Una gran catequesis

Altair es una obra corporativa de la Prelatura Opus Dei. Como tal, es la Prelatura la que se responsabiliza y toma la iniciativa de la formación doctrinal religiosa del centro educativo. Y –con palabras de Monseñor Javier Echevarría, segundo Prelado del Opus Dei, que estuvo en Altair en abril de 2002–, «para usar una comparación que utilizaba frecuentemente san Josemaría, el Opus Dei no es más que una gran catequesis. Ofrece medios de formación cristiana y un acompañamiento espiritual personalizado a sus fieles y a las personas que participan en sus apostolados. Y son éstos los que con la naturalidad de su vida, de su amistad y de su conversación personal, dan a conocer la doctrina del Evangelio a sus familiares, amigos, colegas, vecinos…» [1].

Claustro de profesores en 1978 (Archivo histórico de Altair).

Por eso, Altair también es una gran catequesis. Todos los profesionales intervienen  en la medida de lo posible en esta tarea: desde el director hasta el profesor becario recién incorporado; desde la profesora del primer curso de infantil al tutor del último año de bachillerato; desde la limpiadora del edificio de primaria al preceptor del curso final de los ciclos profesionales. Todos tienen encomendada la misión de transmitir la vida cristiana por medio de su trabajo bien hecho y su ejemplaridad; mediante el trato amable y comprensivo con los alumnos y con sus familias y el respeto a la libertad de sus conciencias y a sus convicciones profundas. Los educadores de Altair procuran transmitir las virtudes cristianas unas veces a través de las palabras del profesor en clase, o por el adecuado enfoque de los contenidos y programas que así lo exijan; otras veces por su laboriosidad y espíritu de servicio en el desarrollo de su tarea profesional o de su ejemplaridad en el cumplimiento de los deberes profesionales. Desde el profesor recién graduado hasta el capellán, a todos se les encomienda la misma responsabilidad de formar en las virtudes cristianas a los alumnos. Pero qué duda cabe que en esta labor personal y colectiva de Altair son los capellanes los protagonistas prioritarios e insustituibles cuando se trata de la pastoral, la catequesis, la predicación y los sacramentos. Específicamente, son los capellanes los que llevan el peso de la acción pastoral y sacramental.

A cualquiera que visite Altair no se le escapa la presencia de los sacerdotes. Ya  porque su vestimenta lo proclama, ya porque recorren el colegio de un lado a otro conversando con los alumnos que se lo piden, y a la vista de todo el mundo. Cuántos padres y alumnos de Altair han sido acompañados espiritualmente por los sacerdotes, se cuentan por decenas de miles; y por centenares de miles los sacramentos facilitados, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía. A pesar de esta diligencia, su actividad es siempre una labor silenciosa y eficaz que no se puede publicar en las estadísticas.

En Altair han trabajado numerosos sacerdotes –muchos–, y se han sucedido tantos capellanes –la discreción de su labor impide mencionarlos– que sólo nos referiremos a don Manuel Gordillo, quien como dijimos páginas arriba puso las bases didácticas del  departamento de Religión [2]; y a don César Villalonga, piloto de cazas reactores, que venía de Inglaterra, admirado, querido, respetado… un auténtico prototipo de caballero [3]. «El director espiritual es parte importante del centro –afirmaba José María Prieto en 1970 refiriéndose a don César–. Porque en Altair queremos facilitar a los chicos y a sus padres todos los medios posibles para su formación espiritual. La verdad es que la mayoría de los padres tienen verdadero interés en que sus hijos reciban una buena educación cristiana, aunque a lo mejor ellos no practiquen demasiado. Por eso tenemos nuestro departamento de Religión; el sacerdote que se encarga de la dirección espiritual de los chicos que libremente la piden» [4]. En aquellos años iniciales uno y otro fueron fundamentos básicos en la creación del estilo que ha caracterizado a Altair en este terreno a lo largo de sus cinco décadas.

Don Lorenzo Bagur, don Amadeo Aparicio y don Andrés Quijano en 1982, concelebrando la Santa Misa en la Capilla de Altair (Archivo histórico de Altair).

En las páginas de este trabajo, el autor nunca ha hecho referencias personales de ninguno de los protagonistas. Cuando se alude a alguien es porque lo mencionan las fuentes; allí, el autor le da la palabra a través de esas citas. Empero, en este sentido, sólo hará una excepción: la de don Andrés Quijano. Porque, como dice Joaquín Aráuz: «Si alguien fue verdaderamente providencial, ése fue don Andrés Quijano, auténtica referencia luminosa para tantos y tantos de nosotros, por su franqueza y humanidad sin límites, su reciedumbre y capacidad para comprendernos y para animarnos, por su campechanía profundamente espiritual» [5]. Cualquiera que lea estas páginas no dudará en afirmar que, si hay una figura ejemplar y cabal en todos los años de Altair, por su sencilla humanidad y profunda espiritualidad es don Andrés Quijano, quien ha dejado una imborrable huella en las miles de personas, alumnos o profesores, que lo han conocido. «Los hombres excepcionales no sólo habitan en las enciclopedias; a veces pasan a nuestra vera, como don Andrés –así lo describía el periodista Juan Miguel Vega–, un cura desaliñado, despistado y bueno. Un hombre excepcional del que muchos hijos de trabajadores aprendieron del saber y de la vida» [6]. Cercanía que le hacía ser uno de los nuestros, como Vicente Rodríguez oyó decir a un alumno de formación profesional aludiendo, no tanto a la vecindad del barrio donde él vivía con su madre, doña Felipa, en la mismísima Atalaya, en La Calesera, como refiriéndose a la proximidad: a la confianza y amistad que inspiraba don Andrés a miles de chavales o mayores y vecinos a lo largo de estos años, desde 1971 en que llegó hasta que se jubiló [7]. Aún hace poco seguía atendiendo en Altair a padres y madres que acudían espontáneamente a él, y a quienes seguía escuchando puntualmente. En un diálogo con alumnos, recogido en la revista de Altair justo antes de jubilarse, el mismo don Andrés da la clave que hace entender el alcance de su labor sacerdotal: «–Cuando se marche de Altair –preguntan los alumnos–reporteros–, ¿cómo le gustaría que le recordasen? –y, tras un largo silencio, con voz queda, responde–: –Como a un sacerdote que buscó siempre que amasen a Dios y al prójimo» [8].

Muchos de los antiguos tienen en su retina a don Andrés, enfundado en su camiseta rojiblanca –del Athletic Club de Bilbao, por supuesto–, jugando con pasión, con sus botas en el barro tan característico de los primeros años, dando un chute que otro en un recreo; o montándose en su moto con la sotana arremangada. En este sentido, así lo recuerda Manuel Sosa, entonces alumno, quien nos relata la intensidad con que don Andrés se implicaba con alumnos y profesores, en este caso a través del deporte: «No puedo olvidarme de don Andrés –castellano recio, tozudo como buen hijo de humildes agricultores, porfía que él convertía en virtud: en tenacidad–. Era digno de ver cómo se tomaba tan en serio el juego, no daba una pelota por perdida, iba a por todas» [9]. No hay testimonio recogido que no mencione a don Andrés para recordarle con afecto –el mismo cariño que él derrochaba con todos– y agradecer su cercanía, como el que sigue: «No puedo dejar de referirme a don Andrés Quijano –apunta Paulino Torres sobre su llaneza–: Cuando jugábamos partidos oficiales se ponía la ropa de su equipo regalada en un cumpleaños; o si estábamos en Educación Física, él se dejaba caer en el lugar como por casualidad, se aflojaba el alzacuellos, se arremangaba como podía la sotana, indicaba al profesor que estaba impartiendo la clase: tú con aquel equipo, yo con este; y, sin más historias, hacíamos un partidazo». Esa cercanía planteaba a don Andrés algunos inconvenientes –como el que relata Paulino–, cuando por la amistad con los vecinos del barrio le ponían en un compromiso al comienzo de cada curso con la admisión de alumnos. Don Andrés, con su tesón intercedía sin desmayo por cualquiera de las familias del barrio que le pedían su ayuda: «Como era como era, –precisa Paulino– no le negaba nada a nadie, y los principios de curso se presentaba con una lista de recomendados. Esta situación, imposible de complacer, se repetía todos los años, y la dirección del colegio terminó por soslayar estas peticiones. Sin desánimo, él lo que hacía era colocarnos un par de nombres a cada profesor para que hiciésemos la petición en nuestro nombre» [10]

Don Andrés Quijano celebrando la Santa Misa en el Triduo de Navidad de 1974 en la primera capilla, en el edificio nuevo (Archivo histórico de Altair).

Pero no sólo eran estos gestos de humanidad los que llevaban a la gente a acercarse a don Andrés. Era algo más profundo que la indumentaria o la afabilidad. Don Andrés quería a todo el mundo; por eso ha dejado en Altair un recuerdo indeleble de cariño y amistad sincera. Así se testimonia en la conversación con alumnos antes referida: «–¿Cuál es el secreto de su éxito con los alumnos? –le preguntaban en el mencionado reportaje de la revista de Altair, y respondía don Andrés–: –Una vez me dijo un alumno que yo quería a todos. –¿Y por qué quiere usted a todos? –repregunta el alumno–: –No lo sé. Dios lo sabrá, –concluyo don Andrés». El propio don Andrés nos refiere otro sucedido que pone en evidencia la labor catequística llevada a cabo por Altair: «Le pregunté una vez a un antiguo alumno qué es lo que más le había impresionado de Altair y él me contestó: Lo que más me ha impresionado, es que me han enseñado a ser hijo de Dios» [11].

Don Andrés Quijano en el año 2005, su gesto acogedor parece que nos está invitando a entrar (Archivo histórico de Altair).

Testimonio de este cariño que prodigaba don Andrés lo recoge Juan Miguel Vega en una anécdota que el sacerdote relata en su conversación: «Una tarde, salía yo de la parroquia de San Francisco Javier. De repente, frenó delante de mí un coche de Lipasam y se bajó un muchacho. Me preguntó si me acordaba de él. Me dijo que había estudiado en Altair y no le había ido del todo bien, pero que guardaba un buen recuerdo del colegio. De repente, agachó la cabeza, dejó de hablar… estaba llorando como un niño. Están por todas partes –concluye el periodista–, en Lipasam, en la Universidad, en Telefónica, en la prensa y en el paro. Niños de ayer, hoy padres. Hombres que no pueden evitar sentir un nudo en la garganta al toparse con él. Don Andrés los devuelve a aquellos días felices, cuando estudiaban en Altair, una obra corporativa del Opus Dei» [12].

Manuel Sosa nos recuerda la influencia de don Andrés, quien a través de enseñanzas muy sencillas llevaba al ánimo de alumnos y profesores el cuidado de los pequeños detalles de piedad. «A diario, cada vez que rezo el Gloria me acuerdo de él –incluso hoy todavía cuando rezo con los alumnos al comienzo de las clases, apunta Manuel– porque siempre nos corregía durante el rezo de esta oración cuando decíamos: como era en UN principio, nos insistía en que debíamos decir: como era en EL principio. Esto mismo se lo he venido diciendo a todas las promociones de estudiantes que han pasado por mí; y hago referencia a don Andrés como persona que me lo enseñó y que, por supuesto, dejó huella en mí» [13].

El particular celo sacerdotal de don Andrés era un reflejo del esfuerzo pastoral y de catequesis de Altair. Desde que el centro comenzó hace cincuenta años su actividad se organizaron retiros mensuales para padres y educadores. Las actividades pastorales de la capellanía de Altair se remontan a los primerísimos años. Ciertamente, ya en 1971 aparecen recogidas estas actividades en una de las iniciales revistas de Altair donde se dice que viene funcionando el servicio de capellanía del centro –una vez que se terminó de acondicionar la capilla en una de las aulas– donde se tuvieron charlas cuaresmales y los primeros retiros para padres de alumnos. También se impartieron charlas de formación a las que asistieron padres y amigos. Ya entonces vemos a don Andrés Quijano dirigiendo estos pioneros medios de formación [14].

Precisamente en aquella primitiva capilla se celebraron en 1976 las iniciales tandas de primera comunión pues, como recoge la revista de aquel año, la incorporación de las enseñanzas de primero de EGB en Altair ha supuesto una serie de experiencias nuevas en la vida del centro. Quizás la de mayor trascendencia ha sido el que 56 niños hicieron su primera comunión en Altair. Asimismo, en la medida de lo posible, se procuró atender a los padres de estos niños y darles alguna charla sobre la importancia que supone para sus hijos recibir por vez primera los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Consciente desde el primer momento de la limitación de espacio de aquella capilla provisional, se decidió dividir a los niños en cuatro tandas para facilitar la asistencia de familiares; no obstante el espacio resultó insuficiente [15].

Ante la dificultad del espacio en la capilla antigua, las Primeras Comuniones se celebraron en el amplio vestíbulo del edificio nuevo. En la fotografía de 1977 vemos a Luis Calvente con los niños (Archivo histórico de Altair)

La tradición de celebrar las primeras comuniones se siguió manteniendo a pesar de las dificultades del espacio. La provisionalidad de la capilla en el edificio nuevo mostró desde un primer momento la necesidad de albergar las ceremonias en un lugar más amplio, del que no se disponía. Por eso durante algunos años se celebraron las primeras comuniones en el amplio vestíbulo del propio edificio. Será a partir de 1981 cuando las primeras comuniones y tantas otras ceremonias se pudieron celebrar con la obligada dignidad, gracias a la construcción de la capilla definitiva en el edificio central.

Desde entonces, las primeras comuniones –o algunas de las confirmaciones que el mismo Arzobispo o su Vicario administraron en la capilla de Altair–  tuvieron un marco digno y solemne que facilitaba la piedad y el cuidado de la liturgia. Testimonio del cambio fue la admiración y respeto con que las familias han concurrido año tras año a las ceremonias. Así lo corrobora Manuel Sosa, encargado de preparar a los niños: «Las primeras comuniones en el colegio adquirieron un enorme prestigio. La preparación de los niños, la solemnidad de la ceremonia y el buen hacer de todos los implicados hicieron verter no pocas lágrimas emocionadas a las madres y familiares de los niños en no menos ocasiones» [16].

Pero nada de esto era casual sino resultado de una minuciosa preparación a lo largo de dos años y unos meticulosos ensayos en las semanas previas, dirigidos por los profesores de los cursos implicados. Así nos lo explica Enrique Quirós, director de primaria en 2007. «Todos los martes y jueves los alumnos de 3º y 4º de primaria reciben su preparación en el descanso del mediodía. La catequesis es impartida por un grupo de más de veinte alumnos del segundo ciclo de la ESO y bachillerato. Mediante sencillas preguntas y concursos, los más pequeños reciben la formación necesaria para recibir por primera vez a Jesús Sacramentado. Los padres de estos alumnos, complementan también su formación con sesiones trimestrales sobre el sacramento de la Eucaristía» [17]. En ello comprobamos una vez más la implicación de los padres en la educación de sus hijos y la preocupación de Altair por la coherencia en la transmisión de la vida cristiana en las familias.

Con la nueva capilla, las ceremonias religiosas tuvieron un marco digno y solemne que facilitaba la piedad y el cuidado de la liturgia (Archivo histórico de Altair).

La catequesis contaba con el entusiasmo de los niños y de los padres, pero especialmente con la dedicación de los catequistas que se embarcaban, y además en tiempo de recreo, en esta empresa. Rafael Mosteyrín, encargado durante años de los catequistas, encomiástico, define a los catequistas como «unos aventureros que están respondiendo con generosidad y con constancia. En el tiempo libre del mediodía reciben una breve clase como preparación del capítulo correspondiente y luego cada uno marcha con su grupo de alumnos a una de las aulas. No menos elogio merecen los chavales que se preparan para la primera comunión, tal vez uno de los momentos más importantes de su vida. Estamos seguros de que vosotros –se dirige Rafael a los padres–, tenéis buena parte de culpa en el buen resultado de la catequesis» [18].

Lo mismo podría decirse de las confirmaciones, pues desde meses antes, con el inicio del curso escolar, daban comienzo las clases de preparación para recibir este sacramento. Durante este período, los alumnos sacrificaron un recreo a la semana para recibir las clases de formación, impartidas por catequistas voluntarios de Altair. Todo ello se suma a las tres horas a la semana que asistieron a la asignatura de Religión, que con una orientación específica a este importante acto de su vida, han permitido un incremento considerable de la formación cristiana que ya reciben ordinariamente en el colegio. Además, el proceso se intensifica en un retiro al que asisten los confirmandos como acto previo para recibir el sacramento [19].

Como botón de muestra de estas ceremonias se recoge en la revista de Altair de 1997 una reseña de las confirmaciones: «Como viene siendo habitual los últimos años, Altair fue testigo de la administración del sacramento de la Confirmación a 160 personas. En su mayoría alumnos; y este año, por primera vez, han aprovechado la ocasión varios padres de alumnos para recibir también ellos el sacramento de la Confirmación. El oratorio de Altair estaba especialmente engalanado con flores para la ocasión. Presidió la ceremonia el Rvmo. Sr. Arzobispo de Sevilla, don Carlos Amigo» [20].

Pero si levantamos la vista y miramos el horizonte de la formación espiritual-religiosa del centro educativo, vemos a todos los capellanes y una pléyade de sacerdotes que colaboraron a lo largo de diez lustros con una intensa actividad ministerial: tanto en la celebración de la Santa Misa diaria para los diferentes grupos de alumnos, como para la colosal tarea de la atención sacramental. Esta es la genuina tarea de la gran catequesis de Altair. En esa tarea encontrábamos día tras día a don Jesús y don Antonio Rodríguez Lizano. Los dos estuvieron estrechamente vinculados al pasado y presente de Altair. Ahí los veíamos en los preliminares de los comienzos promocionando el proyecto por parroquias, colegios, tiendas, bares y mercados de los barrios de Su Eminencia en el verano de 1967.

El celo sacerdotal de don Jesús y don Antonio los hacía cercanos, asequibles, cordiales, siempre disponibles para todo y para todos (Archivo histórico de Altair).

Don Jesús y don Antonio formaban un tándem de santidad indeleble. Siempre uno junto al otro, apoyándose y empujando al unísono; «siempre unidos, unidos para el bien, unidos para poner, desde muy jóvenes, todos sus talentos y todas sus energías al servicio de lo que Dios les fue pidiendo en cada momento» [21]. En ambos había un singular equilibrio entre cabeza y corazón, inteligencia y voluntad. Una y otra brillaban en Jesús y Antonio de diferente forma, pero siempre iluminando la vida de quienes los conocimos. Su celo sacerdotal los hacía cercanos, asequibles, cordiales, siempre disponibles para todo y para todos sin soslayar nunca ningún compromiso; las meditaciones, profundas de uno y sencillas de otro, a veces difíciles de entender por el habla rápida y entrecortada, llegaban al corazón y la cabeza de los oyentes.

Don Jesús, «tras ordenarse sacerdote, realizó una amplia labor pastoral en actividades de formación de la juventud, y siempre estudiando para mantener el nivel adecuado en las actividades de atención espiritual y para mejorar en la transmisión de los contenidos de la fe. Así lo podrán atestiguar cientos de alumnos de Altair y Tabladilla, los centros educativos donde trabajó más intensamente, a la vez que dirigía a multitud de personas jóvenes y adultas allí donde le llamaran a servir» [22].

La vida de los dos hermanos gemelos estuvo de continuo perfectamente engarzada. Según explicaba Manuel Ferrer que los conoció desde sus años de juventud en Triana: Don Antonio, a lo largo de toda su vida estuvo siempre detrás de su hermano Jesús, en un ejemplar espíritu de servicio con la Obra y su familia; siempre protegiendo las espaldas de su hermano, al tiempo que salvaguardando las necesidades económicas de su familia: en la prioridad de sus estudios sacerdotales y sus trabajos profesionales; y hasta en la sucesión de sus ordenaciones [23]. En los últimos años, como sacerdote de Altair hasta su fallecimiento, atendió a todos: a profesores y padres y a los alumnos y antiguos alumnos. Siempre estaba hasta el último instante disponible para todos, sin descanso, desde la misa de la primera hora de la mañana y a cualquier hora de la mañana, del mediodía y hasta altas horas de la tarde-noche [24].

Tarea de los sacerdotes de la capellanía ha sido la atención de retiros y convivencias, pláticas semanales y la administración sacramental a quienes la han solicitado. A ellos también se debe la organización de aquellas acciones pastorales y catequísticas que constituyen una de las más meritorias divisas de Altair: las primeras comuniones, las confirmaciones, la novena de la Inmaculada, el triduo de Navidad, el mes de la Virgen, la imposición de la ceniza, etc. son algunas de las más valiosas tradiciones de Altair [25].

En la actualidad la capilla de Altair es punto de encuentro durante algunas tardes al mes para celebrar los retiros mensuales, unos de padres y otros de profesores o antiguos alumnos. Un tiempo dedicado a la reflexión y a la oración, con el que el colegio procura contribuir de una manera práctica a que las familias y los educadores profundicen en el conocimiento de la fe.

La participación en las actividades de formación y religiosas siempre ha tenido en Altair carácter voluntario, de acuerdo con el clima de libertad y responsabilidad que caracteriza la educación que se imparte. La formación que ofrece Altair a los miembros de la comunidad educativa se fundamenta, de acuerdo con su ideario, en el espíritu cristiano y en la doctrina de la Iglesia Católica. Al fin y al cabo, la visión cristiana de la vida es la que ilumina todas las actividades de Altair, es la que configura esencialmente su estilo: la educación integral y libre de los estudiantes y de sus familias. Porque, sin el apoyo de las familias es difícil que esta formación alcance todo su desarrollo, pues son los padres quienes tienen la misión de inculcar en sus hijos los valores morales y espirituales que dan consistencia a la vida de las personas [26].

[1] Javier Echevarría, “El Opus Dei no es más que una gran catequesis”, disponible en http://www.opusdei.es/es-es/article/el-opus-dei-no-es-mas-que-una-gran-catequesis/#, consultado el 12 de septiembre de 2016.

[2] Cfr. Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016.

[3] Cfr. Recuerdo de Ignacio Domínguez Sánchez, 23 de noviembre de 2016.

[4] Cfr. “José María Prieto”, en Dos días en Altair, pp. 23-27.

[5] Recuerdo de Joaquín Aráuz Rivero, 30 de junio de 2016.

[6] Juan Miguel Vega, “Sevillanos en su Mundo. Andrés Quijano”, en Diario El Mundo, Sevilla, 7 de enero de 2002.

[7] Cfr. Recuerdo de Vicente Rodríguez García, 14 de febrero de 2016

[8] “Altair es familia, alegría y trabajo: Entrevista a don Andrés”, en Altair al día, nº 3, diciembre de 1997.

[9] Recuerdo de Manuel Sosa Duarte, 15 de enero de 2017.

[10] Recuerdo de Paulino Torres Torres, 6 de julio de 2016.

[11] “Altair es familia, alegría y trabajo: Entrevista a don Andrés”, en Altair al día, nº 3, diciembre de 1997.

[12] Juan Miguel Vega, “Sevillanos en su Mundo. Andrés Quijano”, en Diario El Mundo, Sevilla, 7 de enero de 2002.

[13] Recuerdo de Manuel Sosa Duarte, 15 de enero de 2017.

[14] Cfr. “Actividades de la capellanía”, en Boletín de información de Altair, nº 4, febrero de 1971, p. 7. / “Clausura de charlas Cuaresmales en Altair”, en ABC de Sevilla, 28 de marzo de 1972, p. 35. /

[15] Cfr. “Primeras comuniones”, en Boletín de Altair, nº 5, octubre de 1976, p. 4.

[16] Recuerdo de Manuel Sosa Duarte, 15 de enero de 2017.

[17] “Catequesis de primera comunión”, en Boletín de Altair, nº 40, diciembre de 2007, p. 3.

[18] “Catequesis de primera comunión”, en Boletín de Altair, nº 39, abril de 2007, p. 13.

[19] Cfr. “Confirmaciones de 1997”, en Altair al día, nº 2, segundo trimestre, 1997, p. 2.

[20] “Confirmaciones de 1997”, en Altair al día, nº 2, segundo trimestre, 1997, p. 2.

[21] Homilía de don Pedro Téllez Parrilla, en la misa por don Jesús y don Antonio Rodríguez Lizano, 14 de febrero de 2017.

[22] “El que siempre apelaba a la esperanza”, Semblanza de don Jesús Rodríguez, en ABC de Sevilla, 20 de enero de 2016, p. 16.

[23] Cfr. Recuerdo de Manuel Ferrer Pérez, 20 de febrero de 2016.

[24] Cfr. David Jara Gadea, “Gracias por todo don Antonio”, disponible en http://www.altair.edu.es/gracias-por-todo-don-antonio/ consultado el 17 febrero de 2016.

[25] Cfr. “Capellanía”, en Boletín de Altair, nº 30, septiembre 1996, memoria del curso 1995-1996, p. 13.

[26] Cfr. “Retiros mensuales: La vida en Cristo”, en Boletín de Altair, nº 40, diciembre de 2007, p. 4.

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