Y… yo te conocí ciruelo

El Altair actual es un milagro. Como hemos expuesto a lo largo de estas páginas, los éxitos educativos alcanzados en estos años superan con creces los sueños más generosos de los comienzos.

La Hacienda Su Eminencia y la carretera, entre la bruma, viendo pasar el tiempo; en primer plano el material de las obras del pabellón provisional.

Pero los actores inmediatos comprometidos en el día a día de la tarea docente, sumergidos desde dentro de Altair en el fragor del trabajo educativo, ofuscados por las incidencias cotidianas, podrían no llegar a vislumbrar la trascendencia de su tarea. Es comprensible. Y quizá llegara a suceder que su apremiante realidad les impida ver con suficiente perspectiva –como quien tiene un muro delante de los ojos pegado a las narices– la importancia de la labor de tantos años. Y si acaso levantaran la mirada y descubrieran sorprendidos el trabajo bien hecho de tantas personas que los precedieron, no deberían arrogarse como propios los frutos o los triunfos –verdaderos milagros– de Altair, que son de tantos quienes a lo largo de este medio siglo contribuyeron con su empeño, iniciativas y trabajos, e incluso fracasos, a ese formidable esfuerzo; y deberían aplicarse el cuento, el cuento del ciruelo: «En un pueblo quisieron tener una efigie de san Pedro, y para el efecto le compraron a un hortelano un ciruelo. Cuando estuvo concluida la efigie y puesta en su lugar, fue el hortelano a verla, y notando lo pintado y dorado de su ropaje, le dijo: Glorioso san Pedro.//Yo te conocí ciruelo,//Y de tu fruta comí;//Los milagros que tú hagas//Que me los cuelguen a mí».

Altair ha conocido a medio millar de profesionales y educadores. Desde los arquitectos  de los primeros edificios a los sucesivos directores o los cientos de profesores, administrativos, limpiadoras, etc. y decenas de miles de alumnos y familias, todos ellos podrían reclamar que: los méritos que hemos visto relatados en este trabajo nos los asignen a nosotros. Este libro ha intentado recordar y dar relieve al esfuerzo titánico de tantas personas que han colaborado en Altair o han trabajado y dejado su vida, sus ilusiones y sus afanes; ha querido ser una ventana que atraviese ese obstáculo y permita contemplar con la perspectiva de los años el panorama inmenso abierto por Altair en las personas del barrio, así en los alumnos y sus familias como en los diversos profesionales de la educación a lo largo de este medio siglo.

Agradecemos a tantas personas que han colaborado con sus documentos, recuerdos, revisiones y correcciones, sin los que no hubiera sido posible escribir este relato. Nuestro reconocimiento a unos por sus sugerentes y ricos testimonios y a otros por las pinceladas coloristas que han dado viveza a la narración. También pedimos perdón a quienes no se mencionan en el trabajo. Esa ausencia, en cualquier caso, no ha sido por indiferencia sino por la falta de referencias en las fuentes o por fallos de la memoria. Precisamente por eso, por el hecho de pasar ocultos, muy probablemente sean ellos los auténticos protagonistas de Altair.

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