De clubes juveniles…

Los clubes juveniles fueron un recurso educativo propio e inherente a la pedagogía de Altair y nacieron al tiempo que las enseñanzas del centro educativo desde sus inicios. Ya estuvieron presentes en el Altair de Triana, nacido simultáneamente al club deportivo del mismo nombre radicado en la calle Condes de Bustillo, 9 [1]. Ya en Su Eminencia, y como forma de integrarse en el barrio e irradiar el afán educativo de Altair, surgieron varias iniciativas que madurarían y evolucionarían a lo largo de los años. Con este empeño de facilitar la formación humana y cristiana, deportiva y cultural, de estudio y aprovechamiento del tiempo libre, surgieron entre los años sesenta y noventa los diversos clubes: Viar, a medio camino de El Cerro del Águila y Los Pajaritos; Canal, en la barriada de Santa Aurelia, en los bloques de La Romería; Candilejo, en la calle Beatriz de Suabia, en Nervión; Targa, en la barriada del Trébol, al pie de Altair; y Tancal, en el corazón del mismísimo Cerro del Águila, posiblemente el barrio más castizo de entre los barrios de Altair.

Cada tiempo tiene su afán. A los clubes de los años sesenta acudían jóvenes de todas las condiciones, tanto estudiantes de diurno o nocturno como trabajadores y empleados. La diversidad de edades y circunstancias eran muy variadas. A los cambios sociológicos y económicos de los barrios de Altair sobrevenidos con el tiempo se unieron los cambios legislativos y la reestructuración de los estudios; y los clubes juveniles se adaptaron a estos cambios especializándose en las áreas de atención de los diversos clubes. Así lo explicaba Carlos Hidalgo: «En la actualidad, están en marcha tres extensiones: Viar –la más antigua–, sede social del club deportivo Altair, y lugar común por tanto de todos sus deportistas; Canal, por donde van los alumnos diurnos de Altair y de los colegios de la zona, con dos niveles, uno para alumnos de EGB y otro para BUP y COU. Por último, Targa puesto en marcha por los alumnos de cursos nocturnos, formación profesional y PPT» [2].

Los cambios, tanto en la legislación educativa como en las aspiraciones sociales no han dejado de producirse desde entonces. Si comparamos los gustos o las actividades de ocio actuales con las de aquellos años entenderemos mejor porqué también los clubes han evolucionado.  Los cambios de costumbres y la influencia de los medios de comunicación o los cambios tecnológicos han marcado decisivamente las formas de entender el tiempo libre.  Si echamos la mirada atrás y recordamos aquellas excursiones espontáneas de antaño que citaba líneas arriba Ángel Medina, –en las que los Melli, los hermanos Jesús y Antonio Rodríguez, aún estudiantes en la Universidad Laboral, iban al monte, según cuenta la leyenda, con chaqueta y corbata–, han pasado a ser actividades de senderismo para las familias, preparadas y programadas casi científicamente con GPS en las que participan niños y mayores. O aquellas peleas de piñas vanas en Villaverde sustituidas hoy por las batallas de paintball. Del mismo modo las actividades culturales de interclubes, como las jornadas técnicas, o las de medios audiovisuales o cinematográficas han adquirido un rango casi profesional y alcanzado un ámbito nacional. Estos cambios quedan bien manifiestos en este ejemplo que a modo de botón de muestra nos pone de relieve la evolución de los tiempos: como diría un clásico ¡cómo ha cambiado el cuento! Viene recogido en un boletín de Altair de 1984 donde se describen las diversas actividades de los clubes y hoy lo leemos no sin esbozar una sonrisa: «Informática es una actividad [donde] se estudian los fundamentos del BASIC y programación de ordenadores personales. Para ello contamos con un microordenador prestado por un antiguo alumno del colegio. Los alumnos disfrutan y aprenden cada día más con los juegos grabados en cassetes: se conectan al aparato y en la pantalla del televisor se visualizan las más apasionantes situaciones. Cualquiera puede competir con Niki Lauda y vencerle en los mejores circuitos automovilísticos» [3].

Mucho después, qué duda cabe que las actividades más vistosas son algunas como las que menciona el artículo de la revista de Altair del año 2007: «Entrenamientos de fútbol sala, cerámica, informática, etc., Todos los fines de semana se organizan también actividades extraescolares como gymkhanas, Romel&Montgomery, excursiones, senderismo, ajedrez, guitarra, informática y webmática, art-attack (manualidades), magia, warhammer (videojuego de estrategia en batallas online), seven-sports, raquetas, etc.» [4].

Pero nos equivocaríamos si viéramos estas actividades como lo central en la vida diaria de un club juvenil. De todas estas actividades, el Estudio (con mayúscula) es la actividad prioritaria en los clubes. La eficiencia en el estudio mejora a las personas: la constancia, el valor del silencio, la concentración, el orden, la puntualidad, el afán de superar las dificultades, la ilusión por terminar una tarea bien hecha…, todo eso forja buenos estudiantes, personas con virtudes y carácter. Por eso, el estudio constituye la actividad estrella en el club juvenil y es la actividad más importante a lo largo de la semana a través del estudio dirigido [5].

[1] Cfr. Recuerdo de Manuel Ferrer Pérez, 12 de septiembre de 2012.

[2] “Altair es algo más”, en Boletín de Altair, nº 5, octubre de 1976, p. 8. Carlos no menciona al club Candilejo, de la calle Beatriz de Suabia, que atendía jóvenes universitarios; ni  por supuesto, al club Tancal que se abriría en 1992.

[3] “El club juvenil, la alegría de ser pequeño”, en Boletín de Altair, nº 20, diciembre de 1984, p. 6-7.

[4] “Viar y Tancal”, en Boletín de Altair, nº 40, diciembre de 2007, p. 3.

[5] Cfr. “10 razones para estudiar en un club juvenil”, en Boletín de Altair, nº 39, abril de 2007, p. 12.

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