La promoción de Altair

Ya hemos constatado que Su Eminencia era ciertamente un lugar extremo, basta observar la fotografía aérea de la época para comprobar este hecho: el aislamiento y la lejanía era algo evidente. Allí, y no por casualidad sino por iniciativa de algunos miembros del Opus Dei, junto a los barrios de «más allá del Tamarguillo» [1] nacería Altair, donde nadie quería ir y fuimos nosotros, según las esclarecedoras palabras que José Manuel Núñez, director de la sección de FP, escuchó en 1989 al beato Álvaro del Portillo, sucesor de san Josemaría y primer Prelado del Opus Dei, con las que les quiso expresar su cariño a Altair [2].

Titular de prensa que constataba la importante iniciativa educativa que significaba Altair para los barrios más necesitados (Archivo histórico de Altair).

Efectivamente, ya en 1968 la prensa se hacía eco de esta preocupación e iniciativa, «como una posibilidad de formación  profesional y humana para los hijos de los obreros. Altair obra corporativa del Opus Dei está llamado abrir un cauce a las aspiraciones de muchos trabajadores sevillanos y lo que es más importante, a despertar la vocación social en muchas conciencias» [3].

Altair nació, por iniciativa de algunos miembros del Opus Dei, en la periferia más extrema del este de Sevilla. Alberto de la Lastra, secretario del Patronato de Altair en 1970 (Archivo histórico de Altair).

Esta fue la importantísima misión de un grupo de personas –que formaron el Patronato de Altair– quienes quisieron hacer llegar a muchos sevillanos su preocupación social y educativa. Alberto de la Lastra explicaba: «Animados por esta inquietud se formó el Patronato de Altair, compuesto por un grupo de industriales, comerciantes y profesionales, principalmente, con la inquietud de que la enseñanza no es una tarea exclusiva del Estado. Llevar la conciencia de que esto de la enseñanza lo tenemos que sacar adelante entre todos. Lo que trata [el Patronato] es de ayudar al centro docente en todo tipo de gestiones. Y, quizás, una de las gestiones más importantes sea la financiera. También nos encargamos de las relaciones con Sevilla, de despertar la conciencia de personas individuales, de empresas y de entidades. Como se quiere, como queremos que aquello sea lo más perfecto posible, lo más funcional, sin lujos de ninguna clase, pero lo mas eficaz posible, existen toda una serie de aulas, de salas de reuniones y demás, que el Estado no financia y que solo ayuda en parte, el Patronato busca fondos para cubrir esta diferencia entre los gastos del primer establecimiento y las ayudas oficiales, provinciales y demás» [4]. No podríamos olvidar en este relato las aportaciones excepcionales y constantes al Patronato de algunas instituciones como la Real Maestranza de Sevilla o el Ateneo de Sevilla. Y particularmente las de algunos sevillanos, como la de los empresarios Carlos Beca y su cuñado Armando Soto, socios de una conocida arrocera. Así lo apunta Antonio Gutiérrez: Ellos, cada año, a mediados de octubre, hacían una muy generosa aportación económica. Habían considerado a Altair como un tercer socio a ganancias; así se lo propuso Carlos a su cuñado. Realmente su colaboración era decisiva, y como matiza Manuel Guillén, la aportación era una cantidad precisa hasta el céntimo, correspondiente al tercio de los beneficios de aquel año [5].

La labor del Patronato no quedó reducida al primer impulso. Al contrario, a lo largo de todos estos años, estuvo siempre respaldando las iniciativas promovidas por los directores de Altair. Como lo explicaba Francisco Olea, secretario del Patronato en 1982: «Así ocurrió con la construcción del edificio central, un edificio que habría de albergar las dependencias dedicadas a la dirección, administración y salas de profesores y de atención a los padres; además de la capilla y el salón de actos. Un edificio para que directivos y profesores puedan atender debidamente a los padres de alumnos, tanto en el trato personal como en las actividades organizadas para ellos. Su construcción ha supuesto una larga historia de generosidad y sacrificios de muchas personas, que forman el Patronato de Altair y que han hecho posible económicamente este empeño educativo. El Patronato de Altair ha buscado los medios necesarios para financiar su construcción, llegando a solicitar créditos, a largo plazo, para poder realizarlo. Por lo tanto, la financiación corre íntegramente a cargo del Patronato, que tendrá que allegar los fondos necesarios para hacer frente a los créditos conseguidos» [6].

El Patronato de Altair nacido en el año 1967 tiene hoy continuidad a través de la Fundación Altair constituida y reconocida por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en 1997. La Fundación tiene por objeto promover la ayuda al desarrollo de las actividades educativas, culturales, formativas y deportivas que realiza Altair; y facilitar la consecución de los medios adecuados para satisfacer las necesidades de su ideario. Está dirigida por un Patronato constituido según la legislación vigente y recientemente ha adaptado sus estatutos a la nueva ley de Fundaciones de Andalucía, y ha pasado a denominarse Altair Fundación Andaluza. Forman parte activa como colaboradores de la Fundación muchos padres de antiguos alumnos, y muchas personas que, aunque no tengan ninguna vinculación con el centro educativo, ven como un asunto de compromiso moral y social la colaboración con los fines fundacionales. También hay empresas con un fuerte compromiso social que quieren colaborar en la formación de los jóvenes y han visto ese fin cumplido en la Fundación Altair [7].

Cartelillo de promoción de Altair. Se repartieron carteles como este por los colegios, parroquias, mercados y comercios del barrio (Archivo histórico de Altair).

La inestimable labor de impulso y financiación de Altair por parte del Patronato tuvo su contrapunto humano con la promoción puerta a puerta por todo el barrio, en colegios, parroquias, tiendas, bares y mercados. «Acudíamos a los mercados –lo explicaba en 1998 Jesús Rodríguez– a hablar con las señoras que iban a comprar, para que apuntaran a sus hijos. Sólo podíamos dar promesas, porque no teníamos nada, y a veces nos decían: hemos ido a donde nos dicen ustedes, a ver el colegio, y no hay ningún edificio» [8]. Fue una verdadera aventura. Como describe Rafael Olivares: «Durante los meses de ese verano previo al comienzo de las clases, estuvimos repartiendo propaganda anunciando el futuro colegio por todas las barriadas del entorno (Juan XXIII, Su Eminencia, Santa Teresa, Los Pajaritos, Madre de Dios, etc.). Dejábamos carteles en tiendas y entregamos dípticos por la calle. Al principio, cuando nos preguntaban que dónde estaba el colegio y les indicábamos el sitio, nos decían con sorpresa que aquello no era más que un olivar» [9]. Para convencer a los escépticos de que el proyecto no era una utopía «se confeccionó una maqueta con las instalaciones de los futuros edificios y la ubicación de los campos de deportes. Se colocó a la vista pública en la entrada del Colegio Paulo Orosio, donde se podía ver fácilmente y comprobar la realidad de la magnitud del proyecto» [10]. Miguel Ferré, entonces subdirector de Altair, recuerda «que se hizo una maqueta con una piscina de color azul que sirvió para la promoción de las primeras inscripciones, y algunos se matriculaban por la piscina» [11].

San Josemaría en el Colegio Mayor Almonte con algunos de los primeros colaboradores de Altair, en 1967 (http://www.sanjosemariaensevilla.com/).

Esa impagable tarea fue llevada a cabo en estos momentos preliminares por los componentes del histórico Altair de Triana [12]. Su labor facilitó la difusión del proyecto, pues, «ya todo lo habían hablado estos muchachos insensatos» [13], recuerda Prieto con agradecimiento a los adelantados que promocionaron el nuevo colegio por todo el barrio. Siguiendo con el símil de los colonizadores que hemos utilizado páginas arriba, si los alumnos y sus familias fueron los pioneros del proyecto; los primeros exploradores fueron éstos: «Una avanzadilla se dedicó a hacer ambiente en el barrio donde iría instalado el complejo educativo. Se visitaron los colegios de los alrededores para que los alumnos del último curso de enseñanza primaria pudieran inscribirse en el nuevo complejo para estudiar el bachillerato» [14]. No nos quepa duda que el Altair que hoy conocemos es fruto de aquel entusiasmo y, sobre todo, de aquel esfuerzo humano y sobrenatural y de aquella fe en el proyecto.

La inefable maqueta de Altair que —colocada a la vista pública en la entrada del Colegio Paulo Orosio— sirvió como reclamo de matriculaciones durante los primeros años (Archivo histórico de Altair).

No poco importante fue la ayuda de directores y maestros de los colegios del entorno que animaron a muchos padres a inscribir a sus hijos en Altair [15]. José María Prieto explica cómo también recibieron el apoyo de los colegios del barrio: es el caso de Ana Estrada, directora del Colegio Público Santa Teresa. Gracias a «Ana, tía de mi mujer –apunta Prieto–, una persona maravillosa, extraordinaria, una Teresiana muy buena que se pasó toda la vida en El Cerro del Águila, en el Colegio Santa Teresa. Ana Estrada nos dejó atender las peticiones de matrícula en la secretaría del colegio. Por las tardes nos íbamos allí, donde teníamos una mesita» [16]. En esas instalaciones prestadas se atendía a las familias. Prieto recuerda con cariño la llegada de los primeros alumnos con sus madres para matricularlos. «Acudían allí las madres preguntando: Pero ¿dónde está el colegio, dónde está el colegio?… y nosotros: Usted no se preocupe, usted no se preocupe; el colegio estará el día uno… Era una cosa un poco arriesgada. –Y rememora con afecto al primer alumno que se matriculó–: Un día llegó una madre a inscribir a su hijo: Yo quiero apuntar a mi hijo. Le pregunté: ¿Cómo te llamas?: Rafael Casas» [17]. Luego vendrían los demás, completando las listas de matriculados, desde Esmeraldo Alfaro hasta Rafael Verano en el diurno, y desde José Aparicio a Francisco Valverde en el nocturno.

[1] Juan José García-Noblejas, en Dos días en Altair, p. 4. Que no se nos escape el matiz de la expresión “más allá del Tamarguillo. El que lo describe está pensando, desde el centro de Sevilla, en tantos sevillanos que van a colaborar con su esfuerzo profesional o su dinero para sacar adelante este apasionante proyecto de promoción de las gentes de la periferia extrema de Sevilla.

[2] Recuerdo de José Manuel Núñez Díaz de su encuentro, en compañía de Enrique Garrucho, con el Prelado del Opus Dei en Roma, en mayo de 1989.

[3] Jesús Carnicero, “Altair, un ambicioso proyecto de promoción obrera”, en Diario Madrid, 29 de febrero de 1968, p. 6.

[4] Cfr. “Alberto de la Lastra”, en Dos días en Altair, pp. 139-140.

[5] Cfr. Recuerdos de Antonio Gutiérrez Muñoz, 11 de octubre de 2017 y Manuel Guillén León, 25‎ de febrero de ‎2013.

[6] “El Edificio Central”, en Boletín de Altair, nº 17, mayo de 1982, p. 8.

[7] Cfr. “La Fundación Altair”, disponible en http://www.altair.edu.es/altair/fundacion-altair/, consultado el 24 de julio de 2015.

[8] “Treinta años al servicio del barrio, 1967-1997”, en En España Altair, Oficina de información del Opus Dei en España, Madrid 1998, pp. 2-3.

[9] Recuerdo de Rafael Olivares Márquez, 11 de febrero de 2013.

[10] Recuerdo de José Navas Luque, 30 de septiembre de 2012.

[11] Recuerdo de Miguel Ferré Trenzano, 15 de septiembre de 2016.

[12] Entre todos estos colaboradores, a quienes Prieto cariñosamente llama insensatos por la aparente chifladura de su empeño, y que tanto ayudaron en la promoción de Altair en aquellos primeros meses recordamos a Carlos Hidalgo, Rafael Olivares, Valentín Carrasco, los hermanos Jesús y Antonio Rodríguez (los melli), etc.

[13] Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016.

[14] Recuerdo de José Navas Luque, 30 de septiembre de 2012.

[15] Cfr. Recuerdos de Manuel Sosa Duarte; de José Manuel Fernández Silva; de José Miguel González Navarro.

[16] Recuerdo de José María Prieto Soler, 11 de abril de 2016.

[17] Ibidem.

 

 

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