Los alumnos y sus familias

En un relato existen palabras claves que por sí mismas explican todo un episodio; son  palabras poderosas que encierran un significado profundo y suponen por sí mismas un verdadero tratado. Una de ellas es pundonor. En el diccionario se define como el sentimiento de dignidad personal que exige a uno mismo atención y dedicación continua en una labor o profesión; o sentimiento que impulsa a una persona a mantener su buena fama y a superarse. Esta palabra describe exactamente la personalidad y la actitud de los alumnos de los iniciales años de Altair. Los primeros alumnos de Altair se caracterizaban por poseer un enorme pundonor. Quizá la descripción que hace de estos chiquillos el periodista Jesús Carnicero en el reportaje de 1968 sirva para entender esa nobleza: los alumnos de Altair «tienen la alegría metida en el cuerpo. Hablan con entera naturalidad y se sienten libres en el colegio. Hablan sin complejos, sin timideces, con una naturalidad y espontaneidad admirables. Yo vi detrás de aquellos alumnos toda una serie de promociones de trabajadores responsables, bien preparados y con una base humana y sobrenatural que podrá influir decisivamente en sus compañeros de trabajo» [1].

Los alumnos de Altair estaban siempre entre los ganadores en todos los concursos: deportivos, literarios, artísticos en los que concurrían. Temprano ejemplo de este hecho fue la clasificación individual del equipo de gimnasia deportiva de Altair, que participó en las modalidades de ejercicios de suelo, salto de caballo, paralelas, barra fija y potro con arcos en los Juegos Deportivos de Otoño de 1970 (Archivo histórico de Altair).

En el año 1967, en el entorno de Altair, había una total escasez de puestos escolares de enseñanza primaria, y absolutamente nada en lo referente a centros públicos de enseñanza media y profesional. En los años sesenta los institutos públicos de enseñanza media eran masculinos o femeninos, no mixtos. Entre los institutos masculinos en la ciudad únicamente estaban: el Instituto San Isidoro, de 1845 y decano de los centros públicos de enseñanza media, situado en pleno centro de Sevilla; el Instituto Bécquer de Triana, nacido en 1966, lejanísimo y diametralmente opuesto en el extremo oeste de Sevilla; el Instituto Martínez Montañés, nacido en Nervión en 1967, el mismo año que Altair, bien lejano en la distancia y separado por el Tamarguillo, era el más próximo geográficamente a Altair; y el Instituto Fernando de Herrera creado en 1968, un año después de Altair, en la avenida de La Palmera.

En el año 1970 afirmaba José María Prieto: «En cuanto a centros de enseñanza primaria, aunque sigue siendo insuficiente, es bastante aceptable la proporción de puestos escolares. Sin embargo, de enseñanza media y profesional, por el momento no hay absolutamente nada, […] no hay más que academias particulares» [2]. En efecto, en el entorno del recién constituido Altair tan sólo había tres colegios nacionales [3] y algunas academias [4], escuelitas y migas [5] de donde provinieron muchos de aquellos primeros alumnos. También algunos alumnos procedían de las secciones gratuitas de colegios de gran prestigio como el Portaceli o las Escuelas Pías (Escolapios), ambos muy lejanos de Altair. E incluso de colegios del centro de Sevilla desde donde las familias se habían mudado recientemente a alguno de los barrios de Altair, como Juan XXIII [6].

Antonio Gutiérrez recuerda aquellos años como muy bonitos, «porque con el cariño y el entusiasmo de aquellos padres y con la alegría y el orgullo de los alumnos por estudiar en Altair. Los padres se daban cuenta de que allí había algo distinto; que aquello les parecía tan bueno que pensaban que debía haber otras intenciones y, al principio, desconfiaban. Pero cuando veían que no había trampa ni cartón, que aquello era auténtico; que se quería de verdad a sus hijos; que veían como mejoraban y lo contentos que estaban, entonces, se rendían y se transformaban en entusiastas de Altair. Sentían cómo se les atendía y valoraba; cómo se respetaba su libertad y nunca se les hablaba de política, fuera cual fuera su adscripción política –en aquellos años había muchos extremismos–. Siempre se iba con la verdad por delante y se les explicaba que allí se daba a sus hijos una buena formación cristiana, porque queríamos que fueran gente feliz y valiosa en todas las facetas, humana y espiritual» [7].

Los medios económicos de esas familias eran objetivamente escasos. Empero, el interés por acceder a una educación de calidad que les proporcionaba Altair no los frenó, porque «el plan de estudio de Altair era el mismo que el de cualquier centro de enseñanza; pero los alumnos tenían la ventaja de abonar únicamente el cincuenta por ciento de la tasa académica, y en varios plazos aparte de un amplio régimen de protección escolar (becas, bolsas de estudios, matrículas gratuitas)» [8]. En efecto, este hecho no pasó desapercibido, y viene incluso referido en la prensa nacional de ese año 1967: «En el nuevo Altair se cursarán los estudios de bachillerato, los gastos de matrícula importan la mitad de lo que se satisface en los demás centros oficiales, y existe un extenso programa de becas y ayudas. Estas ayudas facilitadas por el Patronato abrieron las puertas de Altair a los alumnos de las barriadas populares anejas al emplazamiento del Instituto: La Plata, La Candelaria, Cerro del Águila, Juan XXIII, Los Pajaritos, Amate. Todas ellas están situadas en el extrarradio de Sevilla» [9]. Esta sustancial diferencia económica en el costo de la matrícula unido a las ayudas prestadas por el Patronato, permitió a muchas familias inscribir a sus hijos en el nuevo proyecto que se iniciaba ese año.

El libro Dos Días en Altair recoge una entrevista a cuatro padres de alumnos que nos pueden servir de muestra de las características de la sencillez y humildad de las familias de Altair; viven en la barriada Juan XXIII y en el Cerro del Águila (Archivo histórico de Altair).

Los alumnos que se matricularon en 1967 lo hicieron en el primer curso del bachillerato elemental en dos grupos de cuarenta alumnos cada uno. La mayoría de los alumnos, como testimonia la documentación consultada, eran en general, hijos de obreros industriales, carpinteros, electricistas, albañiles, jornaleros, empleados, funcionarios, etc. El libro Dos días en Altair entrevista a cuatro padres de alumnos cuyos perfiles nos pueden servir de muestra de las características de sencillez y humildad de las familias de Altair. «Manuel de Toledo es carpintero, tiene 50  años y trabajó en la Base americana de Morón, aunque actualmente está en paro; uno de sus tres hijos estudia en Altair. Rafael Estévez, tiene 50 años y es maestro pintor, antes fue fabricante de acordeones; tiene cuatro hijos, de los que uno está en Altair. Manuel León, de 45 años, es metalúrgico; de los cuatro hijos, uno estudia en Altair. José Olmo, de 50 años, también metalúrgico; tiene cinco hijos, uno en Altair. Entre los cuatro, sumando sus ingresos, bordean las veinticinco mil pesetas mensuales. Viven en la barriada Juan XXIII y en el Cerro del Águila» [10].

Así lo explica Rafael Olivares: «Los primeros alumnos en su mayoría eran hijos de emigrantes de los pueblos. Bastantes eran analfabetos, que empezaban a dejar la agricultura y se venían a la ciudad a trabajar en la industria o terminaban emigrando a Alemania, Suiza, etc. Muchos se construían ellos mismos sus viviendas o con ayuda de otros, en terreno público, sin licencia, en condiciones muy precarias y con materiales muy pobres» [11]. Además, se impartía un curso de bachillerato nocturno con treinta alumnos entre catorce y veinte años «que, al dejar su trabajo diario, acuden a las aulas de Altair –como testimonia una artículo de la prensa–. Hay botones [auxiliares de banca], jugadores juveniles del Sevilla y del Betis, empleados, aprendices, y, en general, la mayoría de los alumnos son hijos de obreros (industriales, carpinteros, electricistas), albañiles, jornaleros, funcionarios, etc.» [12].

José María Prieto confirma este hecho al explicar que la procedencia de los alumnos es modesta, y «en su mayoría, seguramente, serán cuando sean mayores, obreros especializados, y si conseguimos nuestro objetivo, personas formadas en la libertad y en la responsabilidad. Está orientado así porque la zona en que está nos lo hizo parecer aconsejable y porque, a la vista de los resultados del muestreo realizado por nuestro departamento de Psicología, nuestros alumnos sienten una mayor inclinación hacia ese tipo de estudios. A pesar de ello, no solo no se ha descuidado la posibilidad de que nuestros alumnos deseen cursar estudios superiores e incluso universitarios, sino que, además ayudaremos a los que tengan aptitudes para ello» [13].

Los alumnos de Altair procedían muchos de ellos de familias numerosas que no pagaban nada [14]. Sin embargo no podemos tampoco olvidar que las necesidades económicas del centro no se sufragaban solamente con las matrículas. Así se desprende de la mencionada carta enviada a los padres ese mismo año de 1970 por Miguel Ferré en la que informa de las necesidades económicas: «es necesario que los padres conozcan a fondo Altair tanto en lo que respecta a la forma de enseñanza como a la colaboración de padres y profesores en la tarea de educar. Es conveniente –porque si no tendría una visión inexacta de Altair– que conozca también el problema económico, los ingresos y gastos de que dispone, para que Vd. pueda sentirse mucho más unido al centro y colaborar con más ganas. En el curso 1970-1971 la enseñanza que recibe su hijo cuesta 11.000 ptas. de las cuales el Ministerio de Educación paga 4.100 ptas., por lo cual la cantidad que falta –el déficit– por cada chico es de 7.000 ptas.» [15]. Pero, la colaboración que Altair pedía a los padres era más un medio de integrarse en el centro que un freno a la matrícula.

La realidad era que había muchas más solicitudes de plaza que puestos escolares disponibles. Es precisamente en esta situación cuando se muestra una vez más la vinculación de Altair con sus vecinos, pues los criterios de admisión favorecían a los barrios próximos. Como se dice en el boletín de 1978: «La demanda de puestos escolares en Altair es, sin duda, muy grande –explicaba Antonio Borrero, jefe de relaciones públicas, en la prensa–: Nuestra ilusión sería que aquí tuviesen cabida todos los niños que solicitasen su admisión, pero, claro, las aulas son limitadas, y no pueden albergar a todos. En Altair se practica un criterio de admisión en función de cuatro condicionantes: la cercanía, teniendo primacía sobre todo los niños del distrito VII; los ingresos del padre, tienen prioridad los más humildes; si el nuevo alumno es familia numerosa y si tiene hermanos en el centro. La EGB en su mayor parte está formado por los niños de los barrios adyacentes» [16].

Desde sus inicios, los alumnos provenían de familias asentadas en los barrios de la periferia de Sevilla inmediata a Altair. Este hecho era una realidad constitutiva y esencial de su ideario. Por eso, se puede afirmar sin ninguna duda que en Altair hubo y hay un vínculo natural con sus barrios. En efecto, como refrendo de este hecho, en el año 1985 el departamento de Geografía e Historia emprendió la tarea de estudiar la procedencia geográfica de los alumnos de Altair [17]. Para ello realizó un estudio de campo en el que se localizaron en el mapa los domicilios de las familias; uno a uno, de todos los alumnos de Altair. Fue un esfuerzo en el que participaron todas las secciones (EGB, BUP, FP) del que salieron interesantes conclusiones. La principal era la comprobación de la procedencia casi absoluta de los alumnos de los barrios de la periferia sevillana próximos o inmediatos a Altair.

El trabajo de investigación puso de manifiesto la enorme implantación de Altair en su entorno. Gracias al esfuerzo de padres, profesores y alumnos se está llevando a cabo el objetivo que animó sus comienzos: ofrecer una formación, la más completa posible y en todos los aspectos, a los alumnos y a las familias de los barrios de Su Eminencia [18]. Descubrimos un Altair en el que se da una vinculación, casi total, entre sus alumnos y sus barrios. Porque, desde sus orígenes la extracción de los alumnos de Altair era fundamentalmente del entorno. Y ello, antes de la puesta en vigor de la zonificación escolar que obliga a las familias a escolarizar a sus hijos en los centros de enseñanza más próximos. A Altair nunca le hizo falta que le exigieran que los alumnos provinieran de sus barrios; ya había una vinculación natural con sus barrios. Desde su nacimiento y en años posteriores y en nuestros días los alumnos de Altair fueron alumnos de los barrios próximos.

En el libro Dos días en Altair encontramos un ejemplo ilustrativo del tipo de alumnos de aquellos primeros años: Luis Calvente describe en la entrevista «a un chavalín que es el típico niño de aquí, de la carretera de Su Eminencia. Se llama José María… Y el padre tiene un pedazo de terreno en el que los domingos se están construyendo una casa ellos mismos. Le pregunté  por qué  los domingos no venía por aquí por la mañana a jugar al fútbol. Y me dijo: es que los domingos ayudo a mi padre. El chico se levantaba pronto por las mañanas para ordeñar la vaca que tenían (prácticamente vivía la familia de lo que sacaban con la leche de la vaca), para dar de comer a la vaca, y que después se arreglaba, se peinaba y entonces venía a Altair… Y, ¿tú qué haces cuando llegas a tu casa? –le pregunté–, y salta el chaval con una gracia muy grande, y dice: ¿yo?, pues lo primero merendar» [19]

Jesús Carnicero, periodista del diario Madrid, describe y entrevista a los alumnos de aquel primer curso de 1967-1968: «Charlé con varios muchachos de Altair, que me contaron sus alegrías y sus travesuras infantiles. Hablar con ellos es pasar un rato divertido. Pasé un rato feliz hablando con los chavales. Y supe apreciar, a través de su conversación, que se sienten libres. Los alumnos de Altair han comenzado este curso del primer año de bachillerato. Ochenta chicos, entre diez y doce años que viven casi todos en la barriada de Juan XXIII, un populoso suburbio sevillano, habitado en su mayoría por obreros manuales. Sus padres son, en un tanto por ciento  elevado, albañiles, obreros eventuales  o empleados modestos. –Continúa el periodista entrevistando a los chavales–: Francisco C.; once años de edad; su madre es viuda; percibe una pensión mensual de cien pesetas; tiene siete hermanos. Luis G.; domicilio: barriada Juan XXIII; trece años de edad; tres hermanos; su padre es obrero eventual. Le pregunté: ¿Qué deseas hacer al terminar el bachillerato elemental? Contestación: Trabajar. José H.; doce años; vive en la barriada de La Plata; su padre es peón albañil; ahora en paro y percibiendo dos mil pesetas mensuales; son cuatro hermanos: ¿Qué deseas hacer al terminar los estudios? Contesta: Trabajar de mecánico. Francisco P.; barriada Juan XXIII; su padre es molinero de arroz; tiene cuatro hermanos: Le gustaría ser embobinador de motores. Manuel C., vive en el polígono de San Pablo. El padre tiene sesenta y dos años y es jornalero, con un sueldo de ochenta pesetas diarias; tiene cuatro hermanos. ¿En qué te gustaría trabajar? Le pregunto; y contesta: No me gusta trabajar. Alfonso P., listo como el hambre, conoce ya la responsabilidad que supone sacar adelante una casa. Apenas ve a su padre, porque el trabajo de éste se lo impide. Su madre se halla casi siempre enferma. Entre mi hermano Joaquín y yo –me contaba– limpiamos muchas veces la casa; no se vayan a creer las visitas que estamos sucios. Antonio M., que vive en la barriada Juan XXIII y tiene once años de edad y piensa ser mecánico; me decía: En Lengua he sacado un seis; en Matemáticas, un cero… Es que tengo mala suerte. Cuando me lo sé no me preguntan; sin embargo, cuando no lo me sé…» [20].

 

[1] Jesús Carnicero, “Altair, un ambicioso proyecto de promoción obrera”, en Diario Madrid, 29 de febrero de 1968, p. 6.

[2] “José María Prieto”, en Dos días en Altair, p. 21.

[3] En la década de los años sesenta existían tres colegios públicos próximos: el Colegio Santa Teresa y el Colegio Paulo Orosio que, como hemos escrito, colaboraron prestando sus instalaciones para la promoción de Altair y el Colegio Juan XXIII.

[4] A estos se unían varios centros privados, colegios o academias; los de más renombre eran el Colegio Ruiz Elías, la Academia Ruemy, o el Colegio Academia Pontífice Pablo VI.

[5] Las migas eran pseudos-escuelas infantiles privadas para párvulos o niños de poca edad. Estaban regentadas por una persona responsable y de confianza, de ahí el nombre de escuela de amiga, miga o miguilla, normalmente mujeres con alguna instrucción o incluso maestras que atendían y preparaban en las primeras letras a los niños que no habían alcanzado aún la edad propia de la escolaridad, años después obligatoria; o en enseñanza no oficial preparaban para al examen de ingreso al bachillerato elemental. Estas escuelitas coexistían con las escuelas oficiales. La miga o escuela de amiga constituyó un fenómeno educativo generalizado en los barrios y ambientes menos favorecidos de Sevilla y Andalucía y otras muchas zonas de la geografía española. Cfr. R. Clara Revuelta Guerrero y Rufino Cano González, Las escuelas de amiga: espacios femeninos de trabajo y educación de párvulos y de niñas, pp. 181-182.

[6] Cfr. Recuerdo de Enrique León Gil y José Miguel González Navarro, actuales profesores de Altair.

[7] Recuerdo de Antonio Gutiérrez Muñoz, en Mesa redonda con motivo del Centenario de san Josemaría, 22 de enero de 2002.

[8] Jorge Manosalvas, “Altair, Presente y futuro de una realidad social”, en Diario Madrid, 17 de diciembre de 1967.

[9] Ramón Pi, “El nuevo Instituto Altair” en ABC de Madrid, 20 de septiembre de 1967, p. 51.

[10] “Cuatro padres de alumnos”, en Dos días en Altair, p. 97.

[11] Recuerdo de Rafael Olivares Márquez, 11 de febrero de 2013.

[12] Jorge Manosalvas, “Altair, Presente y futuro de una realidad social”, en Diario Madrid, 17 de diciembre de 1967.

[13] Juan Luis Manfredi, “Instituto Tecnológico Altair, en su tercer año de labor”, en ABC de Sevilla, 7 de mayo de 1970, p. 19.

[14] Cfr. “Manuel Guillén”, en Dos días en Altair, pp. 115-116.

[15] Miguel Ferré, “Carta a las familias sobre el coste de la enseñanza”, 18 de diciembre de 1970.

[16] Gloria Gamito, “El Centro de Estudios y Formación Profesional Altair cumple diez años”, en ABC de Sevilla, 20 de mayo de 1977, p. 27; y , en “Criterios de admisión”, en Boletín de Altair, nº 13, junio de 1978, p. 7.

[17] Cfr. Luis Augusto Pascual, Aproximación al estudio de la población de Altair, Equipo didáctico Arbor bona, Sevilla 1985. El Trabajo de la población de Altair tuvo en su momento –en 1985– un carácter didáctico, como instrumento para la comprensión de la asignatura de Geografía de 2º de BUP –y así se insistía intencionadamente en el preámbulo–, desechándose otras posibles utilidades. Sin embargo, pasados los años, son precisamente las conclusiones en las que en su momento no se quiso insistir, las que más nos interesan hoy. Un ejemplo de la minuciosidad del estudio y laboriosidad de los equipos de trabajo, fue la elaboración del mapa de distribución de la población, de alumnos-familias en la ciudad, resultado del censo de todos los alumnos y la localización del domicilio –uno por uno– en el mapa.

[18] Cfr. “Al servicio del barrio, Análisis sobre la procedencia de la población de Altair”, en  Boletín de Altair nº 21, junio de 1985,  pp. 6-7.

[19] Cfr. “Luis Calvente”, en Dos días en Altair, p. 13.

[20] Jesús Carnicero, “Altair, un ambicioso proyecto de promoción obrera”, en Diario Madrid, 29 de febrero de 1968, p. 6.

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