La Orientación familiar

Ya desde sus comienzos en Triana, Altair mostró interés en la formación de los padres como algo inherente a su estilo educativo. Y para ellos organizaron charlas y conferencias. En la prensa de 1964 encontramos una primera referencia a esta nueva forma de entender la educación: «El Instituto Tecnológico Altair, a fin de hacer extensiva a los padres de los alumnos la labor que se realiza en su ámbito, ha organizado unas charlas-coloquio sobre temas de actualidad» [1].

En 1968, un grupo de matrimonios comenzaron, alentados por san Josemaría Escrivá, a reunirse para buscar soluciones a su vida familiar, para aprender a educar [2]. Ciertamente, la importancia de los padres en la tarea educativa ha sido siempre algo sustantivo y característico de Altair. Tanto es así que, un objetivo prioritario era que los padres, por ser los primeros y principales educadores llegaran a ver el centro educativo como una prolongación de la familia. Por eso se impulsó desde un primer momento la presencia y la colaboración de las familias. Ya en Su Eminencia, en diciembre de 1968, recién comenzado el segundo curso, encontramos en la prensa otra precoz referencia documental sobre la colaboración de los padres, en este caso, a través de la creación de una incipiente asociación de padres: «En la mañana del domingo tuvo lugar una reunión de la dirección con un grupo de padres de alumnos –ya es significativo ver reunidos a los padres en un domingo, único día no laborable en aquellos años, y dice mucho de su disponibilidad e interés por la educación de sus hijos–. Durante la reunión, que estuvo presidida por el signo de la cordialidad, se formaron unas comisiones que corresponden a las secciones económicas, de promoción, deportes, arte, excursiones y cultura. Todos los asistentes ofrecieron su apoyo personal y se mostraron satisfechos de emprender el camino de colaboración con la dirección y profesorado hacia la realidad de la gran familia Altair» [3]. No en vano, la asociación de padres sería en adelante la encargada de canalizar estas iniciativas y organizar los cursos de orientación familiar.

Ya hemos dejado sentado que en el orden natural de prioridades del estilo educativo de Altair lo primero son los padres, luego los profesores y en tercer lugar los alumnos. Como hemos escrito paginas antes, san Josemaría solía, en efecto, afirmar: «En el colegio hay tres cosas importantes: lo primero, los padres; los segundo los profesores; lo tercero, los alumnos» [4]. Porque, si no se contara con los padres, si no hubiera sintonía entre los padres y los profesores, todo la formación que se dé a los hijos, toda la labor que Altair se hiciera con los alumnos podría no ser eficaz e incluso perderse. Desde sus inicios, este principio educativo sería fundamental en el estilo de Altair.

La acción educativa de Altair con los padres se encauzó a través de la preceptuación o tutoría; es decir, mediante el contacto y el diálogo entre la familia y los profesores en entrevistas periódicas gracias a las cuáles se cerraba el triángulo padres‑profesores‑alumnos aportando unos a otros la información vital para lograr la sintonía necesaria en una educación integral. Pero, además de la formación individualizada con cada familia, muy tempranamente se procuró una formación colectiva y se organizaron actividades como cursos de orientación familiar, charlas, tertulias, proyecciones, retiros espirituales, etc., que venían a satisfacer esta necesidad. Estos medios colectivos de formación de las familias servían tanto para la implementación de teorías educativas, como para la  comunicación de experiencias.

Lo explicaba Manuel Guillén en 1982: «Desde el primer contacto –con motivo del ingreso de los alumnos– se explica esta imperiosa necesidad de formarse para enseñar. Porque ¿de qué puede servir nuestra insistencia sobre los hijos, si no ven que correspondemos con nuestro ejemplo en aquello que les decimos? Y en todo caso, aunque de pequeño sirva sólo la palabra, cuando con los años llegue la actitud crítica y se desmonte ese ídolo que todo niño se ha formado sobre sus padres, caerá roto el modelo y con él la norma de conducta que hasta ese momento se haya seguido. En Altair, pues, se siente la responsabilidad de poner los medios para que los padres puedan ir perfeccionando esa formación que –por cierto– no acaba nunca. Por muchos años que pasen, siempre hay cosas que aprender, conductas que rectificar, conceptos que variar» [5].

Especial trascendencia han tenido hasta hoy los cursos de orientación familiar gracias al uso temprano del método del caso que se aplicó siguiendo el impulso del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Navarra; cursos que fueron pioneros en Sevilla [6]. Era frecuente que especialistas en esta cuestión se trasladaran desde la Universidad de Navarra a Sevilla para formar a futuros orientadores no solo de Altair, sino de toda Andalucía [7].

Eduardo García, padre de alumnos y director de estos cursos, explicaba en 1979 lo que estos cursos de orientación familiar proponían a través de las técnicas del método del caso: «Mediante técnicas de participación, en la que aportan sus experiencias una serie de padres y madres en la discusión de unos casos reales, los acostumbraremos a reflexionar ante cualquier actuación o problema familiar y decidir lo más conveniente en cada caso. Por una parte se estudian unos casos reales mediante un debate con moderador, en el que se intenta profundizar en unas determinadas áreas: educación en la libertad, educación en la fe, de la afectividad. El principal objetivo es detectar las causas, sin pretender dar soluciones fijas, porque en estos cursos lo importante es que cada uno saque unas conclusiones para reflexionar sobre ella cuando llegue la situación. Por otra parte, se explican también unas notas técnicas, para abrir posteriormente un coloquio. La ventaja de estos cursos es la metodología empleada: aprovechando la experiencia que como padres todos tenemos, en el curso tenemos ocasión de compararla con la de otros padres en un campo concreto y sacar unas conclusiones sobre lo que hacemos bien y lo que debemos rectificar» [8].

En febrero de 1971 empezaron las sesiones de los primeros cursos de orientación familiar. En ellos se abordaron temas como los de la educación de la libertad. «Se trató de establecer el sentido de la libertad aplicado a la educación de los hijos y de la necesidad de irles dando libertad para que adquieran la consiguiente responsabilidad. Y los criterios de  orientación ante las dificultades del alumno en casa. Se tocó la amplia temática del carácter de los hijos y los modos de interesarse por sus problemas. Se insistió también en la necesidad de dedicar a los hijos lo mejor de su tiempo, aunque esto suponga un sacrificio» [9].

A partir de este primer curso de orientación familiar se celebraron dos cursos por año. Efectivamente, seis años después, en 1976, se celebró el undécimo curso de orientación. En él una vez más –a lo largo del estudio de los distintos casos– se llegaba a la conclusión «de hasta qué punto la influencia positiva de la familia afecta, no sólo a los miembros de la misma, padres y hermanos, sino a todo el ambiente que les rodea. Para que esta influencia familiar se dé, se requiere, en primer lugar, una educación familiar basada en el ejemplo de los padres en lo referente a su modo de trabajar, de tratar a los amigos, de emplear su tiempo libre, de detectar las influencias ambientales negativas y de superarlas con sentido común y con valentía. Del mismo modo, la influencia de la familia en la sociedad, requiere que los padres –más que quejarse– se preocupen de promover actividades adecuadas que permitan a sus hijos desenvolverse correctamente fuera de los ámbitos escolar y familiar, favoreciendo su desarrollo personal» [10].

En 1991, más de veinte años después de la puesta en marcha de la orientación familiar, la escuela de padres era ya una realidad con una larga experiencia, habiéndose impartido decenas de cursos. «Lo que nos planteamos con la escuela de padres –apuntaba tiempo después José Barrera, diplomado en orientación familiar por la Universidad de Navarra y director de esta escuela tan especial– es estimular el afán de una formación permanente como padres de familia, lograr un clima de amistad y trabajo entre matrimonios que permita profundizar en la educación de sus hijos, crear situaciones que estimulen la comunicación entre los padres, difundir los conocimientos fundamentales sobre el matrimonio, la familia y la educación y, en definitiva, ayudar a los padres en su responsabilidad como educadores de sus hijos» [11]. «Queremos que los padres –argumentaba José Barrera en otra ocasión–, a través de las sesiones de orientación, obtengan un conocimiento que podríamos denominar prudencial: saber actuar adecuadamente en cada momento por vía de descubrimiento. Por eso hemos estudiado casos reales y concretos por los que los propios padres, en un diálogo muy enriquecedor, hemos ido descubriendo cuál es la solución más acertada al problema que se nos presenta» [12].

José Barrera y su esposa Rosa Bernal dirigieron durante muchos años estos cursos; ellos son testigos de que la experiencia resultaba positiva y algunos matrimonios repetían el curso, no porque no lo aprovecharan sino porque es una buena forma de profundizar más. La eficacia de estos cursos viene reflejada en el boletín de Altair de diciembre de ese año en cuyas páginas leemos: «Aquellos padres y madres que todavía son y se sienten jóvenes, que no se conforman con lo que hasta ahora tienen y conocen, se entusiasman para aprender a conocer mejor a su familia y para resolver los problemas que la educación de sus hijos les plantea. En un ambiente agradable y familiar reciben charlas, intercambian opiniones y experiencias con otros matrimonios acerca de la problemática de la educación cotidiana de los hijos y estudian casos reales que les orientan en aquellas cuestiones que se dan o pueden llegar a darse en su caso particular. –Seguimos leyendo–: ¡Qué bonito será para los hijos de estas familias cuando crezcan comprobar que sus padres dedicaron tiempo a esta actividad para mejorar la educación de sus hijos! ¡Hay que educar con el ejemplo, y estos jóvenes padres lo hacen!» [13].

[1] Cfr. “Clases de bachillerato en Altair”, en ABC de Sevilla, 6 de junio de 1964, p. 42.

[2] Cfr. “Pioneros en la orientación familiar”, en http://opusdei.es/es-es/article/orientacion-familiar-europa-este-torreciudad/, consultado el 22 de octubre de 2015.

[3] “Centro tecnológico Altair, hacia la creación de la asociación de padres de alumnos”, en El Correo de Andalucía, diciembre de 1968.

[4] Víctor García Hoz, “La educación en Mons. Escrivá de Balaguer”, en Nuestro Tiempo, nº 264, Pamplona 1976, p. 17.

[5] “La respuesta de los padres”, en Boletín de Altair, nº 17, mayo de 1982, p. 7.

[6] Los cursos de orientación familiar empezaron en el departamento de Orientación familiar de la Universidad de Navarra, en 1968. En los comienzos fueron cursos para grupos reducidos de padres interesados en estos temas. Posteriormente han tenido un efecto multiplicador y actualmente hay centros de este tipo por todo el país en Madrid, Barcelona, Valencia; La Coruña, Cádiz y Sevilla. Cfr. “Orientación familiar”, en Boletín de Altair, nº 14, enero de 1979, p. 7.

[7] Cfr. Recuerdo de Paulino Torres Torres, 6 de julio de 2016.

[8] “Orientación familiar”, en Boletín de Altair, nº 14, enero de 1979, p. 7.

[9] “Orientación familiar”, en Boletín de información de Altair, nº 4, febrero de 1971, p. 6.

[10] “XI curso de orientación familiar”, en Boletín de Altair, nº 3, febrero de 1976, p. 3.

[11] “La escuela de padres de Altair se pone en marcha”, en Altair al día, nº 3, diciembre de 1997, p. 2.

[12] “Los padres de familia, auténticos directores de empresa”, en Revista de Altair, 30 años, septiembre de 1998, p. 5.

[13] “La escuela de padres”, en Boletín de Altair, nº 27, diciembre de 1991, p. 19.

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