El club juvenil Viar

Si mantenemos en nuestro imaginario el nombre de Altair como el centro de la constelación a la que da nombre, tanto en la constelación como en el propio Altair hay más estrellas. Siguiendo la imagen, no podemos olvidar otros astros que con luz propia han surgido al lado de Altair. Entre ellos cabe destacar por su importancia los clubes juveniles, iniciativas que merecen páginas propias en el estudio de este medio siglo.

Cuando intentábamos comprender qué fue primero en Altair,  si el Centro Educativo o la Escuela Deportiva, citábamos al club Viar. Porque no podíamos olvidar que Viar fue como ese indispensable tercer lado de un triángulo educativo. Viar fue el germen de la Escuela Deportiva y fue también un complemento imprescindible en la formación extraescolar que Altair brindaba y quería irradiar desde los mismos barrios de su entorno.

De entre los clubes juveniles de Su Eminencia, el primero y simultáneo al propio Altair fue el club deportivo Viar. Ángel Medina nos relata cómo llegó a conocer Viar en 1970: «Somos ocho hermanos y es fácil imaginarse los esfuerzos y sacrificios de mi madre y de mi padre en la Sevilla de los años sesenta para sacarnos adelante. Mi padre era maestro de escuela primaria y después de las clases trabajaba como practicante, lo que ahora se llamaría enfermero. Vivíamos en una barriada modesta de Su Eminencia, con las estrechuras propias de tantas familias numerosas. Los cinco niños dormíamos en una misma habitación, que mi padre usaba por las tardes como consulta de enfermería. En 1967 había comenzado un colegio, en un descampado que había cerca de mi casa. Fui a estudiar allí. Yo no sabía nada del Opus Dei hasta que un día fui a al club Viar, más que nada, por curiosidad. Y cual fue mi sorpresa cuando me encontré allí con uno de mis hermanos y con bastantes compañeros de clase. Eso me animó, y aunque aquel centro quedaba algo lejos de mi casa, volví los siguientes días para estudiar, porque en casa, con tantos hermanos, no había sitio para eso [1]. Pasé muchas horas en la sala de estudio de Viar y me encantaban las excursiones y las tertulias musicales que se organizaban. Era un ambiente muy sano: se respiraba alegría. Mas adelante decidí asistir a una charla de formación cristiana. Todo aquello me atraía mucho y fui aprendiendo a ofrecer las horas de estudio a Dios y a hacer un rato de oración cada día: leía puntos de Camino, que me servían para rezar. Y comencé a animar a mis amigos a acercarse a Dios. Fue el comienzo de una gran aventura» [2]. La relación de Ángel Medina con Altair venía de lejos, del mismísimo año 1970. Ángel era uno de los tres alumnos que intervinieron en el libro Dos días en Altair. Hoy es preceptor y como tal colabora en los ciclos superiores de FP. Cuarenta años antes de la publicación de estos recuerdos, en 1967, el mismo Ángel Medina, en el libro Dos días en Altair explicaba las razones que le llevaron primero a estudiar en un aula del propio Altair y luego en la sala de estudio del club Viar: Puesto que en casa, con el ruido de mis hermanos no se puede estudiar. Allí, en un aula de Altair, a él y otros dos compañeros, los sorprendió el autor del libro y les hizo la entrevista que recoge el libro [3].

Esta experiencia podría ser la de tantos alumnos de Altair y de otros colegios del barrio –se cuentan por miles– que participaron en las actividades formativas del club cultural y deportivo Viar. Porque, como decía en 1976 Carlos Hidalgo, directivo del club: «Estos clubes, están abiertos a todos los chicos que quieran tomar parte en él. Diría incluso, que se fomenta el que vengan alumnos de otros colegios, e incluso gente que no está estudiando, ya que es una forma de que el positivo influjo de Altair llegue, ampliando el horizonte, a todos los chicos del barrio. Al mismo tiempo se benefician también los alumnos de Altair, al convivir de este modo con chicos de otros colegios. Los clubes juveniles –añadía Carlos– son la cristalización fuera del colegio, de ese enorme deseo de formar chavales, que late en Altair. Con autonomía y fines propios, buscan la formación del alumno, en otras circunstancias y actividades que son un complemento importante de la labor que se realiza en Altair» [4].

[1] El primitivo Viar estuvo en las proximidades de la Gran Plaza, posteriormente se trasladó a la calle Fray Serafín de Ausejo en el corazón de los barrios de Altair, entre San Ginés, Juan XXIII, Amate, Rochelambert, Los Pajaritos y La Candelaria.

[2] “Al recordar todos estos años…”, disponible en http://opusdei.es/es-es/article/al-recordar-todos-estos-anos/, 16 de mayo de 2007, consultado el 14 de febrero de 2015.

[3] Cfr. “Tres alumnos”, en Dos días en Altair, p. 62.

[4] “Altair es algo más”, en Boletín de Altair, nº 5, octubre de 1976, p. 8.

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