La tutoría y la preceptuación

José Miguel Ponce, subdirector en 1976, exponía cómo la educación ha pasado de ser un proceso de información a otro de enseñar a pensar; más que saber, lo que se pretende del alumno es que aprenda a pensar y a actuar con libertad responsable. Con este planteamiento, la educación se ha convertido en orientación y el profesor ha de ser fundamentalmente un orientador. «La orientación –aseguraba Ponce– es una tarea de equipo, algo a realizar entre todas las personas que rodean al alumno, aunque la figura central es el tutor. El tutor es una persona con quien cada chico habla periódicamente de los temas más variados: desde sus amigos hasta sus aficiones o pequeños problemas. Por su parte, el tutor –respetando siempre la intimidad del alumno– trata de estimularle de acuerdo con las necesidades y cualidades de cada uno. La tutoría es un trabajo de artesanía: hecho uno a uno» [1].

Altair fue uno de los centros educativos pioneros en Sevilla en ofrecer la denominada educación personalizada, un tipo de educación que da más importancia a la atención personal que a la grupal y pretende revalorizar a la persona, a cada sujeto, frente a los intentos despersonalizadores de la educación grupal y anónima. Efectivamente, cada alumno tiene unas peculiaridades y cada uno tiene unas actitudes positivas que se deben realzar, y unos puntos muy concretos que debe corregir con lo ayuda necesaria [2]. «La figura del preceptor, o tutor individual, –explicaba Rafael Caamaño, director de Altair desde 1985– es una de las aplicaciones prácticas del objetivo de la educación personalizada. Además de la acción tutorial de grupo llevada a cabo por el profesor encargado de curso, cada alumno tiene un preceptor con la específica misión de atender a los problemas de cada uno, y de mantener un estrecho contacto con su familia, sirviendo de cauce de unión entre ellos y Altair. La figura del preceptor es complementaria con la del tutor, de tal manera que se ayudan mutuamente en la importante tarea de atender a cada alumno y a cada grupo en clase» [3].

La tutoría o preceptuación fue siempre algo primordial en la formación impartida por Altair [4]. En los primeros años representó el contrapunto de equilibrio entre el autogobierno propugnado por la pedagogía institucional y la responsabilidad personal de raíz cristiana esencial al estilo educativo de Altair. Un medio de formación en libertad, de orientación y auto-aprovechamiento de las capacidades humanas e intelectuales de los alumnos para ayudar a descubrir las opciones posibles y a tomar las propias decisiones para ser mejores personas. Desde siempre en Altair, la tutoría fue entendida como la orientación personalizada al alumno, a través de entrevistas periódicas y frecuentes con el tutor; compaginándose y completándose esta atención individualizada con las entrevistas con los padres y la subsiguiente formación de estos a través de la participación voluntaria en la orientación familiar. Para ello, cada alumno cuenta con un preceptor, encargado de su atención personal, prevista en el plan educativo del centro. El preceptor habla periódicamente con el alumno, le ayuda en sus dificultades y coordina las distintas áreas de su proceso educativo personal, en estrecha relación con sus padres [5].

En 1998, Mariano Hernández‑Barahona, psicólogo del centro, definía la educación personalizada como «un proyecto educativo que concibe al sujeto de la educación como alguien personal, no como un simple número, con todo su potencialidad de desarrollo y crecimiento, donde se articulan tres dimensiones fundamentales: la cognitiva, la capacidad volitiva y la afectiva. La educación para nosotros no tiene nada que ver con el adiestramiento ni la instrucción, sino que se desarrolla en un clima de respeto y veneración por la libertad de cada uno. Los valores centrales del proyecto educativo de Altair –afirmaba Mariano Hernández‑Barahona– se basan en entender a la persona como unidad, con sus tres dimensiones anteriormente mencionadas, con libertad y responsabilidad personales; otro valor importante es el de la concienciación en la solidaridad a nivel cotidiano, de darse a los demás, con diálogo y colaboración constantes. El alumno que sale de Altair tiene una formación académica buena, además de obtener unos recursos en formación ética y humana para desenvolverse en la sociedad actual; suele ser dinámico, participativo y con un saludable sentido crítico; no es conformista ni fácilmente manejable: la experiencia me dice que los alumnos valoran más ese tipo de formación que la estrictamente académica» [6].

Juan Carlos Eizaguirre, director de Altair, en un documento del departamento de Orientación de 1990, definía así la tarea de la preceptuación, basada en la comprensión y el respeto a la libertad: «La formación que imparte Altair a sus alumnos se consigue, de forma individualizada, por medio del preceptor, que es un profesor ordinario, un profesor becario u otra persona de confianza para el centro que, en charla personal con los alumnos y con sus padres, les hace llegar la formación que pretende Altair. Más en concreto, el preceptor tiene como misión animar y orientar a los alumnos, ayudarles a plantear correctamente las relaciones con su familia, con sus amigos y con el medio en que se desenvuelven, encauzar su labor personal de formación del carácter y la personalidad y, en su momento, procurarles la adecuada orientación profesional. Todo ello apoyado en principios cristianos que puedan dar a su vida el estilo y el espíritu que es propio de Altair; y contando con la colaboración de los padres, a quienes procurará también, a través del contacto personal, orientarles en su labor como padres y aportarles, en la medida en que sea posible, el mismo espíritu que proporciona a sus hijos. El preceptor, pues, sin dejar de ser profesor, debe llegar a ser colaborador de las familias. Y la confianza surgida como consecuencia de esta colaboración llevará a ambos a comentar y consultar temas de todo tipo» [7].

Para esta tarea, la dirección de Altair asigna al principio de curso a cada alumno un preceptor‑tutor quien, en estrecho contacto con sus padres, se responsabiliza de impulsar y orientar el desarrollo intelectual y el perfeccionamiento humano y moral de los alumnos que se le encomiendan. Como explicaba en 1998 Vicente Rodríguez, jefe de la sección de BUP-COU entre los años 1990 y 2000: «El problema central es la falta de atención que muchos alumnos tienen en su entorno. Con frecuencia los padres no pueden atenderles el tiempo suficiente. En cuanto les dedicas un poco de atención, responden. Y eso es lo que más agradecen: sentirse escuchados». La adaptación a las necesidades educativas del barrio y el empeño docente para sacar adelante a todos los alumnos son dos de los pilares en los que se apoya el esfuerzo pedagógico de Altair: como apuntaba Vicente, quien lo había experimentado a lo largo de las decenas de años de su trabajo en Altair: «Procuramos no dejar a la gente por el camino, hacemos un trabajo exigente con los chicos que tienen dificultades en los estudios. Los profesores están muy concienciados: se preocupan por abordar la situación de un chico al que le cuesta salir adelante porque su contexto social es adverso, porque no tiene un ambiente que le ayude a estudiar, porque quizá su padre no entiende que estudie bachillerato en vez de ponerse a trabajar, etc. […] A veces pasa que llegan chicos que antes no han estudiado prácticamente nada, y yo les animo, aunque a la vez les aclaro que tienen que poner esfuerzo» [8]. La educación personalizada implica el trato individualizado y crea una relación de amistad y confianza imprescindible para la transmisión de los valores. «En el ideario que tiene Altair –explica José Luis Rivera, profesor de formación profesional– es clave la relación personal con los alumnos. Después de treinta años dando clases puedo decir que con bastantes antiguos alumnos sigo manteniendo una gran amistad, y muchos me saludan con cariño. Incluso ya estoy dando clases a hijos de antiguos alumnos, y creo que dentro de poco también a sus nietos. Eso es lo que distingue a Altair: el trato individualizado con cada alumno» [9].

Con el tiempo, aunque fundamentalmente vinculada a la atención grupal, las diferentes reformas legislativas hicieron suya esta práctica. Altair fue pionero en su aplicación en la Sevilla de los años sesenta y setenta. Pero no era original de Altair. Ya se practicaba nada menos que en la Institución Libre de Enseñanza hasta el primer tercio del siglo XX. También fue costumbre pedagógica desarrollada en la Academia DYA, primera obra corporativa del Opus Dei, de donde este medio educativo pasó al Colegio Gaztelueta, luego a Tajamar y finalmente a Altair [10].

La tutoría fue el precedente y tiene su más actualizada versión en el coaching o acompañamiento educativo [11]. Empero, no debemos olvidar que los cimientos de este método educativo ya estuvieron puestos en aquellos primeros años de Altair [12].

[1] “El departamento de Orientación”, en Boletín de Altair, nº 4, mayo de 1976, p. 8.

[2] Cfr. “El preceptor: un amigo para toda la vida”, en Boletín de Altair, 30 años, septiembre de 1998, p. 15.

[3] “Entrevista a Rafael Caamaño”, en Revista de Altair, 30 años, septiembre de 1998, p. 4-5.

[4] Cuando las diferentes leyes educativas asumieron la figura de la tutoría y este término pasó a denominar la atención grupal, siendo el tutor el profesor encargado del curso, en Altair se vino a utilizar el término de preceptor.

[5] Cfr. “La preceptuación”, en Boletín de Altair, especial memoria del curso 1995-1996, septiembre 1996.

[6] “El preceptor: un amigo para toda la vida”, en Boletín de Altair, 30 años, septiembre de 1998.

[7] Juan Carlos Eizaguirre, “Orientaciones pedagógicas para preceptores”, en Dossier de documentos de orientación, Altair 1990, p. 5.

[8] Vicente Rodríguez, “Treinta años al servicio del barrio, 1967-1997”, en En España Altair, Oficina de información del Opus Dei en España, Madrid 1998, p. 6.

[9] “Altair, educar para servir a la sociedad”, disponible en http://opusdei.es/es-es/article/altair-educar-para-servir-a-la-sociedad/, 11 de enero de 2013, consultado el 12 de mayo de 2015.

[10] Cfr. José Luis González, DYA. La Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), RIALP, Madrid 2016, p. 265.

[11] Cfr. Jaime Orejas, Acompañamiento educativo y coaching, ediciones de la Fundación Altair, Sevilla 2015.

[12] Cfr. Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016.

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