Los recursos

La primera impresión cuando se entra en Altair es sorprendente. A primera vista, la distribución armoniosa de los edificios, los cuidados jardines, la frondosidad de la vegetación, el frescor de la hierba, los espacios deportivos excepcionalmente amplios, crean la imagen visual de un verdadero ecosistema arquitectónico-natural-deportivo-educativo, en contraste con la abigarrada densidad de las barriadas del entorno. Entonces, los recién llegados pueden pensar que siempre fue así, que nació así.

Vista aérea de Altair desde Su Eminencia. Altair aparece como un ecosistema que contrasta con la densidad de ocupación de sus barrios.

Nada más lejos de la realidad. Desde el primer edificio, el pabellón provisional del año 1967, hasta el edificio de infantil del año 2005, último edificio construido, Altair experimentó un proceso de crecimiento progresivo, a medida que las necesidades y las posibilidades económicas lo permitieron. He aquí, en parte, el tema del presente trabajo: el crecimiento de Altair a lo largo de este medio siglo.

La fotografía se comenta por sí misma: provisionalidad, barro… y grandes “deseos de promocionarse”; son los últimos años sesenta; el que no los vivió…

Para comprender mejor ese proceso paulatino, por contraste, en el mismo año 1967 en que nació Altair, se inauguraba también el Instituto Martínez Montañés, el mismo al que pocos años después Altair figuraría adscrito administrativamente. Pero el Martínez Montañés, a diferencia de Altair, nació adulto, con todos los medios y recursos aportados por el Ministerio de Educación. Así lo certificaba la prensa en el primer aniversario: «En la zona Nervión-Ciudad Jardín, en lo que pudiéramos llamar una pequeña ciudad estudiantil, ya que ofrece la mayor concentración de centros docentes de toda el área sevillana, se alza el Instituto Nacional de Enseñanza Media Martínez Montañés. Se trata de un edificio moderno, de sencillas y esbeltas líneas, inaugurado en el pasado otoño por el ministro de Educación y Ciencia. Un edificio amplio, claro, luminoso, dotado de completísimas instalaciones, que abarcan desde las científicas a las deportivas. Un centro realmente modelo, que demuestra, con ese escueto y elocuente lenguaje de las obras, el interés del Ministerio de Educación y Ciencia, de nuestras autoridades, por la promoción de la enseñanza en nuestra ciudad» [1].

Juan Fernández, alcalde de Sevilla, atiende las explicaciones de José María Prieto, director de Altair, ante la maqueta del proyecto de “una ciudad educativa” de Altair.

Altair, sin embargo, edificado año a año, ha crecido progresivamente, como un organismo vivo, a medida que se obtenían los recursos económicos gracias al Patronato, o a subvenciones del Ministerio o de la Federación de Fútbol, conseguidas tras arduas negociaciones no siempre fructíferas.

Pero, a pesar de la apariencia, los medios siempre fueron exiguos, había un contraste entre medios y eficacia que se salvaba por la profesionalidad de los protagonistas. La precariedad de los medios que siempre padeció Altair viene corroborada por el recuerdo de Manuel Guillén referido a los primeros años de Altair: «Los medios siempre han sido escasos, sobre todo en los comienzos, pero la falta de medios materiales se ve ampliamente compensada por la ya mencionada calidad humana, no solo de cuantas personas trabajan en el centro, sino por el entusiasmo

Manuel Guillén, gerente de Altair.

de los alumnos» [2]. Pone Guillén como ejemplo una anécdota de 1972, sucedida en la preparación de la visita a Sevilla del fundador del Opus Dei. El Padre [san Josemaría] viajó en una correría apostólica, como él la llamaba, haciendo catequesis en diversas ciudades de la península Ibérica. En Sevilla vio el Padre a muchas hijas e hijos suyos. Se estudió la posibilidad de que visitara Altair, proyecto que había impulsado desde los comienzos, pero la visita se tuvo que suspender porque la semana anterior, la lluvia que venía del Atlántico había descargado con fuerza en Andalucía y debido a las abundantes lluvias todo el entorno de los edificios estaba hecho un barrizal [3]. Lo manifiesta Guillén cuando comprensivamente se lamenta de las condiciones en que estaban los exteriores de Altair: «la verdad es que había llovido y barro había en abundancia» [4]. Esto viene  corroborado por Miguel Ferré, entonces director de Altair, cuando recuerda que: «San Josemaría pasó en coche por la carretera delante del Instituto. No bajó del auto porque había llovido y era un barrizal la entrada desde la carretera; nos dio mucha pena que no entrara, pero estoy seguro que nos bendijo desde el auto» [5]. José María Prieto tenía claro que las dificultades por la falta de medios no iban a desalentar a nadie. En una entrevista, años después, rememorando aquellos comienzos, aseguraba que «estas circunstancias aumentaban el deseo de trabajar para promover la mejor educación posible, de comprometerse a una tarea más profunda. La falta de medios favorece la aparición de ideas» [6].

Estas dificultades económicas, solventadas gracias a la animosa dedicación de los profesores y colaboradores y el entusiasmo de los padres, vienen gráficamente expuestas por Paulino Torres cuando explicaba cómo comenzaron la actividad de balonmano en la Escuela Deportiva: «Al comienzo empezamos jugando en tierra, pero como en ciertas épocas del año anochecía pronto, nos vimos en la necesidad de colocar focos de luz para poder alargar el tiempo de entrenamiento; voluntad había mucha pero dinero poco, así que tuvimos que cavar nosotros para instalar las torretas de las luces y hacer las zanjas por donde iban los cables de la electricidad. El material necesario lo donó el padre de dos alumnos. Una vez que aquello parecía que tomaba cuerpo se procedió a echar cemento y completar la instalación deportiva a la que se añadió después la cancha de baloncesto» [7].

Eduardo Gentil, profesor y secretario de Altair

Desde el principio hubo dificultades económicas, las mismas que tenían los padres tenía Altair. Ya en el año 1970, Eduardo Gentil lo expresaba en las páginas del libro Dos días en Altair.  Había que atender las necesidades educativas «de chavales, obreros, hijos de obreros, sin un duro, y que tienen que estar formados, y entonces, en vez de darles un pedazo de pan, pues se les da un título de bachiller, que es como les quitas el hambre, no para ahora, sino para toda la vida» [8]. Las subvenciones, a pesar de su pomposo título del cien por cien –que no era tal–, no llegaban para cubrir los gastos que una enseñanza gratuita exigía [9]. Para ello se acudía al Patronato, pero también a las propias familias que en muchos casos aportaban voluntariamente una cuota de ayuda para becas. Así explicaba Miguel Ferré, en una carta dirigida a los propios padres, la disposición tanto del Patronato como de las mismas familias para ayudar al sostenimiento de Altair: «Este dinero es cubierto por un Patronato formado por gente de Sevilla que conocen Altair y colaboran con gusto pero con mucho esfuerzo para que pueda Altair educar a estos chicos. Pienso que al conocer Vd. esta realidad, se sentirá –dentro de sus posibilidades– dispuesto a colaborar más en Altair» [10]. Según Antonio Gutiérrez, gracias al entusiasmo «de aquellos padres, las carencias materiales y las dificultades económicas se hacían llevaderas y teníamos más motivos para buscar soluciones y compartir nuestras preocupaciones y nuestras alegrías y, poco a poco, fueron conociendo Altair y comenzaron a colaborar, unos más y otros menos, según sus posibilidades, pero siempre con generosidad y cariño. Esto lo sabían también las personas a las que hablábamos de Altair y le pedíamos su ayuda y todos se ilusionaban con contribuir en este proyecto de promoción humana y cristiana» [11].

Jerónimo Vera estuvo dedicado más de veinticinco años a la tarea de dar a conocer la labor del Patronato y luego de la Fundación. En entrevistas personales con los padres trataba de hacerles llegar la necesidad de su colaboración, y los muchos beneficios que esta tenía, no sólo para sus hijos, sino para todos los alumnos, con el objetivo de lograr formar buenos profesionales, buenas personas y buenos hijos de Dios. La necesidad, como ya hemos expuesto, que movía a esta colaboración voluntaria en las actividades extraescolares y de formación, era que su coste no estaba cubierto por las subvenciones públicas. Las cantidades con las que cada familia ayudaba han dependido siempre de su disposición y circunstancias; y con modos de pago adaptados a su comodidad y variables en cualquier momento, pudiendo aumentar, disminuir o, libremente, dar por finalizada su colaboración con la Fundación. «A lo largo de tantos años –apunta Jerónimo– tengo muchas experiencias vividas, la inmensa mayoría muy gratas y amables, otras pintorescas y divertidas y, rara vez, alguna que otra un poco triste. Nunca tuve que soportar ninguna entrevista que fuera tensa o negativa, aunque es verdad que cada vez que llamábamos a los padres era frecuente que llegaran preocupados. Pero, una vez explicado el motivo, enseguida se tranquilizaban porque, como pronto se les hacía ver, fuera cual fuera su determinación una vez solicitada la ayuda, ninguna persona se iba a enterar de su decisión: ni profesores, ni compañeros, ni otras familias. Y así ha sido siempre». Jerónimo fue testigo de numerosas anécdotas que reflejan la buena disposición de muchas de las familias. La inmensa mayoría colaboraba con pequeñas cantidades debido a su escasez de medios económicos, como aquella familia que «decía no tener medios pero que estaba muy contenta con el colegio y quería colaborar con una pequeña cantidad pues se le había concedido una ayuda de la asociación de padres y parte de esa ayuda la iba a destinar a este fin». En otros casos apuntados por Jerónimo, aunque son una excepción, reflejan, sin embargo, la disposición y el agradecimiento de muchos padres por la labor formativa de Altair. Como aquella otra familia «que rellenó una ficha de colaboración por una cantidad muy elevada. Me lo aclaró diciéndome que colaboraba contenta de la labor que hacía el colegio y, como le iban muy bien las cosas, quería hacerlo» [12]. Estas entrevistas servían en muchos casos para estrechar las relaciones entre Altair y las propias familias y frecuentemente facilitaban la integración de los protagonistas en Altair, colaborando y en las actividades de formación.

[1] “El Instituto Martínez Montañés, una de las realizaciones más interesantes en el campo de la Enseñanza Media de Sevilla”, en ABC de Sevilla, 21 de julio de 1968, pp. 12-13.

[2] Recuerdo de Manuel Guillén León, 25‎ de febrero de ‎2013.

[3] Cfr. Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. III (“Los caminos divinos de la tierra”), RIALP, Madrid 2003, p. 654.

[4] Recuerdo de Manuel Guillén León, 25‎ de febrero de ‎2013.

[5] Recuerdo de Miguel Ferré Trenzano, 15 de septiembre de 2016.

[6] “Altair, educar para servir a la sociedad”, en Oficina de Información de la Prelatura del Opus Dei en España, 11 de enero de 2013, disponible en http://opusdei.es/es-es/article/altair-educar-para-servir-a-la-sociedad/, consultado el 12 de mayo de 2015.

[7] Recuerdo de Paulino Torres Torres, 6 de julio de 2016.

[8] “Eduardo Gentil”, en Dos días en Altair, pp. 77-78

[9] Manuel Capelo, “Las subvenciones al cien por cien no cubren los costes reales”, en El Correo de Andalucía, 21 de junio de 1978.

[10] Miguel Ferré, “Carta a las familias sobre el coste de la enseñanza”, 18 de diciembre de 1970.

[11] Recuerdo de Antonio Gutiérrez Muñoz, en Mesa redonda con motivo del Centenario de san Josemaría, 22 de enero de 2002.

[12] Recuerdo de Jerónimo Vera Sánchez, 24 de octubre de 2016.

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