José Manuel Fernández Silva

Tenía 11 años y no le di muchas vueltas al coco, sencillamente me hice a la idea de que empezaba una nueva etapa e intenté aprovechar el verano por si acaso la cosa se complicaba después. Cuando mi madre, embarazada de mi hermano el menor, me dijo que en septiembre entraba en Altair me asaltaron varios pensamientos a la vez. Me di cuenta de que iba a ser alumno de un colegio importante, donde se exigía de manera distinta al sitio de donde venía, de que iba a conocer nuevos amigos, horarios distintos, costumbres diferentes. Pero con aquella edad no reparé en cuánto me iba a cambiar la vida.

Recuerdo las palabras de don José, el que había sido mi maestro de 1º a 5º, cuando ella le dijo que quizá solicitarían plaza para mí en Altair: si puedes, llévatelo. En aquella época, ser alumno de aquel colegio iba a suponer un esfuerzo para mis padres, un cambio grande para mí, pero sobre todo un privilegio que no todos los chavales del barrio podían tener. El cole de donde venía no era malo, pero Altair era mejor. Era el cole grande, el bueno, donde te preparaban bien, donde muchos se quedaban sin plaza. Había que hacerlo bien.

Aquello pasó allá por el año 83, y a día de hoy todavía recuerdo mis primeros días con don Nicasio como si fuera ayer. Aquella persona delgada, sería, con un nombre que hasta entonces no sabía ni que existía, hizo que todo encajara. Sus consejos, su exigencia, sus tirones de patilla fueron clave para mí. Funcionó.

Tres años más tarde y después de muchas horas de Lengua con don Jerónimo, Mates con don Mariano, deporte rebozado en albero con Bau, y muchos trabajos manuales con don Rafael, empezaba mi Bachillerato. Los profesores volvían a cambiar, éstos parecían más serios. El edificio era otro, las sillas de pala nos hacían sentir incómodamente mayores. Allí recibí mi primer suspenso (en Matemáticas), y fui descubriendo cosas como que había que dedicar más tiempo que antes a estudiar apuntes, que también me podía caer una C, y que sacar el curso y echarse novia era compatible si te organizabas un poco. También funcionó.

Y aquí seguimos… Muchas veces me lo han dicho, aunque no siempre uno se da cuenta y valora lo que tiene. Soy un privilegiado. A excepción de los años de universidad, pocos días han pasado sin que atraviese por la mañana el umbral de la puerta del cole para seguir con la tarea. La vida me dio la oportunidad de que Altair se convirtiera en mi lugar de trabajo y no la desaproveché. Fueron varias circunstancias las que hicieron que acabara como profe del colegio, circunstancias que iban acompañadas de nombres propios: Vicente, Paco, Alfonso…,  profesores del antiguo BUP donde empecé a dar mis primeras clases.

Aquellos primeros cursos fueron intensos. Todos los días había que hacer sustituciones aquí y allá. Me vino bien. Fui aprendiendo a manejarme con chavales pequeños, medianos y grandes, en la EGB, el BUP/COU o la FP. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que aquello supuso un gran aprendizaje para mí, mucho más efectivo que cualquier otra preparación de esas que exigían en la época. Pero estaba en casa y ayudado por los que antes me habían dado clase a mí. Como decía antes, era un afortunado.

Por avatares de la vida, el que había sido compañero de asignatura, amigo y consejero en el trabajo, Alfonso García Contreras, encontró el final de su camino estando de excedencia fuera de España. Yo ocupaba temporalmente su puesto en el Colegio, todavía no había nada fijo, pero Dios quiso que cambiaran las cosas y, hasta hoy…  Muchas veces me acuerdo de Alfonso, de su trato, sus clases, sus bromas. Era un tío genial al que todos esperábamos de vuelta, y al que he de estar agradecido.

El Consejo de Sección de aquellos años era… no sé cómo decirlo… ¿peculiar?  Vicente Rodríguez era el Jefe de Estudios, puro corazón, ideas claras. Esteban Fernández, el Subjefe, listo como el hambre y majara por momentos, un bicho. Y Paco Sánchez, que como Secretario imponía orden y era freno de emergencia para muchos estudiantes. Hacían un buen equipo y trabajaron mucho para que la sección consiguiera muchas metas.

Recuerdo perfectamente cómo los primeros días los alumnos me confundían con uno de ellos. Seguramente pasaba no sólo por que mi aspecto era joven en aquella época, sino porque solía vestir con vaqueros y polo por fuera. Cuánto me ha regañado alguno para que vistiera más formalito…

De entre los consejos que me dieron cuando comencé me quedo con dos: Vicente me pidió que fuera yo mismo, sin maquillaje, y me aseguró que mi futuro en Altair no iba a depender de a qué sitios iba (se refería a los medios de formación) o de con quién estuviera. Si has sido alumno de Altair, te conoces el paño. Ya sabes que tienes que ser tú mismo, me dijo. No hacen falta comentarios. Por otro lado, Paco Sánchez me recomendó entrar con mano dura en mis primeras clases. El día que me estrené me dijo: hoy es tu prueba de fuego: COU A, COU B y COU C. Echa a un tío en cuanto entres en clase. Tuve mucha puntería, expulsé del aula al hijo de un inspector de la zona.

Al poco tiempo llegó el día en que tuve que convertirme en profesor de inglés de mi propio hermano, el pequeño, el que nació en el 83 justo cuando a mí me matricularon en Altair. Aquello fue un regalo. Qué sensación, qué orgullo. Nos despertábamos los dos por la mañana en casa, nos íbamos al cole cada uno con su papel, y al mediodía volvíamos a comer a casa con nuestros padres a hacer vida normal, vamos, lo normal entre hermanos, risas y broncas a partes iguales. Al final del curso le puse buena nota y todo…

Dice el refrán que es de bien nacido el ser agradecido, y no estaría bien pasar sin mencionar a otros compañeros (que fueron mis profesores antes) y que me enseñaron mucho en mis primeros años de trabajo, desde Rafa Balón y Luis Augusto, que tanto cariño han venido demostrando a mi familia, Antonio Acosta y Pablo Sibón, grandes amigos en lo profesional y en lo personal, pasando por Fidel, Eduardo, Bau, Aurelio, Santi Apellániz, los científicos locos Paco Medina y Paco Guerra, Ricardo, y otros muchos que andaban por allí entonces y que hicieron que me fuera convirtiendo en lo que soy hoy.

Recuerdo el año en que llegó la reforma y se tuvieron que mezclar profesores de EGB y FP con los que trabajábamos en BUP. Aquello fue bastante lioso, pero salió adelante gracias a la entrega de todos. Pasaron a compartir horario con nosotros compañeros como Ángel Márquez, José Enrique, Arturo, Nani, Juan Rayo, Félix, gente fundamental en el colegio, que sigue trabajando duro y que hoy por hoy son para mí mucho más que amigos.

Y es que Altair es grande, en el sentido amplio de la palabra, y como tal se ha nutrido en estos cincuenta años de muchos y grandes profesionales, valiosas personas. Me salgo un poquito de lo que son las aulas y he ido creciendo a diario con gente de la categoría de Tejada, siempre ahí, don Andrés, Macarro, Paco y ahora Antonio Ángel y Migue en portería, los de Secretaría, las limpiadoras y todo ese personal que desde hace tanto tiempo nos ha cuidado.

Es por eso que me siento orgulloso de formar parte de este colegio desde pequeño, y espero seguir sumando años con él, escribiendo su historia. Cambian las necesidades, el público, los gobiernos, las costumbres, pero permanece el estilo, la idea, la meta. Estoy convencido de que si vives tu trabajo y crees en Altair, en vaqueros o arreglado, todo seguirá funcionando.

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