones buenas y menos buenas de los compañeros, falta de orden, de laboriosidad, de compañerismo, puntualidad… y de imponer la sanción o premio que correspondía en cada caso. Elaborar el orden del día de los temas a tratar en las delegaciones. Efectivamente, la delegación de curso era el complemento necesario al consejo de curso. –Como apuntaba Paulino–: La delegación era una sesión entre el profesor delegado de curso y los alumnos, dedicada a analizar las dificultades encontradas a lo largo de la semana, buscar medidas para paliarlas y ensalzar los aciertos habidos. Llegar a acuerdos tomados unánimemente para que la clase funcionase lo mejor posible. Una vez llegado a un acuerdo, se adquiría el compromiso de cumplirlo tanto por parte del delegado del curso como por la de los profesores» [11].

El respeto a la libertad y el fomento de la responsabilidad han sido notas distintivas de Altair desde el primer momento –así lo confirma José María García Blanco en referencia a los alumnos del nocturno–: «Esto se manifestaba, de un modo especial, en el nocturno. Si con  los alumnos del diurno había que trabajar para que incorporasen estos valores, podría decirse que los del nocturno los traían puestos. Normalmente, la decisión de matricularse en una enseñanza que exigía un gran esfuerzo por su parte había partido de ellos mismos, lo que hacía innecesario recordarles la importancia de la asistencia regular a clase o de mantenerse al día en las materias. Existía además un fuerte espíritu solidario que los llevaba a organizarse de modo que si alguno perdía el ritmo por circunstancias laborales o de salud, sus compañeros procuraban mantenerlo al día, facilitándole apuntes, estudiando con él o buscándole ayuda externa. En cuanto al respeto a la libertad –recalca José María–, tuve la ocasión de experimentarlo muy directamente en los dos cursos en los que fui jefe de estudios, entre 1975 y 1977, los primeros años de la Transición. No eran pocos los alumnos que habían decidido su adscripción política o sindical, pero nunca se dieron enfrentamientos personales ni alteraciones del normal funcionamiento de los cursos. La actividad propagandística –que se daba– quedaba aparcada a la entrada del centro hasta la salida.

Antonio Gutiérrez, director del centro en esos años, en un artículo hablaba –rememora José María– de la alegría como una de las notas distintivas de Altair. Resultaba sorprendente como esta reinaba en las aulas, pese a la dureza de la situación académica y laboral. Todos, alumnos y profesores, éramos conscientes de que nuestro esfuerzo tenía sentido, de que nuestro trabajo era una labor de promoción» [12].

Desde el principio, un aspecto esencial del proyecto educativo de Altair fue la educación en la libertad. Así se recoge en el libro Dos días en Altair en palabras de Manuel Álvarez Fijo, profesor de dibujo, jefe del departamento de Creatividad (ya el mismo título del departamento expresa una novedad y un deseo de renovación pedagógica): «Y además, la libertad en un sentido amplísimo: queremos conseguir que nuestros alumnos sean individuos responsables y libres. Personas preparadas para cualquier actividad que les toque en la vida. Y que en ella, sepan luchar por todo lo que es digno en el hombre, por los demás, por él mismo, por todo lo que le rodea». Precisamente sería en el departamento de Creatividad donde se plasmó de manera más evidente –más plástica– esa búsqueda de la educación en la libertad, como sigue diciendo Manuel: «De lo que se trata es de fomentar el espíritu de creatividad en un plano educativo, que es como plantearse toda una estructura ante la vida, ante las cosas que se vayan a hacer en el futuro, ante el estudio, ante la vida profesional que tengan más adelante. […] Pues no se les hace ninguna corrección, porque parto de la base de que el niño lo hace bien, porque lo hace como lo concibe. Lo único que yo hago es ayudarle sin corrección directa, a que descubra la realidad, que es lo que, a la larga, todos intentan producir. Que la descubran de acuerdo con el conocimiento que tengan del mundo. A mí lo que me interesa es fomentar en ellos el espíritu de observación hacia el mundo» [13].

José María Prieto definía recientemente ese nuevo espíritu de libertad y respeto a los alumnos, actitud que cobraba mayor relieve, precisamente por el condicionamiento social de los alumnos: «Nos lanzamos a la tarea de entusiasmar en la belleza a niños que estaban en la lejanía social. –Y refiriéndose al profesor Manuel Álvarez decía–: Era una fiesta prodigiosa verle transmitir la vibración de la creatividad y apreciar el resultado que era a la vez él mismo y la ingenua, tierna y anhelante mirada de los niños, aquellos niños de la carretera de Su Eminencia» [14].

Todo ello se apoyaba en unos ideales, verdaderos cimientos de Altair –su ideario y las finalidades educativas– que dieron solidez al proyecto. Estos ideales ya desde sus comienzos los expresaba el Proyecto Educativo de 1967: «Altair va configurando un espíritu: la libertad responsable como medio y fin de la formación y el aprendizaje. En un ambiente grato, familiar y atrayente, las relaciones profesor/alumno/familia rehuyen tópicos deformadores (disciplina, coacción, distinciones, memorismo, rutina) e intentan ser desarrolladas en la confianza, la sinceridad, la responsabilidad e iniciativa personal, el autogobierno, el trabajo en equipo, etc., como formas auténticas del desarrollo de la personalidad. Además, nuevas técnicas audiovisuales y didácticas se incorporan habitualmente al proceso de enseñanza» [15].

Igualmente, desde el punto de vista didáctico, José María Prieto explicaba que en el nuevo edificio, «la transformación de las clases resulta evidente. Son clases pensadas para que la enseñanza sea muy activa, para que el profesor sea, casi, uno más entre los alumnos, que destaque un poco por el nivel de la tarima. Pero todos están muy próximos al profesor, de forma que pueda haber una especie de coloquio continuo» [16]. Los clubes –como espacios educativos del tiempo libre– para los que se reservaron despachos en el edificio nuevo –así lo confirma José María Prieto en Dos días en Altair– eran una particular expresión del carácter innovador de la pedagogía que impulsaba Altair. Estas actividades complementarias y extraescolares (periodismo, teatro, modelado artístico, electrónica, etc.) en las que participaban libremente los alumnos, eran toda una novedad educativa en esos años y en el ambiente social de las familias de Altair [17].

La mirada retrospectiva descubre un hecho que quizá no fue patente en esos momentos: la revalorización de tres asignaturas consideradas menores y conocidas popularmente como marías: la Gimnasia, el Dibujo y la Religión. Seguramente no hubo una intención planificadora en ese sentido, quizá no se buscó, pero el hecho cierto y evidente es que a través de esas materias en Altair se encontró un campo magnífico e inédito de educación. Fue una evidencia que, sin relegar a un segundo plano las materias troncales, estas asignaturas experimentaron un desarrollo extraordinario.

La Gimnasia, concebida como Educación Deportiva con mayúsculas, como así se llamaría años después en los programas y nuevas leyes de educación, cuando en Altair ya eran una realidad viva. Gracias a profesores insignes y pioneros como Agustín Álvarez o José Emilio del Pino tuvo en Altair una atención prioritaria; y de ella nacería la fecunda Escuela Deportiva.

El Dibujo, entendido como Creatividad, permitió desarrollar y desplegar la expresión libre e intuitiva gracias al impulso de profesores acreditados como Manuel Álvarez Fijo o Juan Suárez. El departamento de Educación Plástica ha estado dirigido durante las últimas décadas por Rafael Hidalgo quien en el desempeño de su trabajo ha desarrollado una enorme creatividad –no en vano este es uno de los rasgos que definen su personalidad–. A lo largo de estos años, gracias a su impulso, el área plástica ha alcanzado un enorme nivel de imaginación y de realización de proyectos sorprendentes y espectaculares, como aquel sobre el Sistema Solar por el que los alumnos fueron premiados con un viaje a Eurodisney [18]

Y la Religión, asignatura que necesariamente en Altair adquirió tempranamente un alto nivel pedagógico gracias a las iniciativas didácticas aplicadas en el departamento de Religión que, en palabras de José María Prieto, impulsó don Manuel Gordillo poniendo las bases didácticas de este departamento a través de sus numerosos escritos y técnicas pedagógicas aplicadas a la enseñanza de la Religión [19].

Efectivamente, en cualquiera de sus departamentos, en los que trabajaron profesores de probado prestigio, se pusieron en práctica novedosas técnicas educativas. Los alumnos de Altair estaban siempre entre los ganadores en todos los concursos: deportivos, literarios, artísticos en los que concurrían. Temprano ejemplo de este hecho fue la clasificación individual del equipo de gimnasia deportiva de Altair, que participó en las modalidades de ejercicios de suelo, salto de caballo, paralelas, barra fija y potro con arcos en los Juegos Deportivos de Otoño de 1970. En ellos, Manuel Bautista, futuro profesor de Educación Física, consiguió la medalla de oro, José Antonio Navarro la medalla de plata y Manuel Jiménez la medalla de bronce [20].

Entrega de premios de pintura en la Exposición Internacional de Arte Infantil, patrocinada por el Goethe Institut de Munich (Archivo histórico de Altair).

Como botón de muestra del incuestionable prestigio alcanzado por Altair en sus pocos años de existencia fue la exposición promovida por el Goethe Institut de Munich y celebrada en Altair a lo largo del mes de diciembre de 1970 [21]. Justamente, el edificio nuevo albergaría esta importante muestra internacional, bajo el título Kinder sehen; kinder malen, Niños ven; niños pintan, estaba compuesta por treinta y seis cuadros premiados en la Expo Mundial de pinturas infantiles celebrada en Munich en 1966. Como una muestra itinerante de noviembre de 1970 a enero de 1971 recorrió, además de la mencionada de Altair en Sevilla, las ciudades de Valencia, Bilbao y Granada. Junto con estas obras se exhibieron los trabajos seleccionados entre los presentados por los centros docentes sevillanos al concurso [22]. La categoría de este evento vino a confirmarse desde los primeros momentos a la vista del esmerado cuidado con que llegaron los cuadros embalados en tres cajas metálicas: en cada caja 12 pinturas infantiles y catálogo con suplemento en castellano. Esto, que en los museos de renombre es hoy algo común, era algo insólito en aquellos años, y más si tenemos en cuenta que dicha exposición se celebraría, al fin y al cabo, por muy premiado que fuera el edificio, en medio de un descampado y en el extrarradio de la ciudad. Por lo demás, la notoriedad del certamen se puso de manifiesto por la importancia y relevancia de las personalidades de las artes que constituían el tribunal [23]. Concurrieron alumnos de numerosos centros educativos de Sevilla y de Andalucía. Simultáneamente a esta exposición se celebró en paralelo otra muestra de arte infantil en el Instituto San Isidoro. Que Altair se viera equiparado por este acontecimiento con los centros educativos de más prestigio de Sevilla fue todo un espaldarazo en la opinión pública.

Por todo lo cual, Altair fue desde sus comienzos un centro de referencia por sus avanzados métodos pedagógicos. Además con el tiempo, Altair estaría en vanguardia y sería pionero de grandes proyectos formativos: departamento de Orientación, Escuela Deportiva, Escuela de Empresarios, Orientación familiar, etc. En la plantilla de los primeros años hubo profesores de enorme prestigio y de gran diversidad o pluralidad ideológica, muchos de los cuales alcanzarían cátedras en la Universidad, en la enseñanza media, o en el mundo de la cultura a nivel nacional [24].

La libertad y la responsabilidad fueron principios medulares en los modos educativos desde los primeros años de Altair. Los alumnos veían la educación como algo suyo y participaban en la vida diaria del centro a través de los encargos de clase. Gracias a su encargo, el alumno asumía por turno, la responsabilidad de un mejor funcionamiento de la clase y se sentía integrado en el grupo. Prieto explicaba en 1968 cómo «los alumnos, en régimen de libertad responsable, se turnan en la ejecución de cometidos tales como abrir y cerrar, recoger los papeles, tener limpios los encerados, etcétera. En un clima de alegría, con evitación de castigos, los niños ven en sus profesores a sus mejores amigos» [25].

Y Manuel Guillén hacía otro tanto cuando describía el funcionamiento de los encargos en los cursos de administrativos, en los que había alumnos mayores, incluso muy mayores: «En el curso de administrativos, también hay un encargado de borrar la pizarra […].  Además, de hecho, lo hacen encantados y les gusta y lo entienden perfectamente, porque se les explica primero el motivo, y se les hace entender que el asignarles el encargo no es una carga, sino que es una deferencia que se tiene, porque se confía en que van a sacarlo bien; que es para facilitar la convivencia, que es para ayudar a su formación completa… De hecho, reaccionan igual que un chaval pequeño. Yo diría que incluso mejor, porque lo hacen con más conciencia» [26].

Altair nació con un claro sentido participativo y de servicio. Este espíritu impregnaba los valores educativos inherentes a su ideario y así, la participación se entendía como un modo de servicio al bien común. De acuerdo con esto, los encargos fueron desde sus inicios algo esencial a la pedagogía de Altair. Ciertamente, uno de los cauces de colaboración para el buen funcionamiento del grupo eran los encargos de clase. Los alumnos participaban democráticamente en la elección de sus representantes y como encargados colaboraban a su nivel en el funcionamiento del centro. En cada grupo había diversos encargos electivos (secretario, subsecretario, vocales) o rotatorios (orden, pizarra y tizas, luces, puerta y ventanas, etc.) con los que todos los alumnos participaban en el desarrollo de las clases.

Para entender esta colaboración, reproducimos el vivaz diálogo sobre los encargos entre tres alumnos de 3º de bachiller (Ángel Medina, Miguel López y Manuel Romero) con el autor del libro Dos días en Altair: «–¿Tenéis encargos en las clases? ¿En qué consiste? –Sí. Además yo veo muy bien esto de los encargos, porque, por ejemplo, uno se encarga de la pizarra, que quede limpia. Otro de las luces. Cuando se acaba, pues se apagan las luces; o para encenderlas cuando hace falta. Otro de la puerta, para que no dé portazos. Las ventanas, para que no estén cerradas cuando es necesario que estén abiertas. El orden, porque todavía… aunque ya somos un poco mayorcitos, ¿no? pero todavía se mete la pata… Los vestuarios, los aseos, los bebederos… En fin, encargado de material: cuando se va a repartir un ejercicio, pues no se hace que el profesor vaya mesa por mesa repartiéndolo, sino que se nombra un encargado que lo hace. Estos son encargos que se acaban más o menos en quince o veinte días, dos semanas» [27].

Entre los encargos, el de más responsabilidad era el secretario de curso. Alguien podría entender que la figura del secretario se correspondía con aquella, común en las aulas universitarias, del delegado de alumnos. Ese cauce participativo, que era una excepción en los niveles de enseñanza media, se estableció en Altair desde un principio con un valor puramente educativo. No se trataba tanto de un representante de los alumnos ante los profesores como de un encargo, dentro de la línea pedagógica de Altair, de participación en el buen funcionamiento del grupo y del centro en general. Era un modo de canalizar la preocupación por los asuntos comunes y de servicio a sus compañeros; un modo de participación democrática en las soluciones a los asuntos ordinarios de los alumnos. Vemos cómo lo explican estos alumnos: «Después hay encargos que duran hasta cuatro o cinco meses, que son el secretario y el subsecretario. El secretario se nombra para la asistencia a clase; al que falta, lo anota. El subsecretario también se encarga de las sugerencias que hay en las clases. –¿Y quién los elige? –El secretario lo elegimos nosotros, cada curso tiene uno. –¿Cómo se elige? –Se elige por votación el secretario, el subsecretario y cinco vocales, que se dedican a las sugerencias. Se reúnen quincenalmente y van seleccionando las sugerencias que haga el curso. –Interviene otro– Y si el delegado de curso lo cree necesario, pues lo lleva a la reunión de profesores» [28].

El alumno secretario de curso tenía una particular responsabilidad: asistía a las reuniones de evaluación del claustro, en las que participaba comunicando los problemas que encontraban sus compañeros, exponiendo la perspectiva de los alumnos y dando soluciones positivas. Su participación era un verdadero compromiso en favor de los alumnos para la mejora del grupo. Además, qué duda cabe, ejercía una influencia muy positiva y enriquecedora en el propio profesorado. Era un medio de formación personal y colectivo, y un cauce de participación democrática pionero en su tiempo y hasta hoy distintivo de Altair.

El auxiliar era un encargo de colaboración en el funcionamiento del centro (Archivo histórico de Altair).

A estos encargos se añadía uno esencial en la fisonomía de Altair: el auxiliar de día. El auxiliar, en sentido estricto, era un encargo de todo el centro, no de un curso o aula. Su presencia ha sido durante decenios toda una figura benemérita en Altair. El auxiliar era un alumno que por turno diario (de ahí el nombre de auxiliar de día) ayudaba al conserje en su labor de enlace y comunicación con los diversos profesores y aulas. En 1978, Florencio y César, dos alumnos de FP explicaban su tarea de auxiliar y comentaban la importancia de su encargo como un medio de formación inherente a Altair: «Es fácil, sabiendo lo que hay que hacer. Sólo hay que seguir la carpeta de instrucciones que está hecha, y ya es fácil. Ahí te indica dónde están los profesores… Todo, vamos. Durante algún tiempo uno está de responsable. Se sacan muchas experiencias y cuando uno se está de responsable de una cosa se aprende a valorarla» [29]. El auxiliar era un encargo de colaboración en el funcionamiento del centro, indisolublemente unido a la tarea del conserje: en los primeros años, del inolvidable Luis Calvente, en el edificio nuevo. Cuando se construyó el edificio central y la conserjería se trasladó a este, la vinculación entre conserje y su auxiliar desapareció. Además se instituyó este encargo en otros edificios y secciones (EGB, BUP‑COU y FP) lo que hacía imposible su primigenia funcionalidad de colaboración conserje‑auxiliar [30].

[1] “José María Prieto”, en Boletín de Altair, nº 29, septiembre de 1993, p. 4.

[2] Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de  2016.

[3] Cfr. Ángel Ramírez, El consejo de curso como medio de formación, Gaztelueta, 1961.

[4] “Educación de la libertad”, en Informe sobre el curso 1969-1970, mayo de 1970, p. 2. Las consignas eran propuestas de objetivos educativos sencillos y directos –hechas por el consejo de curso, entre los propios alumnos– que se planteaban regularmente y se dejaban a la vista en la pizarra, como los siguientes: prohibido cruzar por el campo; llamarse por el nombre sin el delante; jugar sin empujarse ni pelearse; hablar sin gritar; no gritar por los pasillos, etc.

[5] Jesús Carnicero, “Altair, un ambicioso proyecto de promoción obrera”, en Diario Madrid, 29 de febrero de 1968, p. 6.

[6] Recuerdo de Miguel Ángel Macho López, 18 de febrero de 2017.

[7] “Cuatro padres de alumnos”, en Dos días en Altair, p. 108.

[8] Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de  2016.

[9] Jorge Manosalvas, “Altair, Presente y futuro de una realidad social”, en Diario Madrid, 17 de diciembre de 1967.

[10] “José María Prieto”, en Dos días en Altair, p. 18.

[11] Recuerdo de Paulino Torres Torres, 6 de julio de 2016. El delegado de curso era el nombre con que se denominaba al profesor encargado del curso, lo que actualmente es el tutor del curso.

[12] Recuerdo de José María García Blanco, 4 de diciembre de 2016.

[13] “Manuel Álvarez Fijo”, en Dos días en Altair, pp. 45-56.

[14] José María Prieto, “Manuel Álvarez Fijo, Réquiem por un pintor”, en ABC de Sevilla, 3 de agosto de 2010, p. 65.

[15] “Proyecto educativo de 1967”, en Boletín de Altair, especial memoria del curso 1995-1996, septiembre 1996, p. 2.

[16] “José María Prieto”, en Dos días en Altair, p. 18.

[17] Cfr. “El club de Periodismo comienza sus actividades”, en Boletín de Altair, nº 1, abril de 1970, p. 2. /  “José María Prieto”, en Dos días en Altair, p. 22.

[18] Cfr. “Cuatro profesores que valen más que el oro”, en Altair al día, nº 3, diciembre de 1997, p. 2.

[19] Cfr. Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de  2016.

[20] Cfr. “Tres medallas para alumnos de Altair”, en Boletín de información de Altair, nº 3, octubre de 1970, p. 2.

[21] Manuel Olmedo, “Exposiciones sevillanas, Arte infantil”, en ABC de Sevilla, 26 de diciembre de 1970, p. 28.

[22] Esta combinación de exposición internacional y concurso de centros sevillanos fue una condición del Goethe Institut organizador. Cfr. “Premios del concurso de pintura infantil del Instituto Altair”, en ABC de Sevilla, 19 de diciembre de 1970, p. 66.

[23] “Exposición de arte infantil”, en ABC de Sevilla, 17 de diciembre de 1970, p. 58. Compusieron el jurado del concurso don José Hernández Díaz, don Antonio Sancho Corbacho, don Alberto Balbotín, don Rafael González Sandino y don Santiago del Campo.

[24] Cfr. Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de  2016.

[25] José Navarro, “El Instituto Altair, futura solución docente para varias barriadas obreras”, en El Correo de Andalucía, Sevilla, 17 de enero de 1968.

[26] “Manuel Guillén”, en Dos días en Altair, pp. 120-123.

[27] “Tres alumnos”, en Dos días en Altair, p. 67.

[28] Ibidem.

[29] “El Auxiliar de día”, en Boletín de Altair, nº 13, junio de 1978, p.10.

[30] Hoy, la LOGSE y su estricta normativa por la que el alumno ha de estar escolarizado permanentemente en el aula, y la casi total restricción a que salga de ella, han hecho impensable la figura tan emblemática del auxiliar.

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