Don Andrés Quijano

Santos de andar por casa: Hoy, el día más triste del año, cuando la iluminación navideña brilla por última vez en un estertor de nostalgias, volvemos melancólicamente al colegio. Hace cuatro décadas, el Opus Dei creó el centro Altair junto a Su Eminencia. En sus aulas, las más demandadas del barrio, muchos hijos de trabajadores aprendieron del saber y de la vida; de esto se encargaba don Andrés, un cura desaliñado, despistado y bueno. Un hombre excepcional. Los hombres excepcionales no sólo habitan las enciclopedias; a veces pasan a nuestra vera.

Andrés Quijano Llorente nació el 25 de noviembre de 1932 en San Salvador de Cantamuda, provincia de Palencia. Sus padres fueron los únicos labradores del pueblo que pudieron dar carreras a dos de sus hijos, la niña fue maestra y el niño cura. Todo un hito. Se hizo del Opus escuchando Radio Pirenaica. Llegó a Andalucía con 34 años y se incorporó a Altair en 1970. Hace cinco años se jubiló. Poco después, el Arzobispado lo reclutaba para dirigir la parroquia de San Francisco Javier, en el Polígono de San Pablo, donde actualmente presta sus servicios. Forofo del Athletic de Bilbao, su sentido de pobreza le impide ir a un partido de fútbol. Como sacerdote, tiene además los compromisos de obediencia y castidad. Para colmo de mortificaciones, tras cuarenta años de fumar tres paquetes diarios, dejó el tabaco hace seis meses.

Pasado mañana se cumple un siglo del nacimiento de José María Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Sus prosélitos creen en la predestinación, pero llaman al destino providencia. Los miembros de ‘la Obra’, como en general los católicos, consideran la existencia de una extraña fuerza sobrenatural, que nos lleva a cumplir lo escrito en algún misterioso libro.

Providencialista al cabo, don Andrés cree que si no hubiera nacido san Josemaría, no se habría fundado el Opus Dei y, consiguientemente, no se habría creado Altair, él no habría sido llamado para venir a Sevilla y nuestra entrevista con él nunca se habría celebrado. Por tanto, todo esto que ahora usted lee empezó en realidad a escribirse hará pasado mañana un siglo.

—Una tarde, salía yo de la parroquia de San Francisco Javier. De repente, frenó delante de mí un coche de Lipasam y se bajó un muchacho. Me preguntó si me acordaba de él. Me dijo que había estudiado en Altair y no le había ido del todo bien, pero que guardaba un buen recuerdo del colegio. De repente, agachó la cabeza, dejó de hablar… estaba llorando como un niño.

Están por todas partes, en Lipasam, en la Universidad, en Telefónica, en la prensa y en el paro. Niños de ayer, hoy padres. Hombres que no pueden evitar sentir un nudo en la garganta al toparse con él. Don Andrés los devuelve a aquellos días felices vividos en los inciertos años de la transición, cuando estudiaban en Altair, una obra corporativa del Opus Dei. Don Andrés era de Opus, claro, pero no lo parecía. Su desaliño, sus dedos teñidos por la nicotina de sus sempiternos Ideales, contrastaban con la pulcritud extrema, rayana en el dandysmo, de los sacerdotes de la Obra. Pero don Andrés es del Opus gracias al PCE.

—Una vez escuché que en Radio Pirenaica decían: “Ya es hora de acabar con el Opus Dei”. Me pregunté qué sería eso del Opus Dei. Empecé a preguntar y me encantó eso de que uno puede ser santo en su lugar de trabajo. Mi madre contaba que la más rica del pueblo, para hacerse santa, se tuvo que ir a un convento. Así que me hice del Opus.

Don Andrés frisaba entonces la treintena, pero llevaba de cura unos cuantos años. En el seminario había entrado a los trece, desde luego no por voluntad propia. A los veinte, llegaría la crisis. La gran pregunta. ¿Qué rayos hago yo aquí?

—Le soy sincero. Fue por las chicas. Veía una y decía: yo dónde voy. Me costó mucho, pero reflexioné, lo pensé delante del Señor y aquí estoy. No me pesa, gracias a Dios.

Aunque humano, tal vez demasiado humano, don Andrés es todo espíritu a estas alturas de su existencia. Hace tiempo que su alma se adueñó de su cuerpo. Y hace milagros. De acuerdo que no son milagros desde el punto de vista de la prestidigitación, pero son milagros. El de la sonrisa, el de la amabilidad sin dobleces. El del abrazo y la charla. El del consejo. Caramba, si es que este hombre consiguió que sus alumnos lo recibieran en clase al grito de ¡Athletic! ¡Athletic!, cuando si hay un equipo que aquí cae mal ese es el Bilbao.

—A mí me gusta mucho el fútbol, todo el mundo sabe que soy mucho del Bilbao. Me hice de este equipo en los tiempos de Zarra y Gainza. También soy mucho del Brasil. Me gustaba jugar con los chavales, pero cuando hace año y medio murió mi madre, dejé de hacerlo. Ella marcó mi vida. Al morir le dije: Qué va a ser de mi, madre, me quedo muy solo. Y ella me respondió: — “Tú buena religión tienes, síguela”.

Don Andrés cree en el Cielo y en el Infierno, pero no estima indispensable ser católico para eludir el fuego eterno. Cree, naturalmente, en el juicio final y duda de que el último día haya un aprobado general. Aunque uno piensa que lo habría si de él dependiese. Hace cinco años, tuvo que jubilarse. Más o menos por entonces, el Arzobispado, escaso de curas, lo llamó para dirigir la parroquia de San Francisco Javier, en el Polígono de San Pablo. Allí también es feliz.

—No estoy para trotes, pero abro la iglesia todo el tiempo posible. Me dicen que pueden entrar a robar, bah! me da igual. Soy feliz viendo a la gente acercarse al Sagrario.

Su tránsito callado por el mundo, tal vez le impida subir algún día a los altares, pero esa es al cabo una vanidad humana a la que no aspira. Su verdadera meta es el Cielo, que debe existir sólo porque él lo cree. Un santo de andar por casa como don Andrés no debería llevarse el disgusto de que los ateos acierten la definitiva adivinanza. Invocamos a Borges: “Que el Cielo exista, aunque mi lugar sea el Infierno”. Pero si tras la última frontera reina la oscuridad, don Andrés ya tiene un confortable sitio en el corazón de miles de sevillanos que hoy, con el último brillo de la Navidad, han vuelto sentimentalmente al colegio.

(Artículo publicado por el periodista Juan Miguel Vega, antiguo alumno: “Sevillanos en su Mundo. Andrés Quijano”, en Diario El Mundo, Sevilla, 7 de enero de 2002.)

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