Los cursos de restauración de obras de arte

Por José María García Blanco

Alumnos del curso de restauración de obra de arte en 1977 (Archivo histórico de Altair).

Un rasgo distintivo de Altair fue la audacia para plantear respuestas innovadoras a diferentes necesidades de formación, con independencia de que las enseñanzas  no estuviesen aun  reguladas en la normativa legal. Una de esas respuestas novedosas fue la organización de los cursos de restauración de obras de arte, que comenzaron en 1976.

Quienes por esas fechas se dedicaban a la restauración eran titulados de las Escuelas de Artes y Oficios, o de la entonces Escuela Superior de Bellas Artes, en las que se cursaban algunas asignaturas relacionadas con la restauración. Pero quizá la mayoría de los restauradores en ejercicio eran autodidactas. Si se analizan muchas restauraciones anteriores a los años setenta, se aprecia la necesidad de contar con restauradores que conjugasen la capacidad artística con los conocimientos específicos para desarrollar su trabajo. Las instalaciones eran necesarias naves amplias, un aula de dibujo y pintura, un aula para proyecciones y un laboratorio para análisis químicos. Todos estos elementos se ubicaron en el recién construido edificio para Formación Profesional.

La coordinación del profesorado estuvo a cargo de Manuel Álvarez Fijo, que había sido profesor de Dibujo en los primeros años de Altair y entonces promovía cursos específicos de restauración en la Facultad de Bellas Artes. Ricardo Comas, José Luis Mauri y Rafael Rodríguez-Rivero se ocupaban de las materias de dibujo, colorido, composición, materiales y restauración. Especial importancia se le dio al análisis de materiales, con clases de química impartidas en el flamante laboratorio por Joaquín Aráuz. Se completaba el plan de estudios con clases de Historia del Arte e Iconografía, impartidas por José María García Blanco.

El grupo más numeroso de alumnos lo componían personas que habían llegado a la restauración desde su profesión de anticuarios o marchantes de arte. En un segundo grupo se integraban varios aprendices de talleres de pintura o escultura, dirigidos a este curso por sus maestros. Un tercer grupo lo formaban aficionados al arte, tempranamente jubilados de sus profesiones.

En el desarrollo de los cursos todo era experimental, pero nada se improvisaba. Todo era práctico, pero con un fundamento teórico que lo respaldaba. El horario marco era el mismo de los demás nocturnos, pero los módulos de cincuenta minutos no tenían sentido en muchas de las actividades del curso (¿qué podía hacerse en ese tiempo si la tarea era la limpieza de una escultura o el reentelado de un cuadro?). Las materias se agrupaban en medias jornadas o en jornadas completas a lo largo de la semana. La evaluación era realmente continua y global, no solo de los alumnos, sino también de los contenidos, de los métodos y de los resultados de los proyectos. El ambiente de trabajo se cumplía en estos cursos, aunque con un matiz especial del ambiente bohemio que suele ser frecuente en las actividades artísticas. El silencio solo era preciso en algunos momentos o actividades (explicaciones, sesiones teóricas). También favorecía la distensión las frecuentes visitas de personas interesadas por el carácter novedoso de estos cursos.

El experimento tuvo su fin con la regulación definitiva de la Formación Profesional provocó el final de estos cursos. La legislación imponía una serie de formalidades nada compatibles con la orientación práctica y experimental que regía los cursos, por lo que estos tuvieron su final al tercer año.

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